El fútbol tiene una dimensión infinita que atraviesa todas las pieles. Hay quien cree que el fútbol dormita en estadios de hormigón y asientos numerados. Hay quienes piensan que el deporte rey es propiedad de alguien y que todo tiene un precio. Se equivocan. El fútbol, el que duele en la derrota, el que abraza con la victoria, el que te arruina el domingo, vive en los bares. Son esos templos sin liturgia escrita donde la barra es la grada, no tan curva pero igual de sagrada, y donde cada partido se celebra como un rito colectivo.
Que tire la primera piedra quien no se haya ido de cañas viendo un partido en la tele de un bar. Es ahí donde se saborean las victorias a pequeños sorbos y también donde se aguan las derrotas, menos amargas porque se comparten. Que se lo digan a los aficionados del Atleti o a los de la UD Las Palmas, expertos en sufrir con dignidad, pero con una ‘rubia’ en la mano en una tasca. El bar es el epicentro de la tertulia desordenada, del griterío sordo y del análisis táctico imposible. Es tradición. Allí la amistad y el amor a unos colores se dan la mano, se discuten y se reconcilian cada jornada. Cada gol en la barra no se grita; se exhala. Alegría en estado puro que no entiende de decibelios. Un ruido nada comparable la última ocurrencia chirriante de LaLiga de pagar 50 euros por chivatazos contra establecimientos que «incumplan» la normativa. Craso error tratar de convertir al aficionado en delator, en vil espía, y al fútbol en un ejercicio de vigilancia inquisitoria que transforma la pasión en sospecha.
Una Liga que presume de pasión pretende ahora domesticarla a base de recompensas mezquinas, como si el problema del fútbol estuviera en un televisor encendido más de la cuenta. Agredir a los bares es atacar el último reducto popular del fútbol. Es confundir negocio con cultura, derechos televisivos con derechos emocionales. El fútbol sin bares sería un deporte más. Con bares, es una forma de vida. Y eso no hay chivatazo de 50 euros que lo silencie. Nos vemos en mi bar amigo.












