Siento deciros que mi energúmeno ha vuelto a asesinarme y que volverá a asesinarme. Siento perturbar la perpetua orgía de vuestra conciencia. Aquí me tenéis al fin de nuevo sola, encerrada con mi energúmeno en mi vida y en mi piso. Tras las rejas de la ventana, os veo pasar cada día con vuestra manifestación, vuestra pancarta, vuestro mitin. Yo, entre las rejas, os grito, pero pasáis en la perpetua orgía que promete mi liberación. Ahora no os soy políticamente necesaria; ahora son otras cosas todas lejos: una guerra, una política, otros debates, vuestros mutuos odios por vuestras mutuas iras, en las redes sociales, en la guerra civil, que si fascistas, que si izquierdistas, que si vuestro lenguaje inclusivo, que si esas, esos, eses, y vuestra conciencia, tan domeñada, con la que me decís que si os voto me vais a proteger, y más elecciones, y más mítines… Y yo, tras los barrotes de mi jaula, gritando para qué os sirvo, gritando que nunca os he servido para nada, sólo para vuestro medro. Así que sólo soy los quince segundos en la última noticia de un telediario, si es que os queda tiempo en vuestra vorágine de encuestas, en las que ya no entro para vuestras campañas electorales. ¿Qué soy yo? ¿Qué somos en vuestras estadísticas las asesinadas por un energúmeno? Apenas un nada por ciento; el último renglón en un periódico, por salir del paso, por inercia. Ya no estoy en vuestra moda. Y mi energúmeno me sigue matando y me seguirá matando y seguirá riendo, ¡siempre riendo!, porque seguirá vivo y sabe que todas vuestras leyes legislan en el frío en que yo muero, y asesinada os grito desde mi soledad. Me seguirán matando con vuestra orgía siempre. Y por eso siempre me quedo sola al fin.












