En vísperas del Año Nuevo y del Festival de Primavera, dos semanas en las que China baja las persianas, su presidente ha completado los deberes geopolíticos. Xi Jinping ha hablado con Vladímir Putin y Donald Trump por teléfono y en ese revelador orden. Se antoja el próximo curso tan intenso como el que expira, con la visita del segundo en abril a Pekín si no la arruinan antes los potenciales riesgos, desde el comercio hasta Taiwán. De eso fue la llamada, según ambas versiones.
En sus redes sociales ha hablado Trump de una conversación «excelente, larga y exhaustiva», de una relación con China y su presidente «extremadamente buena» y de un brillante horizonte en sus tres restantes años en la Casa Blanca. El listado estadounidense de temas, desde la política internacional al comercio, apenas menciona a Taiwán de pasada. La isla, en cambio, pesa mucho en el comunicado chino publicado por la agencia Xinhua. Xi le recordó que Taiwán es el «asunto más relevante» en las relaciones bilaterales y que nunca permitirá violaciones de su integridad territorial ni la separación de la isla. «Estados Unidos debe tratar con cuidado el problema de las ventas de armas», termina. Trump, según Xinhua, asumió la «importancia de las preocupaciones» chinas sobre Taiwán.
Las guerras comerciales son sólo números y a China no le disgusta negociar. Taiwán, en cambio, es la sagrada línea roja y no habrá sintonía si persevera Trump en pisarla.
Washington anunció el mes pasado una venta de armas que roza los 10.000 millones de euros y que, tras la previsible luz verde del Congreso, se convertirá en la mayor de la historia. China acusó a Estados Unidos de ignorar el principio de una sola China y envió a sus barcos y aviones durante un par de días frente a Taiwán. No siente Trump la misma simpatía hacia la isla que Biden ni ha prorrogado su compromiso a defenderla. Con Taiwán sublima su concepción fenicia de la geopolítica ofreciéndole su escaparate armamentístico. Su presupuesto de Defensa se situará este año en el 3,3% y crecerá hasta el 5% en 2030. Estará aún lejos del 10% que le exige Washington, una cota con escasos precedentes.
Es una vieja frustración china que los mensajes y los hechos estadounidenses no vayan de la mano, no solamente con Taiwán, así que Xi le ha recordado este miércoles la importancia de cumplir los compromisos y «hacer lo que se dice». «Siempre que ambas partes actúen con igualdad, reciprocidad y respeto, se podrán encontrar soluciones a las preocupaciones», ha continuado. Y con su gastada metáfora naval ha animado a Trump a seguir guiando «el gran barco» de las relaciones bilaterales «a través de olas y vientos».
Rusia y Ucrania
También hablaron, según Trump, de la compra de soja y otros productos agrícolas que China pausó durante la guerra comercial. En la arena internacional citó la guerra entre Rusia y Ucrania e Irán, otro asunto espinoso. Trump quiere castigar con aranceles del 25% a los que países rompen el aislamiento de Teherán y China concentró la cuarta parte de su comercio internacional el pasado año. No parece que Trump, aún escaldado tras pedir tablas en la guerra comercial, vaya a atreverse con China ahora, como tampoco se atrevió por comprarle petróleo a Moscú.
Ningún comunicado menciona la cuestión nuclear a pocas horas de que expire el último pacto entre Estados Unidos y Rusia. Trump ha descartado la prórroga si no incluye a China. La exigencia la coloca en un inmerecido plano de igualdad: China cuenta apenas con una décima parte de las cabezas nucleares de Estados Unidos y Rusia, es la única con el principio del no primer uso y su ley prohíbe utilizarlas contra países sin ellas.
La conversación entre Xi y Putin discurrió por caminos más trillados. Ya se vieron en septiembre en Pekín e intercambiaron felicitaciones en Año Nuevo. El presidente chino pidió «un gran plan» para avanzar aún más en las relaciones bilaterales y el ruso definió estas como «un factor de estabilidad» frente a las turbulencias globales.
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