Un impulso de curiosidad y valentía llevó a Julio Rodríguez, un joven de tan solo 16 años, a convertirse en uno de los héroes anónimos de la tragedia del Alvia. Regresaba de un día de pesca con su madre, Elizabeth, cuando la sirenas de la policía y las ambulancias lo cambiaron todo. «Decidimos seguirlos por curiosidad», relata. Él y su amigo José fueron de los primeros en llegar al lugar del siniestro.
Pese a su edad, no dudó en actuar. «Llegamos allí, los primeros, y vimos cosas feas, pero, bueno, intentamos hacerlo lo mejor posible», confiesa el joven. Su madre, Elizabeth, no se separó de ellos al principio, aunque el instinto de Julio lo empujó a adentrarse en el caos para socorrer a las víctimas.
Vimos cosas feas, pero, bueno, intentamos hacerlo lo mejor posible»
Traslados heroicos en la oscuridad
La labor de Julio y su amigo fue titánica. Se dedicaron a trasladar heridos desde el tren siniestrado hasta el puesto médico avanzado, un recorrido de «hasta 800 metros o un kilómetro». Lo hicieron «varias veces sin pensar en el cansancio», hasta seis viajes de ida y vuelta. «A algunos los acompañábamos por el hombro porque podían andar, pero a otra gente que no podía, la cogíamos entre mi amigo y yo», explica sobre la difícil tarea de mover a personas con fracturas y heridas graves.
La noche era cerrada y la única luz provenía de las linternas de los móviles y de los equipos de emergencia. En medio de la oscuridad, Julio y otros voluntarios se adentraron en los vagones destrozados para rescatar a más gente. «En uno entraba por la ventana, que estaba sin cristales, y en otro, por un hueco que se hizo», recuerda. La escena en el interior era desoladora: «Recuerdo todo como si fuese una película, todo destrozado, todo muy roto y muy mal».
El trauma y el reconocimiento
El impacto emocional ha llegado después. «En el momento, no te paras a pensar en todo eso, pero luego, cuando estás en tu casa ya más tranquilo, se te vienen imágenes, pues, de todo lo que viste, imágenes duras», admite el joven. Su madre también se emocionó hasta las lágrimas durante la misa conmemorativa al recordar lo vivido.
Se te vienen imágenes, pues, de todo lo que viste, imágenes duras»
La valentía de Julio no ha pasado desapercibida. El joven tuvo la oportunidad de conversar con los reyes de España en la «zona cero» del accidente. «Nos dieron la enhorabuena por lo que hicimos y las gracias, sobre todo, por actuar como actuamos», cuenta sobre el encuentro. Su madre, Elizabeth, no puede ocultar su emoción: «Estoy muy orgullosa». A sus 16 años, y tras una experiencia que le ha marcado, Julio sueña con dedicarse al sector audiovisual.












