Las olimpiadas del peloteo

Uno de los fenómenos colaterales más fascinantes de la era Trump es el nacimiento de un nuevo género político: la adulación llevada a su patetismo más ridículo. El dictador no solo debe ser obedecido, debe ser adorado, reconocido, bendecido, hasta límites nunca vistos. En su corte más íntima, el elogio no es ni una señal de cortesía, es un mero instrumento de supervivencia. Desde Marco Rubio al vicepresidente Vance, pasando por el infame secretario de Guerra, todos empiezan sus intervenciones alabando el buen hacer de su amo, dejando claro que solo obedecen sus órdenes y haciendo un inventario de todos sus logros. Este ejercicio diario de servilismo es seguido por la gran mayoría de senadores y cargos republicanos, pero va mucho más allá de la política. Empezaron lamiéndole los pies magnates de Silicon Valley como Mark Zuckerberg, Tim Cook o Bill Gates, y continuaron hace unos días los del petróleo, incluido el español Josu Jon Imaz, de Repsol, que no quiso quedarse atrás en la carrera loca del agasajo al gran líder planetario. Como si hubiéramos vuelto al Berlín de 1938, el nuevo Führer del siglo XXI necesita a sus oponentes, pero también a sus aliados, siempre de rodillas, siempre sumisos, y siempre dispuestos a postrarse ante el nuevo emperador. La famosa humillación a Zelenski sacudió al mundo, pero hemos tardado poco en descubrir que aquel grotesco akelarre era tan solo una rutina más del nuevo modus operandi de esta administración americana.

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