¡Vaya liada! No se me ocurre de otra forma cómo definir la gestión del partido de Carlos Corberán. El Valencia CF cayó en La Cartuja no porque el Betis fuera mejor en términos generales, ni porque el equipo se cayera físicamente, ni siquiera por un error puntual. Perdió porque al técnico valencianista le dio un ataque de entrenador y decidió meter mano donde no tocaba. Carlos Corberán fue el principal responsable de una derrota (2-1) que el Valencia tenía controlada tras una primera parte notable. Cuando el partido pedía sentido común, continuidad y protección de lo que funcionaba, el de Cheste optó por el experimento. Y el experimento, como casi siempre en este club, salió mal.
El Valencia había hecho, probablemente, una de sus mejores primeras partes fuera de casa esta temporada. Ordenado, competitivo, serio, sabiendo a qué jugar y cómo incomodar a un rival de mayor talento individual. Ni el penalti de Pepelu mermó a un equipo que intentó lo posible y lo imposible en Sevilla. El equipo estaba vivo, reconocible y con la sensación de que el partido estaba donde debía estar. Pero todo ese trabajo se vino abajo con unos cambios tan incomprensibles como contraproducentes.
La salida de Santamaría y Almeida es difícil de justificar desde cualquier prisma: deportivo, táctico o incluso institucional. Santamaría llevaba días apartado, con la etiqueta de jugador en la rampa de salida en este mercado de invierno. No contaba, no entraba en los planes y su situación era más que conocida. Recuperarlo de golpe para un partido exigente, sin ritmo ni continuidad, no solo es arriesgado: es temerario. Es negligente.
Más sangrante aún es el caso de Almeida. Varios partidos sin jugar, también señalado como posible salida, sin peso reciente en el equipo y sin haber sido protagonista en la dinámica competitiva. Eso sí, Corberán lo ama por encima de muchos otros perfiles y la fe que tiene en él es superior a cualquier sentido común. Introducirlo en un momento clave del partido, cuando el equipo necesitaba continuidad, solidez y certezas, fue como pulsar el botón del caos. El Valencia perdió orden, perdió criterio y, sobre todo, perdió el partido.
Más allá de nombres propios, los cambios no mejoraron nada; al contrario, deshicieron lo que funcionaba. El equipo se partió, dejó de llegar junto a las ayudas defensivas y permitió que el Betis creciera sin necesidad de hacer grandes cosas. No fue una cuestión de piernas, sino de cabeza. De leer mal el encuentro. De no proteger lo que ya estaba funcionando.
Podemos hablar de que Sánchez Martínez es malo como él solo –que lo es-, o que hay futbolistas como Foulquier que van a menos y nadie en el club parece verlo –porque siguen sin firmar un lateral derecho sano-; pero la realidad es que el entrenador no estuvo a la altura y, además, creo que piensa que no fue culpa suya caer en La Cartuja.
Hablemos claro: Corberán se equivocó. Y se equivocó de manera clara. En un equipo tan frágil, tan condicionado por el contexto y por la falta de confianza, el entrenador no puede convertirse en el principal factor desestabilizador. No puedes pedir compromiso y fiabilidad a jugadores que tú mismo has apartado del proyecto semanas antes. No puedes señalar a futbolistas y luego pedir que te saquen las castañas del fuego. Tuviste suerte con Dimitrievski o Comert, pero no todos los días son festivos. No puedes improvisar en un partido que se estaba compitiendo con dignidad.
Esta derrota no deja solo tres puntos por el camino. Deja una sensación peligrosa: la de que, cuando el equipo responde, el banquillo no siempre está a la altura. Y eso, en la situación actual del Valencia CF, es un problema enorme. Porque si el entrenador no cuida los detalles, el margen de error desaparece. Y anoche, en Sevilla, la liada fue tan grande como los puntos que te dejaste por el camino.














