Si hay un comentario que levanta sospechas y los «ya, claro, seguuuuro» es éste: «Pues ni idea, hace años que no tengo tele». A mí me lo dijo Oliver Laxe (París, 1982) en 2021, cuando le pregunté por su opinión por las nominaciones a los Óscar, que habían sido anunciadas el día anterior.
Entonces se había disipado el inesperado éxito de crítica, público y premios de O que arde (2020), la película que le aupó a la conversación mainstream y a los Goya tras unos años de mimos por el Festival de Cannes, y el hombre se encontraba en un momento singular: se me definió como «cineasta y campesino activista» y me contó que llevaba muchos meses empeñado en levantar un proyecto en la comarca gallega de Os Ancares, rehabilitando una antigua casa familiar para crear una asociación por el impulso de actividades socioculturales en el campo. «Entre las cabras que tengo, la programación del centro, los proyectos de desarrollo rural hay un par de guiones en los que estoy trabajando en el poco tiempo que tengo. Ahora estoy empezando a financiar un proyecto de largometraje, pero no me ha llegado la vitrocerámica, estoy con una cocina de leña y otra de gas, y la cocina se hace más a fuego lento….», me dijo. Esa película que estaba entonces empezando a levantar es Sirāt (2025) y le ha llevado a la gloria internacional, incluyendo esos premios de Hollywood a los que no prestaba atención y por los que hoy ‘pelea’ en una maratoniana campaña de promoción en Estados Unidos en la que lleva enfrascado unos meses.
Quizás el principal problema de relaciones públicas de Laxe, y su gran cualidad para mí, es su ausencia absoluta de ironía y de cinismo. «La crisis actual no es solo política o económica, sino espiritual. Estamos muy ilustrados, pero no sabemos respirar«, suelta, sin miedo a quedar como un ‘compi-yogui’. O «es nuestra culpa que los jóvenes no vayan al cine. Les hemos dado pan Bimbo y su paladar ya no está acostumbrado al pan de cereal puro», el titular de una entrevista suya en El Mundo que le ha traído una tormenta de acusaciones, incluso por parte de compañeros de profesión: petulante, creído, elitista. Curiosas reivindicaciones de orgulloso de clase dirigidas a un tipo cuyo primer largometraje, Todos vós sodes capitáns(2004), costó 30.000 euros. Lo presentó en Cannes y ganó el prestigioso FIPRESCI.
Oliver Laxe nació en París, hijo de gallegos que trabajaban como porteros en el lujoso París del distrito XVI; creció, recuerda, en una sola habitación compartida con ellos, disfrutando a la vez de un entorno obrero y cosmopolita, el que iría informando sus pulsiones cinematográficas. A los seis años la familia Laxe Coro regresó a Galicia, al valle de su madre y su abuela, Ancares, y el campo empezó a modelar su perfil: «El campo ya no es tan duro como antes pero algo de su dureza es imprescindible para crecer como seres humanos. El pueblo trabaja un poco como la pareja o los hijos: te enseña tus límites, tus sombras. En la ciudad, uno no depende del vecino, no lo necesita; en el pueblo, sí, lo que hace el vecino te afecta. De manera diáfana, tu ego es provocado, excitado en el pueblo. Es interesante porque así puedes observarte, vigilarte, conocerte y, por tanto, como todos bien saben, el que se conoce a sí mismo es libre», me dijo.
Y allí, en medio de pallozas y cabras, definió su manera de estar en el mundo: «Aceptar lo que me da la vida de manera agradecida incluso si se expresa bajo la forma de obstáculo, accidente o desgracia; incluso, sentir mayor proximidad con la vida y su misterio cuando hay vicisitudes, cuando hay curvas».
Estudió cine en la Universidad Pompeu Fabra (Barcelona) y se trasladó a Londres, donde empezó a firmar sus primeros cortometrajes, que ya marcaban las preocupaciones que iría cultivando: memoria, identidad, lo rural y lo espiritual. Quien crea que Sirāt es árida e invita a la huida, que le eche un vistazo a los algo más de diez minutos de Grrr! Nº7: y las chimeneas decidieron escapar (2006) y gastará las suelas de sus zapatillas en la carrera. Después llegarían la citada Todos vós sodes capitáns, cine dentro del cine protagonizado por menores de Tánger; Mimosas (2016), una suerte de western existencial y vanguardista también en las arenas marroquíes; y la mencionada O que arde, rodada en Ancares, el lugar al que, asegura, pertenece, el que le erradica necesidades y le proporciona calma. Las fuertes pendientes gallegas no tienen que ver con las suaves (pero engañosas) colinas hollywoodienses en las que Oliver habitará hasta la ceremonia de los Óscar, pero supongo que nada de eso inmutará a un hombre libre que vive «bajo un cielo estrellado lleno de mitos»












