Cómo pasa el tiempo. De lento, quiero decir. Llevamos un año bajo la era Trump y ya comienza a parecer un siglo. Aunque uno quiera apostatar de este clima agorero, acaba por vencerte un cielo ceniciento. Ocurre que ahora ese tiempo cenizo no solo se cierne, como solía hacer, sobre los pobres. Se ha democratizado cosa bárbara. Vemos, por ejemplo, las imágenes de Irán bajo la satrapía religiosa de los ayatolá y se nos ponen los pelos de punta. Pero entonces se suceden las cargas contra ciudadanos en Minneapolis y, salvo por el número de muertos, la cosa no resulta tan distinta. Claro, dirán, que hablamos de dictadura y democracia. Sin embargo, las actitudes del ICE en las calles americanas no suenan muy democráticas. Por supuesto, dirán, que hablamos de fanatismo religioso. No obstante, los MAGA se han mostrado tanto o más jacobinos que quienes gobiernan lo que antes fue Persia. Desde luego, dirán, que hablamos de moral. Pero pegarle tres tiros a una mujer desarmada y argumentar luego que fue en defensa propia lleva la marca de agua de Calígula.
Con todo y con esto, el niño grande y enfurruñado al que han puesto al mando del mundo libre (ochenta millones de moscas no pueden equivocarse, come mierda) no distingue Islandia de Groenlandia. Y no entiende que no le quieran dar el Nobel de la paz: ha aceptado la medalla de chocolate que María Corina Machado le ofreció en agradecimiento por no se sabe qué y en la foto uno es incapaz de distinguir cuál de los dos resulta más patético. Y ahora anda cabreado como un macho porque los inmigrantes que le llegan a casa son todos, cito, «de países de mierda». Se pregunta por qué no quieren ir a los Estados Unidos ni noruegos, ni suecos, ni daneses. Yo se lo explico, míster: se trata del progreso. El progreso no viene marcado por la subida de la bolsa, ni por la decoración estrafalaria de la nueva Casa Blanca, ni por un campo de golf en mitad de su rancho. El progreso lo marca el sentido de las colas del hambre. ¿Ha visto usted una fila de europeos migrando al continente africano? ¿La gente huye desesperada hoy día a La Habana, a Moscú o a Marrakech? No. Ocurre lo contrario. Desde los neandertales, el ser humano busca mejorar su vida y la de su familia. Busca abrigo, trabajo, mejores pastos, un clima más templado, un lugar donde vivir en paz. Por eso, señor Trump, no espere que ningún noruego, ningún sueco, ningún danés cruce el Atlántico para llegar a los Estados Unidos. Primero, porque usted no los distinguiría de un islandés. Y segundo, porque se han acostumbrado a vivir en un país donde la policía (aunque sea una postiza y asilvestrada) no los acribilla a tiros por culpa de su acento.
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