Durante años, el visillo, esa frontera entre la intimidad y la vigilancia, fue una prenda doméstica. Permitía mirar sin ser visto, filtrar la luz, proteger la intimidad sin levantar muros. No estaba ahí para ocultar del todo, sino para dosificar la exposición.
Creemos mirar libremente a través de la pantalla, pero cada gesto deja rastro. Cada búsqueda, cada lectura distraída, cada deslizamiento de dedo va ajustando el tejido que nos envuelve. No se trata de desvelo en el sentido clásico, sino de algo más eficiente: una selección previa del mundo que se nos ofrece.
Hoy el visillo ha cambiado de lugar. Se ha digitalizado. Ya no cuelga de la ventana, sino que se interpone entre nosotros y la realidad digital. Y lo inquietante no es que exista, sino que nos hemos acostumbrado a él.
Algoritmos fiscales
Vivimos con la sensación –no siempre consciente– de que exponemos mucho. Publicamos fotos, opiniones, viajes, rutinas. Lo hacemos voluntariamente, convencidos de que ese escaparate no equivale a una entrega completa de la intimidad. Hay visillo: se ve, pero no se entra. O eso creemos.
Con la incorporación de herramientas tecnológicas capaces de cruzar datos públicos, rastros de navegación y hábitos de consumo de información para construir perfiles de riesgo fiscal y observar pautas de comportamiento digital a gran escala, el Estado se ha colocado entre visillos.
Distintos medios han publicado que se trata de instrumentos ya previstos en licitaciones públicas recientes, orientados a reforzar la eficacia recaudatoria.
«Entre visillos»
No es casual que una de las miradas más finas sobre la vida cotidiana en España se titulara «Entre visillos». En la novela de Carmen Martín Gaite, el visillo no es solo una tela: es una forma de estar en el mundo. Se mira, se conversa, se sueña y se juzga desde detrás de él. Todo ocurre a la vista de todos, pero nada se expone del todo.
Ese mismo principio opera hoy en el entorno digital. No es necesario recurrir a distopías ni a fantasmas totalitarios. Basta con observar cómo determinadas herramientas tecnológicas permiten algo cualitativamente distinto de lo que conocíamos: no solo recopilar datos, sino interpretar conductas; no solo comprobar cifras, sino construir perfiles narrativos.
Antes, la lógica era sencilla. El Estado recaudador miraba lo que declarabas: ingresos, patrimonio, operaciones. Si había discordancias, se investigaba. El foco estaba en el dato objetivo. Hoy, sin embargo, la tecnología permite algo más sutil: contrastar lo declarado con lo vivido; lo que se dice con lo que se muestra; la versión tributaria con la digital.
Capacidad de ensamblaje
No hablamos de una sospecha concreta ni de una investigación singular, sino de un cambio de método: la selección previa. Decidir a quién mirar antes incluso de que exista una infracción clara. Y para ello no basta con números: se precisa contexto, comportamiento, estilo de vida.
La novedad no está tanto en el acceso a la información –eso siempre ha existido– como en la habilidad de combinar datos dispersos para generar soluciones innovadoras. El algoritmo no manda, pero orienta. No ordena, pero insiste. Y como lo hace sin levantar la voz, acaba teniendo razón.
Ahí está el verdadero nudo gordiano. No si se recauda más o menos, no si se persigue mejor el fraude. La cuestión es otra: qué ocurre cuando la técnica avanza más rápido que el relato jurídico que la contiene. Cuando el límite deja de ser una decisión política explícita y se convierte en una frontera móvil, definida por la capacidad del sistema.
En un Estado de Derecho, la vigilancia –cuando existe– es siempre excepcional, motivada y delimitada. No preventiva por sistema, no expansiva por inercia. El riesgo no es tanto el abuso concreto como la normalización silenciosa: que mirar más se convierta en una tentación permanente simplemente porque se puede.
Afán vigilante
Ante los cambios constantes del entorno, un Estado observa porque dispone de los medios y aún no ha fijado con claridad el momento en que debe dejar de hacerlo. También entonces, como ahora, el problema no era mirar, sino olvidar el límite.
Baltasar Gracián advertía que el primer deber del que aspira a mandar es no hacerse despreciable y que la sobriedad es siempre una forma de inteligencia. Virtudes poco algorítmicas, pero todavía necesarias.
La metáfora del visillo resulta hoy especialmente pertinente. No es un muro ni una puerta cerrada, sino una frontera tenue, casi invisible, que exige algo más difícil que la prohibición: saber hasta dónde mirar sin cruzar el umbral. Distinguir cuándo la observación deja de ser legítima para convertirse, sin estridencias, en intromisión.















