Hay partidos que no se explican con una estadística ni con una clasificación. Hay victorias que no caben en una tabla, porque pesan más en el alma que en los números. El Valencia CF ante el Espanyol firmó una de esas tardes de fútbol que no solo te sacan de la parte baja, sino que te devuelven la respiración. Ganar al quinto clasificado, hacerlo sufriendo, remontando emociones y saliendo del barro, es mucho más que un 3-2 en el marcador.
Mestalla volvió a sentir que el equipo estaba vivo. Que había latido. Que, por un día, el Valencia CF fue reconocible en algo que va más allá del juego: el carácter. Y en ese contexto emergen los nombres que explican el partido desde el esfuerzo, no desde el cartel.
Eray Comert es el mejor ejemplo. Central suizo, discutido, con pocas oportunidades y demasiadas miradas de desconfianza. Pero el fútbol, a veces, tiene memoria y justicia. Comert respondió como responden los que han esperado en silencio: con un partido serio, firme, contundente… y decisivo. Marcó, sostuvo al equipo y demostró que también se puede liderar desde la sobriedad. Fue uno de esos partidos que cambian percepciones y que reivindican a futbolistas que no bajan los brazos. Se lo merece. De la misma forma que Copete lo ha ido haciendo partidos atrás pese a las primeras críticas.
Bajo palos, Dimitrievski volvió a ser ese talismán. Con él, el equipo ha tenido los mejores registros de la temporada y es un guardián que da tranquilidad cuando todo tiembla. Seguro, valiente, decisivo en los momentos donde el partido amenazaba con romperse. Sus paradas no solo evitaron goles: mantuvieron al Valencia con vida emocionalmente. Porque cuando el portero transmite fe y carácter, el equipo se agarra a ella.
Y luego está la imagen que define la noche. Minuto final. Penalti. Mestalla conteniendo el aliento. Y Ramazzani, uno de los más cuestionados, cogiendo el balón. Valentía pura. No se escondió. No miró al suelo. Asumió el peso del momento, del ruido, de la crítica acumulada. Y marcó. Porque hay que tener personalidad para pedir ese balón y convicción para transformarlo en victoria. Ese gesto vale tanto como el gol.
El Valencia CF salió de la zona baja, sí. Pero sobre todo salió de un estado de duda permanente. Esta victoria no soluciona todos los problemas, ni borra las carencias, ni maquilla una temporada difícil con una gestión terrible. Pero recuerda algo fundamental: este equipo puede competir, puede creer y puede levantarse. Y la afición, como siempre, es tan soberana que puede –aunque parezca sorprendente para algunos- celebrar los goles y triunfos con la mayor de las alegrías. Porque para tristezas ya hemos sufrido suficiente ¿o acaso también nos va a arrebatar Lim la posibilidad de celebrar los goles y las victorias? Me niego. Hay tiempo para todo, con los pies en el suelo, con la mente bien clara de lo que hay y no hay.
A veces, la salvación empieza con un partido así. Con nombres inesperados, con héroes imperfectos y con una grada que vuelve a sentir que hay motivos para mirar al futuro con un poco más de luz. Sobre todo con fichajes, que es lo que va a complementar a este equipo y dar el salto de calidad y competencia que necesita.
No es el final del camino. Pero puede ser, perfectamente, el principio.













