Dice Espido Freire (Bilbao, 1974) que ella es «una vasca sin cuadrilla». Toda una declaración de intenciones, en lo personal y en lo literario. Aprendió pronto que en este mundo, el de la industria editorial pero también el periodístico, donde se desenvuelve con la misma soltura, la independencia es una cualidad muy valiosa, y ha de preservarse.
Esa lucidez, perspicacia, probablemente connatural, hizo que no se dejara devorar por las fauces del mercado cuando, a los 25 años, se convirtió en la escritora más joven en ganar el Planeta (lo sigue siendo), premio que entonces, año 1999, estaba menos dotado económicamente (50 millones de pesetas, unos 300.000 euros actuales), aunque la exposición era equivalente a la que ahora sufre el galardonado, salvo por la virulencia de las redes sociales, tan de esta época.
Casi tres décadas después de publicar su primera novela, aquella ‘Irlanda’ que apareció en Planeta pese a que ella la veía más en otros sellos como Seix Barral, Siruela o Anagrama, Freire puede presumir de una trayectoria consolidada y constante, con libros de naturaleza variada, de ficción y no ficción, pues no le hace ascos a ningún género. El último de ellos, la literatura de viajes en ‘Guía de lugares que ya no existen’ (RBA), obra con la que logró el XX Premio Eurostars Hotels.
¿Cree que hoy somos conscientes de la fragilidad de los lugares que visitamos como turistas?
Lo somos, en cierta medida, de los lugares a los que pertenecemos. Pero cuando viajamos actuamos con los lugares como si fuéramos consumidores, y a partir de ahí hay siempre dos quejas: hay demasiada gente y no es como yo lo imaginaba. Imponemos nuestra imagen mental al lugar y, una vez devorado, nos marchamos. La ventaja del turismo, que es que llegamos a todas partes y podemos conocer mejor el mundo, acarrea una desventaja, que es la banalización del viaje.
Una banalización cuyo motor es el consumo, palabra que ahora se aplica a todo, de los viajes a la literatura, somos consumidores.
Es la capitalización de cada uno de los elementos de la experiencia humana. Hay quien ha entrado en el juego y no solamente lo acepta, sino que introduce un término que es relativamente nuevo que es la monetización, extrae un beneficio inmediato de ello, y hay quien no está de acuerdo, pero no tiene más remedio.
En este libro, la memoria es el único territorio que permanece.
La memoria y el pasado.
En ese sentido, ¿cuáles son los recuerdos más intensos que conserva en su memoria de escritora?
Es decir, hitos, impresiones.
Sí, porque puede hacer balance, ya han pasado los años suficientes.
Han pasado casi 30 años, 28. Uno de los más intensos fue previo a la publicación: la toma de conciencia de que mi vida iba a estar vinculada a la literatura. Ocurrió en la adolescencia. Es similar a quien con una vocación religiosa se compromete ante Dios a dedicar su vida a él, en mi caso sin tanta trascendencia. Luego llegó el momento de la aceptación de la primera novela, sin restarle méritos a los premios que empecé a ganar, ese fue más decisivo. Y luego la primera vez que me di cuenta de que la literatura servía para modificar la mentalidad, que fue con la publicación de ‘Cuando comer es un infierno’.
La voz está siendo sustituida por la masa. Es más, la voz está siendo utilizada por la masa
¿La literatura sirve realmente para modificar la mentalidad?
Sí, me consta. Es un libro que se ha empleado en terapia y que ha sido para mí muy satisfactorio a nivel privado porque le dio sentido a una enfermedad que yo había tenido [un trastorno de la conducta alimentaria] y que me hizo dudar acerca del sentido de la vida. El poder devolver algo positivo de toda esa experiencia, para mí fue un nuevo enfoque a cuál era el valor de la palabra.
Su deseo de ser escritora se remonta a la adolescencia, pero ¿cuándo se es realmente escritora?
Mi caso reúne muchas excepciones, yo desde los 23 pude profesionalizarme. Mi certeza de que era escritora comenzó en el momento en el que hubo un reconocimiento público a través de la publicación y de los ingresos. Además, aparte de que era una voz que llamaba la atención, tuve suerte. La suerte es importante en todo, pero en la literatura el momento adecuado es esencial.
Espido Freire, escritora. / José Luis Roca
¿No tiene la sensación de que la prisa que nos gobierna ha contagiado a la literatura, que los autores que empiezan lo quieren todo ya?
