Alcaraz, con pinta de albañil del tenis o de artista del pinball, nos sirve como héroe, póster y yerno, aunque no sé si nos sirve para la política. Todos quieren hacerle la glosa épica a Alcaraz, y las columnas y los tuits quedan como si fueran Las mocedades de Rodrigo, con un fondo de laúd seco, lana de oveja y hambre de queso. Incluso Sánchez ha querido arrimarse a la sombra lanceolada del héroe, y hasta robarle un poco de gloria como un mechón. “Carlos Alcaraz nos ha dado un ejemplo de esfuerzo, superación y coraje, para volver a hacer historia…”, decía el presidente o influencer de la Moncloa, menos enfocado ya en gobernar que en hacerse lánguidas stories retocadas, como un adolescente coreano. Nos tenemos que ir al deporte a buscar la épica o la inspiración, a que un artista de la raqueta como del martillo gane algo sudando, cojeando, bailando, con la verdad pura del cuerpo y de la física, con el único árbitro de la realidad. Sí, parece que no puede haber nada más diferente a eso que la política, donde la realidad no existe y la supervivencia depende de la habilidad para la trampa. Pero Sánchez, en ese tuit, no sólo quiere arrimarse a Alcaraz, sino ser Alcaraz: alaba del tenista lo que alaba de él mismo: esfuerzo, superación, coraje. Resiliencia, supervivencia pura. Olvida la importancia de la verdad, pero eso les pasa a casi todos.
Sánchez está ahora por Aragón como si estuviera en Australia, en las antípodas del socialismo que es Pilar Alegría (el sanchismo es un poco un socialismo cabeza abajo o patas arriba, en el que Page, o antes Lambán, parecen un Cocodrilo Dundee también al revés). Y yo diría que eso, más el espejo del héroe en el que siempre se ha mirado o colocado Sánchez, hace que se crea Alcaraz. Pero se cree un Alcaraz sin verdad, sin el juez de la realidad, como si fuera un Alcaraz raquítico y tramposo, con fontanera, con matón, con chantaje y con apisonadora gubernamental trabajando para él en la pista. Sánchez se cree Alcaraz en eso de que puede ganar muriendo o que casi morir es lo que le hará ganar, cree que puede ganar sentado en los días buenos y que puede ganar con cólico en los días malos; cree en la sonrisa salvadora del guapo, en el talento para la escapatoria como para el passing shot, y en el milagro propiciado por la propia insistencia o cabezonería en el milagro. Lo que le falta a Sánchez, claro, es la verdad del deporte, donde el vago, el tuercebotas y el tramposo no se pueden esconder, incluso aunque a veces ganen.
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Se cree un Alcaraz sin verdad, sin el juez de la realidad, como si fuera un Alcaraz raquítico y tramposo, con fontanera, con matón, con chantaje y con apisonadora gubernamental trabajando para él»
Alcaraz no ha motivado tanto al niño del club de tenis, con la raqueta grande como un escobón, sino a Sánchez, que tiene que remontar en Aragón, en Andalucía y en toda España; que tiene que remontar en el Supremo, en la Audiencia Nacional y en las noticias, donde ahora sufre como el Real Madrid; un Sánchez que tiene que remontar no ya ante la estadística sino ante la realidad. Los deportistas y los superhéroes son un poco los santos de los niños y Sánchez yo creo que ha vuelto a esa santería de la niñez. Sánchez se creía un poco Superman con calzoncillo apretado cuando alguna asalariada lo comparaba con Superman, y ahora se cree un poco Alcaraz con retortijones y con gloria cuando está a punto del desahucio y de la bola de partido. Aunque en la psicología de Sánchez, en realidad, todo esto sería al revés: sin duda es su resiliencia, su aguante, su fortaleza, lo que inspira a Alcaraz. A lo mejor Alcaraz a quien tiene en su taquilla no es a Nadal ni a Federer, sino a Sánchez en esa foto de jogging con perrito en la que ya vislumbramos al personaje. O incluso a Sánchez con la máscara de la muerte pero el brillo de la resurrección en su ojo de terminator en el chasis. Eso y una dedicatoria: “sí se puede”.
Ya no tenemos héroes, apenas algún ciudadano que sale, ya ven, a hacer el trabajo del Estado, apagando un fuego con una mopa o rescatando a un herido o a un cadáver de la buena gestión de las tragedias y de los servicios que hace nuestro Gobierno. Quizá tampoco Alcaraz es un héroe, sólo un currante que, eso sí, gana millones, por eso aguanta muerto o aguanta cagado, por eso sufre, por eso sonríe y por eso no se da por vencido. El héroe, además, nos hace olvidar el sesgo del superviviente. Hay un Alcaraz que remonta cojo, que hace que suceda lo imposible y que ha ganado 7 Grand Slams con 22 años, y hay miles que se quedan dándole al escobón de pequeño, o se llevan toda la vida arrastrándose por los challengers, o dando clases a divorciadas con la rodilla arrugada y horrorosa bajo la arrugada y horrorosa faldita tableada. Eso de que bastan el esfuerzo y la voluntad es una estupidez. Si eres bueno, esfuérzate, pero si eres malo, busca otra cosa o resígnate. Desconfíen de las columnas grecolatinas sobre Alcaraz, que tampoco son tan diferentes de las columnas grecolatinas sobre Sánchez, o sobre lo que sea. También escribir columnas grecolatinas es un oficio, claro.
Ya no tenemos héroes, insisto, salvo algún ciudadano que ayuda sin millonadas y aguanta sin patrocinios, y algún otro que se da cuenta de la realidad entre jovenzuelos de psicomotricidad privilegiada convertidos en dioses y políticos mentirosos, mediocres y mangones convertidos en salvadores. Está bien el deporte, que templa, educa, divierte y hasta te mantiene vivo sobre tus viejos huesos que se esponjan. Pero no confundan a sus profesionales de élite con titanes morales ni pedagógicos. Decía Roland Barthes que no hay nada más irritante que el heroísmo sin objeto (o con un objeto que es uno mismo, o que es una pelotita de pelusa, claro). Pero quizá estamos siendo injustos, quizá no está mal que haya un poco de épica y estética en un mundo sin épica ni estética. Sí, hay héroes que sufren pero aguantan, que son golpeados pero no se doblegan, que resisten y al final vencen. Sánchez lo estará pensando, a la vez que se da cuenta, ante su espejo o su taquilla con sus propias fotos, de que nadie cumple esto mejor que él. Sánchez, sin duda, ha felicitado a Alcaraz por parecerse tanto a él, aunque peores son los que felicitarán a Sánchez por parecerse tanto a Alcaraz. En el deporte, al menos todavía queda verdad. Los tramposos pueden ganar y sonreír, pero nunca serán héroes.












