La cuenta de Instagram de la ministra de Asuntos Exteriores de Groenlandia, Vivian Motzfeldt (Upernaviarsuk, 53 años), con apenas 70 publicaciones y 2.700 seguidores, proyecta la imagen que el resto de europeos podría esperar de cualquier habitante de la isla de hielo: un coro ciudadano entonando una canción popular en recuerdo del padre de la cancillera; una fotografía de la madre de Motzfeldt, plácida y tranquila, por el Día de la Madre; una niña sonriente en el Día del Niño; otra bebé con chupete y cara de sorprendida mientras es fotografiada; el sol repicando sobre el hielo en una gélida mañana de noviembre —un acontecimiento extraordinario, sin duda, para esa época del año—; un perro con gesto amigable (de nombre Putin, por cierto)…
La red social con mayor número de exhibicionistas supuestamente felices de internet es, en lo relativo a Vivian Motzfeldt, un lugar tranquilo, apacible, sin estridencias, muy poco oficial, satisfecho y aclimatado a habitar en una de las regiones con las condiciones de vida más hostiles del planeta, con una media de ocho grados bajo cero en invierno (en el interior y en el norte pueden llegar a -40) y siete en verano. El 89% de los groenlandeses son inuit (esquimales para el resto de occidentales, aunque el término no gusta, ni en Groenlandia ni en Canadá ni en Siberia ni en Alaska). Su vida instagrameable es lo que se espera de un habitante del Ártico: serenidad, orden y una vida larga a temperaturas bajo cero.
Vivian Motzfeldt es inuit. En el extremo contrario del estereotipo de familia inuit de cuatro o cinco miembros posando sonrientes y despreocupados bajo kilos de pieles de foca y caribú, la ministra groenlandesa proyectó días atrás la imagen de la desolación. Junto a su homólogo danés, Lars Løkke Rasmussen, comparecía ante los medios después de reunirse con el vicepresidente estadounidense, J.D. Vance, y el secretario de Estado, Marcos Rubio, los dos originarios de tierras más cálidas. Mientras el ministro danés, un señor con cara de bonachón y aspecto de haberse embutido precipitadamente en el traje tras interrumpir sus vacaciones en cualquier lugar de España, detallaba (y rechazaba) que las pretensiones anexionistas de Trump sobre Groenlandia no habían mermado una micra después del encuentro, a su lado, y ante millones de telespectadores, descubrimos una de las miradas más tristes y compungidas que se han visto en las últimas décadas en un cargo institucional. El gesto abatido de Vivian Motzfeldt, las manos entrelazadas como quien acude a un funeral, el tono de voz (luego) de preocupación, la estampa viva del desconsuelo y la pesadumbre del futbolista que pierde la final de la Champions mientras escucha la algarabía en el vestuario de los vencedores. Momentos después se desplomó en una entrevista en la televisión pública de su país. «Estoy desbordada», admitió. No es para menos. La mayor potencia militar del mundo quiere tomar Groenlandia «por las buenas o por las malas» para explotar sus yacimientos de tierras raras y llenar la isla verde de alambradas imaginarias para, según Donald Trump, protegerse de China y de Rusia.
La titular de Exteriores groenlandesa nació en Kujalleq, un asentamiento agrícola de poco más de 7.000 habitantes —el municipio menos poblado de la isla— y fue maestra en Nuuk, la capital, adonde llegó después de una estancia de estudios en Estados Unidos. Iniciada en política en 2018, es ministra de Finanzas y Exteriores desde 2022. Como el resto de los 58.000 habitantes de este territorio autónomo del Reino de Dinamarca, puede suponerse que en determinado periodo de la historia la línea genealógica de Motzfeldt se cruzó en algún momento con la del vikingo noruego Erik el Rojo, proscrito en Islandia por asesinato y descubridor de la isla ártica en términos parecidos a la canción de Los Zombis, cruzando amplios mares, escalando altas montañas, descendiendo los glaciares. Lejos ya los tiempos de Ragnar y Lathgertha, sirva este ejemplo: en pleno debate sobre la financiación autonómica en España, la propuesta de Pedro Sánchez va de los 3.977 euros por habitante y año para Cataluña a los 3.316 de Castilla y León. Groenlandia percibe de media 11.300 euros por habitante al año. ¿Qué groenlandés querría ser norteamericano?
La fotografía de Groenlandia es hoy la de esa mirada perdida de su ministra de Exteriores y no la de la familia inuit unida en una felicidad rodeada de hielo; la mirada de Vivian Motzfeldt y la del resto de groenlandeses que jamás escucharon a Los Zombis, pero cuya canción más reconocible comenzaba con un presagio: Todas las secuencias han llegado a su conclusión. El tiempo no puede esperar.