Te reconozco que he sido siempre impaciente y en aquel momento no me llegaban las horas del día para ver mi obra publicada. Yo sabía que escribía mejor que otra gente, pero no sabía hasta qué punto eso significaba que podía dedicarme a ello, y yo creo que la mayor parte de la gente ahora no tiene esa duda, porque hemos ganado mucho en confianza y porque las nuevas generaciones han nacido ya con espacios en los que inmediatamente reciben atención y una opinión de lo que han escrito. Para mí escribir no solamente implicaba la parte de entretenimiento y placer estético que conlleva la narrativa de ficción, también implicaba un discurso, una cierta presencia intelectual, el hecho de poder defender unas ideas, aunque solamente fueran literarias.
Habla en pasado, pero entiendo que lo mantiene, sigue siendo así.
Sigue siendo así y he tenido la suerte de que me lo han reconocido, me han dejado espacio para eso. A diferencia de otros autores que solamente quieren limitarse a la parte de sus novelas. Yo he tenido la ocasión de intervenir en debate público.
Ahora vamos a polémica política diaria y son cada vez más vacuas.
Y más agresivas.
Y en las que de pronto vemos envueltos a compañeros escritores. Usted nunca se ha significado políticamente, ha mantenido su independencia, y mira que ha escrito en medios de diferente signo ideológico. ¿Cómo analiza lo que está pasando, cómo lo gestiona?
Por enlazar con lo anterior, yo tenía mucha prisa, pero dentro de esa prisa estaba la voracidad por formarme, que es un poco lo que continúo sintiendo ahora. Es decir, me interesa menos la opinión que el análisis. Yo nací en el País Vasco, en un terreno en el que constantemente teníamos dos versiones de todo que eran irreconciliables. La idea de encontrar el punto en el que pudieras conciliar no tanto las dos versiones como cuál era la intención de las dos versiones para mí pasó a ser un eje vital. Y, por otro lado, yo veía cuál era el peligro intelectual de dejarse arrastrar por una ideología, que era la pérdida de la voz propia, que era la militancia. Siempre me he manejado más en una postura más ética y más ciudadana que política.
El peligro intelectual de dejarse arrastrar por una ideología es la pérdida de la voz propia, la militancia
Pues ahora debe de sentirse muy sola en esa postura.
Bueno, nunca he estado muy acompañada, pero por lo menos no te insultaban todos.
Ahora es complicado, o estás con unos o estás con otros.
Pero es que yo no puedo, yo soy una vasca sin cuadrilla, no me podía comprometer ni siquiera a lo que iba a hacer un grupo, entonces, mi idea de mantener esa independencia de movimientos intelectuales ya ni te cuento.
Desde ahí, que no es equidistancia, ¿cómo salimos de esta?
No lo sé, es muy angustioso lo que estamos viviendo y sobre todo lo que estamos previendo. La sensación de que era esto exactamente lo que nos decían que no podía ocurrir es muy aguda. La voz está siendo sustituida por la masa. Es más, la voz está siendo utilizada por la masa.
«La masa manipulada a lo largo de los siglos ha demostrado ser peligrosa». Es una cita suya. ¿En qué momento de esa manipulación estamos y qué peligros entraña?
Por eso el debate, no solamente el diálogo, es importante. Estamos amoldando las ideas a los formatos a través de los cuales expresamos las ideas. Me da la impresión de que las nuevas generaciones y también por contagio quienes somos ya personas con un cierto bagaje nos hemos acostumbrado a emitir una opinión y que eso genere reacciones, pero no a dialogar. A los españoles nos encanta ese concepto del zasca, de ven a por más, como si cada conversación tuviera que convertirse en un enfrentamiento. Para mí la conversación es un espacio de encuentro, un espacio en el que yo no me estoy negando a modificar mi opinión. Lo que yo pienso no es exactamente mi identidad. Lo que pienso es maleable y moldeable. Lo único que tenemos es el cambio.
A los españoles nos encanta ese concepto del zasca, de ven a por más, como si cada conversación tuviera que convertirse en un enfrentamiento
Hablando del zasca y de polémicas virulentas, no sé si le sorprendió la reacción de la opinión pública al Planeta de Juan del Val.
Tenemos un problema en este país con los premios. Es que incluso cuando dan el Nobel da la impresión de que nos lo quiten a nosotros. Como todos sabemos leer y escribir y la mayor parte de nosotros escondemos un escritor, les da la impresión de que les están arrebatando algo, tenía que ganar su equipo. Y en este caso se produce algo parecido.
Es que todo se politiza, hasta el cierre de una librería. ¿Qué nos pasa?
Hay mucho rencor, hay un resentimiento económico y de clase que tiene una serie de cauces y luego hay un interés evidente de agitar el avispero por parte de grupos organizados, son opiniones dirigidas y sabemos cómo funciona. Nada de esto es ingenuo, la mayor parte no es orgánico.
