Mi suegra, nunca fue una suegra prototípica, de hecho, la quise y la recuerdo como a una madre. Ella consiguió enseñarme, sin esfuerzo, la concepción del reciclaje en su más amplia acepción, mucho antes de que se pusiera de moda obligada en esta sociedad del despilfarro.
Hoy todo se convierte en artículo de desecho desde el mismo momento de adquirirlo, sean bienes, situaciones o personas, da lo mismo, todo acaba siendo de usar y tirar. Pero como decía, mi suegra era una verdadera artista del reciclado, fruto posiblemente de su paso por la guerra y la postguerra española, que sirvió de plataforma para la enseñanza de la reutilización a millones de españoles.
Ella era capaz de reconvertir las sobras de comidas o cenas en nuevos e innovadores platos que ya quisieran muchos ilustres cocineros llegar a conseguir. Y no solamente con la comida, la ropa fue otro artículo con el que era capaz de hacer verdaderos milagros. Para ella no hacían falta sesudos razonamientos sobre el aprovechamiento sostenible, la contaminación o el empobrecimiento del planeta, era algo intrínseco a su estilo de vida y a su concepto de valorar las cosas.
La sensibilidad hacia la conservación y el máximo rendimiento es algo bastante reciente y nos viene de la mano de los más preocupados por el medio ambiente y el futuro de este cochino mundo, que por más que nos esforcemos se sigue yendo al retrete universal.
En épocas de escasez suele ser innecesario predicar en este aspecto tan evidente, ya que la propia necesidad proporciona el argumento más sólido para que todo sea susceptible de ser reciclado.
Desde que nuestro estado del bienestar se cubrió de gloria y pudimos elegir entre artículos de consumo inimaginables que estuvieron vetados durante demasiado tiempo, optamos por ser mucho más elegantes en nuestros gustos. Dejó de interesarnos todo lo que no era nuevo al margen de su apariencia.
Fue para mí muy reveladora, para estructurar una teoría del reciclaje, la confesión de una señora que había sido capaz de reciclar a su marido en tan solo treinta años. Se casó con un hombre usado, de mal carácter, en contra del criterio de parientes y amigos, pero con la paciencia y sabiduría de quien se hace experto en reconversiones utópicas, consiguió que ese hombre luciera una nueva estampa capaz de convencer a propios y extraños, incluida ella misma.
Este singular ejemplo nos lleva a una reflexión ineludible: todo es susceptible de reciclaje, incluidas las utopías. Debemos luchar activamente por reciclar nuestro sistema de valores, nuestros políticos, nuestra economía, nuestra forma de vida y, por supuesto, nuestras esperanzas de futuro.
Suscríbete para seguir leyendo














