A Reza Pahlaví lo recuerdo durante mi infancia en las revistas del corazón que compraba mi abuela, posando con sus padres, el Sha de Persia —así llamábamos entonces a Irán— y su segunda esposa, Farah Diba, dos habituales del papel cuché, de ella destacaban su belleza a base de tópicos y de él su riqueza, aquí no hacían falta tópicos, se veía a simple vista en las fotos, menudos palacios gastaba el Sha.
Reza Pahlavi era el niño de la pareja, solía salir vestido de príncipe y tenía una cara de persa que echaba para atrás, no le faltaban ni las características cejas iraníes, negras, pobladas y unidas en el entrecejo como las de un campesino de la España profunda, un día habrá que investigar si la raza persa tiene su origen remoto en un labrador de Las Hurdes que llegó hasta oriente persiguiendo una cabra que se le había escapado, y allí criaron ambos, cabra y labriego, dejando su estirpe.
Es el príncipe heredero de Irán desde 1967, para que se queje Carlos de Inglaterra del tiempo que tuvo que esperar hasta ser rey. Hasta hace poco, ser el legítimo heredero del trono de Irán era como serlo del de Francia — hace tiempo que no sale Luis Alfonso de Borbón a reclamarlo— o del de Rusia —también hace tiempo que no aparece una friqui asegurando ser la última descendiente directa de los Romanov—, o sea, era como proclamarse millonario con billetes del Monopoly.
Sucede que la geopolítica es muy caprichosa, y las manifestaciones que no llegan de momento a revolución pero desde hace semanas tienen lugar en Irán, han servido a Reza Pahlaví para postularse como relevo al régimen de los ayatolás. Sin embargo, Donald Trump es todavía más caprichoso que la geopolítica, y de momento no parece muy convencido de que el hijo del Sha sea lo que necesita Irán. De todas formas, a Trump se le convence con unos cuantos millones de barriles de petróleo, ahí lo tiene fácil Reza Pahlaví, lo bueno de negociar con alguien sin principios es que cambia de opinión con suma facilidad. Aunque eso es también es lo malo.
Tampoco el pueblo iraní confía mucho en Reza Pahlaví como remedio a sus males ni como impulsor de la democracia, pero lo que opine el pueblo es intrascendente, si lo es en Europa, más va a serlo en Oriente. Hace bien el pretendiente al trono de buscar el apoyo de EE UU y de Israel, que son quienes de verdad ponen y quitan gobernantes en aquella zona del globo, como en casi todas, pregunten si no en Venezuela.
Los Pahlaví son los Kennedy de oriente, no solo por adinerados y poderosos, sino por la desgracia que parece no abandonarles: el último Sha y padre de nuestro protagonista fue derrocado por la revolución islámica y murió un par de meses después, en el exilio, a causa de un cáncer linfático, y dos de sus hijos —un hermano y una hermana de Reza Pahlaví— se suicidaron años más tarde. La propia esposa de Reza ha tenido que someterse a una doble mastectomía por un cáncer de mama. Es bueno que en oriente y en occidente haya familias ricas y a la vez desdichadas, gracias a ellas los que somos pobres como ratas en uno y otro hemisferio, nos consolamos repitiéndonos que el dinero no da la felicidad.
No es casualidad que la familia real que más empática y cercana se ha mostrado en todo momento con los Pahlaví haya sido la española. El exrey Juan Carlos siempre ha sabido hacerse amigo de las monarquías más acaudaladas y exóticas del mundo, en esos lugares es más fácil recibir regalos, cobrar comisiones o pegar sablazos, artes en las que el padre del actual monarca ha sobresalido. Por ahí anda todavía, arrimándose a jeques saudíes o kuwaitíes o qataríes, tanto da su origen mientras sean generosos. Además de eso, el haber tenido que partir al exilio a causa de un cambio de régimen, haberse proclamado legítimos herederos desde ese exilio y haber vivido en ese mismo exilio sin dar un palo al agua, son hechos que hermanan a los Borbón y a los Pahlavi. Los exilios de las casas reales suelen ser exilios cinco estrellas, como el de Puigdemont en Waterloo, jamás son como el de los derrotados de Faulkner, que parten «para emprender el viaje a quién sabe dónde, con una mano delante y otra detrás, ciegos para todo menos para la esperanza y la predestinación». Aun así, hay una diferencia entre las casas reales persa y española: si consigue llegar a ser monarca de su país, a Reza Pahlaví no le va a hacer falta cobrar comisiones por la compra de barriles de petróleo, porque el petróleo será suyo, mientras que el pobre Juan Carlos, para vivir a todo tren, tuvo que conseguir un porcentaje de todo el crudo que España importaba de los países árabes.
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