«La virtud de Diosdado Cabello es que no le da vueltas a la retórica, que no se enreda en consideraciones banales a la hora de abordar temas fundamentales o no (…) Tiene el carácter de ser claro y contundente, al pan le dice pan y al vino, vino». El viejo y taimado José Vicente Rangel, chavista de penúltima hora pero de lealtad perruna, no encontró nada más brillante para obsequiar a Cabello que ese par de tópicos incluidos en el prólogo de un libro de entrevistas. Pero sí hizo algo más bajo y miserable. Hablar de la «proeza olímpica» de Cabello, «quien bate récord en decir las cosas más hirientes sin lastimar».
Sin lastimar. Que lo digan los ciudadanos y colectivos a los que ha señalado en su programa de televisión («a esos me los anotan porque hay que seguirlos, el cabecilla vive en El Junquito») o los venezolanos cuyas torturas ha presidido o a la oposición en la Asamblea Nacional que presidió cuando vió como a su portavoz, María Corina Machado, la tiraban al suelo en la Cámara y le sacudían un par de patadas mientras Cabello sonreía complacido.
Para certificar hasta dónde llega la vesania, el instinto criminal y el desprecio hacia las libertades democrática de Diosdado Cabello, basta con asomarse a YouTube y disfrutar de su programa de televisión Con el mazo dando, donde esta mala bestia, cuya papada arepera le impide hace años abrocharse la camisa, se dedica a verter odio, amenazas, insultos y canalladas incansablemente contra los enemigos de la dictadura. En compensación acumula innumerables pendejadas exaltando al Comandante Eterno y a la triunfal revolución chavista. Cabello emblematiza lo peor del régimen: lo más sórdido, violento y pútrido del chavismo. Su fundador elogió como sucesor a Nicolás Maduro porque era — supuestamente— la cabeza visible del ala más moderada del régimen, pero dejando bien claro que a Cabello y los suyos no había que desproveerles de poder real. Con el paso de los años, el chavismo se radicalizó más aun frente a los que demandaban elecciones libres y Maduro se fue diosdadizando y no al contrario.
Para Chávez, el principal valor de Diosdado Cabello fue siempre su férrea lealtad personal y quizás intransferible. Nacido en 1963, conoció a Chávez como oficial: por entonces, a principios de los noventa, él era teniente y Chávez capitán. Lo escuchaba arrobado y tartamudeando. Participó en un discretísimo tercer plano en el golpe de Estado que lideró el paracaidista contra el presidente Carlos Andrés Pérez en 1992; huyó, pero en 1994 lo detuvieron y estuvo preso dos años (antes de año y medio disfrutó de libertad condicional). Colgó el uniforme y se unió al Movimiento V República y apoyó a Chavez en las elecciones de diciembre de 1998. Se encargó de modificar legalmente la Comisión Nacional de Comunicaciones, del desarrollo territorial del movimiento bolivariano, de multiplicar sus contactos militares y la chaveztización de las Fuerzas Armadas.
Cuando ocurrió el golpe de Estado contra Chávez en 2002 recibió al presidente rescatado por un helicóptero que él mismo envió: «A tus órdenes presidente». A partir de entonces, lo ha sido todo; vicepresidente, ministro de Infraestructuras, gobernador del Estado Miranda, ministro de Obras Públicas y Vivienda, presidente de la Asamblea Nacional. Cuando el chavismo perdió la mayoría en 2016 Maduro convocó una Asamblea Constituyente, una farsa grotesca, que presidió también Cabello. Desde 2024 es ministro de Interior y Justicia y vicepresidente del Partido Socialista Unido de Venezuela.
Los indicios de enriquecimiento ilícito y conspiración criminal en la gestión de Cabello son ciertamente abrumadores. El nepotismo que practica está aun más claro, Su esposa, Marlenu Contrera, ha sido ministra de Turismo y diputada; su hija Glenna, cónsul general de Venezuela en París; su hermano José David, director general del aeropuerto de Maiquetía, director de la agencia tributaria venezolana y ministro de Industria.
Diosdado vigila y negocia día a día con Delcy Rodríguez, la presidenta encargada y vieja archienemiga, el milagro de la continuidad del régimen bajo tutela de Estados Unidos. Es improbable que el apaño pueda durar mucho más.












