Afrontaba Arbeloa su tercer partido en el banquillo del Real Madrid y hasta ahora la principal conclusión que se puede extraer es que comparte pizarra con Florentino Pérez. El equipo titular ante el Mónaco incluyó a todos los jugadores que el presidente quiere en el once, con la incorporación de Mastantuono y Arda al mismo, además de recolocar a Camavinga en el lateral. Valverde y el francés reubicados en los carriles junto a Huijsen y Asencio, con Tchouameni, Guler y un desorientado Bellingham en la medular. Por delante se movía Mbappé, con Vinícius y el argentino en los costados. Una ‘regalactización’ apoyada en uno de los karmas de Florentino: «Solo hace falta poner a los ‘buenos». Y eso hizo Arbeloa. La pelota saltaba de pie en pie esperando alguna individualidad o la aparición en los espacios de alguien. Ataca por instinto y en defensa se coloca, pero no presiona.
El mazo de Mbappé
Al ser partido de Champions el Bernabéu presentaba un madridismo de provincias en la grada, lo que evitó cualquier amago de pitos. Además, para evitar apreturas, a los cuatro minutos una asociación de Mastantuono con Valverde terminó con el charrúa sirviendo de cara a un Mbappé que la cacheteó a la red. Se venía noche plácida en el Bernabéu… Pero los blancos se relajaron y Ansu falló una ocasión clamorosa, una jugada que retrató a este Madrid de papel. Sin embargo, la zaga del Mónaco era aún más frágil y en el minuto 25 Arda filtró de primeras una diagonal que puso a Vinícius con ventaja para servir al medio, donde Mbappé la empujó a la red. Su gol número 11 de los 15 del Madrid en esta Champions. La reconciliación, ahora sí, estaba en marcha.
Se divertía la grada, pero los de Arbeloa seguían ofreciendo síntomas alarmantes. El Mónaco tuvo otras ocasiones claras por la indolencia defensiva local. En una de ellas Teze estampó el balón en el larguero a la media hora sin que nadie saliera a tapar su disparo. Y Courtois evitó dos goles más. Un rival menor como este Mónaco, le generó cinco ocasiones claras a un Madrid que sigue siendo perezoso. El belga es el segundo portero que más paradas ha tenido que hacer en esta Champions, lo que delata la pasividad madridista. Nunca ganó nadie un título bostezando.
En la reanudación, con Ceballos por Asencio y Tchouameni reculando a la cueva, el Madrid esperó y buscó los espacios. Intenta Arbeloa clonar la receta de Ancelotti, que estaba en el palco. Un pragmatismo que el italiano apoyaba en la calidad de su plantilla y el compromiso defensivo del grupo. Pero este Madrid de Arbeloa ni tiene esa calidad ni ese compromiso atrás. Pero se encontró el Madrid con el mejor rival posible para reconciliarse con su gente. A los 50 minutos una jugada en ataque del Madrid que se iba enrocando fue bien resuelta por Vinícius, que sirvió a Mastantuono para que la cruzase a la red. Aún andaba la grada festejando cuando tres minutos después un centro del brasileño fue rematado a su portería por Kehrer.
Vinícius y Bellingham se reconcilian
El marcador marcaba 4-0, pero la estadística delataba que había tres tiros a puerta del Madrid por seis del Mónaco. Y entonces Vinícius se sacudió la mufa que le persigue con un derechazo a la escuadra que coronaba un partido con un gol y medio y dos asistencias más. Lo celebró con rabia abrazado a Arbeloa y sin empatizar con la grada. Hasta Bellingham marcó tras regatear al portero rival y lo festejó como si bebiera, de lo que se le acusa. El partido soñado para Arbeloa con Vinícius resucitado, Jude recuperado, el público entregado y Florentino feliz en el palco. Encuentro que sirve para seguir la reconstrucción de este Madrid. Comenzó con la lastimosa eliminación en Albacete, reactivó el ánimo con el triunfo ante el Levante el día que el Bernabéu pidió la dimisión de Florentino, y ahora suma esta goleada en Champions, antibiótico perfecto blanco. Un borrón final con el gol de Teze tras un error grosero de un Ceballos que no termina de hacer un partido redondo. Pudieron marcar los franceses algún gol más porque siguieron generando ocasiones ante la pasividad madridista, pero el choque se cerró con una goleada engañosa frente a la complicidad de un rival impropio de la Champions. Un Mónaco que posibilitó la reconciliación soñada por Arbeloa.
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