Las migraciones, los éxodos, no son un hecho nuevo. Son consustanciales al devenir del ser humano sobre la tierra y aparecen en muchos momentos cruciales de la historia, incluyendo las civilizaciones más antiguas. Ahora, la inmigración se utiliza como arma arrojadiza en la política extremada que sufrimos. La ultraderecha avanza con su negativa sistemática a las regularizaciones y su promesa de cierre de fronteras. Sigue la política de Trump, o más bien de Stephen Miller, que pretende un blanqueado social (incluso literalmente), alertando de que el espíritu norteamericano corre peligro, como si Estados Unidos no hubiera nacido de la diversidad y algunas de sus ciudades no fueran reconocidas, para bien, como un ‘melting pot’.
Manejar a una sociedad a través de una ideología esencialista, que parece defender la pureza de ciertos valores, es decir, manejarla desde el supremacismo, o desde el racismo, incluso sin ahorrarse la violencia, es algo que ha empezado a ser normalizado y sólo hace falta ver los informativos. Es de extrema gravedad: no sólo es un atentado a los derechos humanos, sino que mina la razón de ser de las democracias (que seguramente es la intención que se esconde detrás de todas estas políticas basadas en la inhumanidad).
Estamos a punto de perder la esperanza con Estados Unidos, donde esta especie de neofascismo no deja de crecer, aunque, afortunadamente, muy contestado en las calles. La preocupación ahora salta a Europa, asediada en varios campos con aviesa intención. Pero ya la voz débil de Europa es suficiente causa para la alarma. Las proyecciones de voto en algunos países, incluido el nuestro, hablan de una sociedad que empieza a comprar los discursos egocéntricos, maniqueos y simplistas, donde toda diversidad sale siempre mal parada. Culpar de casi todo a la inmigración está saliendo rentable para algunos, por increíble que parezca en una sociedad madura. Sólo cabe la posibilidad de que Trump siga autodestruyéndose y claudique ante el fiasco de sus políticas. Pero pasará un tiempo antes del derrumbe.
En Europa, junto a liderazgos discutibles (prefiero no hablar de Rutte), todavía existe un gran apoyo a la defensa de las políticas humanitarias (una política inhumana no es política), y somos muchos los que apostamos por una Europa diversa y plural, porque ahí reside nuestra verdadera riqueza. Ver cómo Trump pretende destruir el alma de los Estados Unidos, que es un país nacido de la inmigración, nos provoca una sensación de enorme impotencia.
Como ayer explicaba Anna Terrón, en su artículo de ‘El País’, es cierto que la política migratoria europea se ha endurecido, pero no en la medida de la locura trumpiana y sus ICE. Eso no podría pasar en Europa, al menos no con la mayoría de los gobiernos actuales, aunque, sin duda, es el gobierno español el que más se ha pronunciado a favor de la inmigración y en contra de todas las aberraciones del gobierno Trump. El Pacto de Asilo está cambiando cosas, y lo seguirá haciendo en mayor medida después de junio, y quizás en este punto la política integradora del gobierno español resulte incómoda en el continente, sí, pero gratificante. Que el lenguaje de la derecha haya sido poco afable con la regularización indica que los tiempos se han vuelto duros y la competencia de la ultraderecha una amenaza demasiado grande, sobre todo en las urnas. Es una lástima, porque necesitamos políticos con altura de miras en Europa, y no atados al populismo que, si no lo evitamos, destruirá nuestra convivencia. Como ya empieza a pasar en USA.









