Irse cuando todo parece bajo control no es una huida; es cerrar un ciclo con coherencia. El relevo en la cúpula del Banco Sabadell, con la salida de César González Bueno, certifica el final de una etapa en la que el banco navegó en un entorno adverso marcado por la fallida opa hostil lanzada por BBVA, combinando prudencia financiera, lectura política del contexto y control del relato. Bajo el liderazgo de González Bueno, la resistencia se transformó en estrategia. Los resultados hablan por sí mismos. El Sabadell no solo logró frenar una opa que amenazaba con absorberlo, sino que también consiguió ganar tiempo, reforzar su posición de capital y recuperar margen de maniobra.
Con ese capítulo cerrado, el mercado mira hacia adelante. La independencia ya no se discute, pero tampoco basta por si sola. La evolución bursátil del banco, más contenida que la de otras entidades del sector, refleja una expectativa en suspenso. Sin castigo, pero sin respaldo decidido. Se espera algo más, en parte por un dividendo próximo de una dimensión poco habitual, que ha reforzado la paciencia de los accionistas y ha sostenido la cotización.
La cuestión que se abre ahora es otra y es más incómoda: qué proyecto quiere desplegar el Sabadell en solitario, más allá de la defensa de su perímetro; dónde pretende crecer, cómo diferenciarse y qué relato ofrecer a un mercado que ya ha agotado el argumento de la resistencia. La nueva etapa, con la llegada de Marc Armengol, no se medirá por la capacidad de decir no, sino por la ambición real de proponer algo propio y diferenciado.
El Sabadell cuenta con un plan estratégico propio, y la decisión de desarrollarlo en solitario es comprensible. Pero ya no basta con tenerlo sobre la mesa: toca ejecutarlo, ponerlo a prueba, evaluar su viabilidad frente a un mercado competitivo y decidir si conviene explorar alianzas, fusiones o reforzar el núcleo duro con nuevos socios estables. ¿Logrará la entidad presidida por Josep Oliu convertir la autonomía en una estrategia de crecimiento sostenible y creíble?
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