Con el transcurso del tiempo, la amistad va adquiriendo distintas tonalidades y formas. Están aquellos amigos con los que compartes la rutina; hay otros que te encuentras de vez en cuando, pero con los que enganchas enseguida en aquella última conversación, como si no hubiera pasado el tiempo. Y, luego, hay otros amigos como Segundo Díaz.
Segundo falleció ayer después de una larga enfermedad, la cual supo afrontar con valentía y sin perder el buen humor. Fue un amigo “intermitente” en el sentido más positivo de la expresión. Lo conocí en mis primeros ejercicios espirituales, cuando yo tenía 9 años. Desde aquel momento se dirigía a mí llamándome «hermana» porque, casualidades de la vida, teníamos los mismos apellidos. En aquellos ejercicios me transmitió un pensamiento que me ha acompañado toda la vida: “Hay que vivir cada momento con calidad —me dijo— porque este día, este minuto de este mes y año, no se repetirá jamás”.
Vivir el presente con calidad es cómo definiría la existencia de Segundo.
Años más tarde volví a saber de él. Recién ordenado sacerdote, estuvo en Ingenio, mi localidad natal. Fue poco tiempo, pero el necesario para llegar al corazón de todos. Su cercanía y empatía hicieron que, aún hoy, lo nombren como el cura joven que se ganó al pueblo convirtiéndose en un vecino más.
Su capacidad y deseo de entablar relación con la gente fue, quizá, la razón por la que decidió dominar la lengua de signos y la lectura labiofacial, llegando a ser uno de los primeros sacerdotes en esta diócesis que podía conectar con las personas sordas.
Destacaba en él una gran capacidad de reflexión y estudio al servicio de la pastoral, aportando ideas y herramientas válidas para avanzar en el razonamiento de la fe. Profesor del Instituto Superior de Teología y doctor en Eclesiología, proponía una nueva evangelización sencilla y cercana, siguiendo la estela del Concilio Vaticano II dentro del contexto globalizador.
De todo esto hablábamos cuando pasaba por el Obispado y se acercaba a saludarme. Pero también comentábamos los acontecimientos de nuestra vida que nos preocupaban y alegraban. En los últimos años, cuando ya caminaba acompañado de su enfermedad y le preguntaba: “¿Cómo estás?”, me contestaba: “Vivo”. Él era presente.
Cuando me enteré de su partida, busqué sus últimos mensajes de WhatsApp y en ellos encontré presencia. En los momentos más importantes de mis últimos tiempos, supo transmitirme lo que era él: cercanía, positivismo y ese humor suyo tan fino e inteligente; como cuando le preguntaba por teléfono: “¿Puedes atenderme ahora?” y me respondía riendo: “Un segundo”.
Esta ha sido una semblanza rápida de mi “hermano” Segundo. Seguro que, con más sosiego, vendrían a mi mente muchas anécdotas vividas en esa amistad con pausas, pero sólida y de verdad. Quede esta nota, por lo pronto, como testimonio de mi cariño.