Mire lo que está sucediendo en Estados Unidos.
Yo no soy experta en este tipo de estudios políticos, pero el país que está copiando con mayor fidelidad las estrategias comunicativas de EEUU es España. Vamos a ver, porque en España nos sigue protegiendo algo que yo creo que EEUU no tiene, que es la capacidad de reírse de uno mismo. Había algo que te quería comentar respecto al tema del diálogo y del debate. A mí me resulta natural la curiosidad por cómo opina otra persona. Es decir, yo puedo entender que quien sea no quiera acudir a unas jornadas para debatir porque considera que no le apetece, que tal persona o tal otra no son de su gusto, lo hemos hecho todos. Entiendo sus razones, puedo compartirlas o no, pero no me lo tomo como una cuestión personal. El gran problema ahora es que ya no solamente lo particular es público es que lo particular es personal. Lo que otra persona tiene de particular nos apropiamos de ello y lo convertimos en parte del discurso que nos conviene escuchar, y si no nos conviene escucharlo arremetemos contra él. En los últimos tiempos cada vez hay menos escritores que están ejerciendo ese privilegio de que tenemos una voz y que esa voz es escuchada por dos razones: que lo que quieren es dedicarse a escribir y, por otro lado, cada vez que alguien manifiesta la cosa más mínima recibe un ataque y tiene la impresión de que aquello que ha estado atesorando con mucho cuidado, un prestigio determinado, un número de lectores, se va a ver mermado. Ahí es donde se tiene que seguir presentando la lucha. El gran problema es que llevamos muchos años en que hemos descuidado la diferencia y únicamente la hemos ejercido como un fenómeno de identidad.

Espido Freire, fotografiada en un hotel de Madrid. / José Luis Roca
Hablando de identidades, quiero preguntarle por las etiquetas. A usted le han colgado unas cuantas, la primera ser la autora más joven en ganar el Planeta, con 25 años.
Las etiquetas permiten es, de una forma muy rápida y muy inmediata, colocar a alguien en un espacio mental. El Premio Planeta ha sido ganado por adultos mucho mayores que yo, pero anteriormente no era así y puede volver a apostar por voces muy jóvenes.
¿Estaría bien que eso pasara?
El Planeta tiene una virtud que yo creo que es incontestable: si leemos su historia, hay autores cuyos nombres ya no nos suenan pero que obedecían al espíritu de su tiempo. Los años que hubo entre el 95 y el 2005, esos nombres, Carmen Posadas, Rosa Regàs, Juan Manuel de Prada, correspondían a un momento literario muy determinado. El ojo y el olfato no se lo puede negar nadie. Vamos a ver qué ocurre en un futuro, porque no es solamente un premio literario sino un premio avalado por uno de los grupos empresariales más importantes España.
¿Ser escritora, mujer y joven sigue siendo peligroso?
Lo tenían que decir las jóvenes escritoras de ahora, pero se continúan quejando de cuestiones similares a las que yo veía. Las escritoras recibimos mucha atención y menos respeto. Y sigue habiendo un problema importante en cuanto a una paridad en los espacios de poder.
Quien lee a veces se olvida de que quien escribe, más allá de su vocación literaria, también está presionado por intereses comerciales
Y ya para acabar: la literatura femenina, así llamada, ¿existe?
Yo creo que existen claramente temáticas por las que estamos más interesadas y sobre todo que son los nichos que nos han dejado. El gran problema para mí es que cada vez que a algo se le añade la etiqueta de femenino es despectivo. Y muchas veces cuando hablamos de literatura femenina realmente hablamos de tics estéticos o de estilo. Quien lee a veces se olvida de que quien escribe, más allá de su vocación literaria, también está presionado por intereses comerciales y dentro de esos intereses comerciales entra la moda, los temas que se convierten en tendencia… Hay muchos libros escritos por encargo, hay muchos libros en los que el autor puede desempeñar con una calidad literaria importante algo que no es del todo propio… Entonces, matices, complejidad y, por favor, no nos quedemos únicamente con la primera impresión. Estamos en un momento en el que confundimos seguridad en nosotros mismos y autoestima con ego. Lo literario se ha convertido en un marchamo de éxito, en algo que puedes añadir a tu currículum.
Pero, ¿qué es el éxito?
El éxito ahora mismo es ser visto, que te miren, y por eso se mata.

Guía de lugares que ya no existen
Espido Freire
Premio Eurostars Hotels de Narrativa de Viajes
RBA Libros
160 páginas
20,90 euros












