La primera película que Jafar Panahi dirigió tras pasar siete meses en la temible prisión de Evin (Teherán) en virtud de una sentencia a seis años de cárcel y 20 de prohibición de hacer cine que pesaba sobre él desde 2010 -se lo condenó por atentar contra la seguridad nacional y producir propaganda contra la República Islámica- fue ‘Un simple accidente’, posiblemente la más explícitamente agresiva y desafiante hacia el régimen de los ayatolás de todas las de su filmografía, y ya es decir.
Y ahora, mientras permanece de gira por Estados Unidos para asegurarse la presencia de la película entre los títulos nominados en la próxima gala de los Oscar, el director no se ha cansado de condenar la brutalidad inhumana con que las autoridades iraníes han sofocado las protestas ciudadanas que han tenido lugar en el país durante los últimos días. “Tras perder toda su legitimidad, la República Islámica está recurriendo a los instrumentos de represión más brutales”, afirmaba en una de sus numerosas declaraciones públicas, para reclamar la movilización de la comunidad internacional. “Cada minuto de retraso en la ayuda a la población significa más muertes de gente inocente”.
Jafar Panahi con su Palma de Oro en Cannes el pasado mes de mayo. Al día siguiente volvió a Irán, donde no se estrenan sus películas. / GUILLAUME HORCAJUELO / EFE
Panahi de ningún modo es la única personalidad del mundo del cine iraní que ha alzado la voz en ese sentido. “La historia es testigo de que el silencio de hoy tendrá consecuencias nefastas en el futuro”, advirtió en una carta el director Mohammad Rasoulof, que también ha consagrado su carrera a criticar con furia al régimen de Teherán -sirva de ejemplo su película más reciente, la aclamada ‘La semilla de la higuera sagrada’ (2024)-, y que huyó a Alemania para esquivar la condena a ocho años de prisión que los tribunales de su país le impusieron hace ahora 19 meses.
“Los iraníes están luchando por sus vidas y su futuro a oscuras”, aseguró el actor Arian Moayed, miembro del reparto de la serie ‘Succession’, a través de un vídeo publicado en sus redes sociales. “Si ellos son silenciados, nosotros debemos hablar”. Particularmente activa en Instagram desde que se iniciaron las protestas, la actriz y activista Nazanin Boniadi ha denunciado la aniquilación sistemática de su país a manos “de una República Islámica de muerte y destrucción”. Y, similarmente, su colega Golshifteh Farahani ha recordado los “miles de asesinatos y torturas” y el “daño irreparable a los recursos culturales de Irán” perpetrados por que el régimen teocrático desde la Revolución de 1979.

Golshifteh Farahani es la protagonista de ‘Leer ‘Lolita’ en Teherán’. / EPC
Farahani, recordemos, tuvo que exiliarse tras coprotagonizar junto a Leonardo DiCaprio en el thriller ‘Red de mentiras’ (2008), de Ridley Scott; en 2012, sus padres fueron advertidos de que, si la actriz volvía al país, le arrancarían los pechos y los servirían a la familia en una bandeja de plata.
No debería sorprender a nadie que todas esas declaraciones y otras parecidas se hayan hecho desde fuera de Irán. Los artistas que permanecen dentro de sus fronteras tienen miedo a hablar, y con motivo. Temen las posibles represalias de un gobierno que, como todos los dictatoriales, necesita de la obediencia ciega del pueblo para su buen funcionamiento y, por tanto, repudia el pensamiento crítico estimulado por el arte.
Las actrices Taraneh Alidoosti and Katayoun Riahi fueron encarceladas tras su participación en 2022 en las manifestaciones impulsadas por el movimiento Mujer, Vida, Libertad, que tan bien fueron retratadas en un libro homónimo por la autora y cineasta Marjane Satrapi, otra de las figuras prominentes de la diáspora de intelectuales iraníes desde que publicó la novela gráfica ‘Persépolis’ en 2000 y luego la adaptó al cine.
Los cineastas Maryam Moghadam y Behtash Sanaeeha fueron condenados a 14 meses de prisión -con suspensión de la pena durante cinco años- porque su película ‘Mi postre favorito’ (2024) muestra a una mujer bebiendo alcohol, bailando y sin llevar puesto el hiyab -es decir, con el cabello al descubierto- en su propia casa. Y la actriz Soheila Golestani fue condenada el año pasado a un año de prisión y 74 latigazos a causa de su participación en ‘La semilla de la higuera sagrada’.
Si regresa a Irán tras su gira estadounidense, y ya ha confirmado que lo hará, Panahi también deberá enfrentarse una vez más a la reclusión. Esta vez, hace poco más de un mes, los jueces lo han condenado a un año de cárcel y dos de prohibición de abandonar el país tras declararlo culpable de difundir propaganda antigubernamental. “La República Islámica me ayudó a hacer mi película al encarcelarme”, declaró el cineasta a este periódico el pasado mayo en el Festival de Cannes, donde ‘Un simple accidente’ se acabó alzando con la Palma de Oro. “Me sorprende que no comprendan que, al reprimir a un artista, no hacen más que nutrirlo con ideas”. La resistencia que tanto él como sus colegas han opuesto a la tiranía imperante en su país, y que sin duda seguirán oponiendo, deja claro qué ciertas son sus palabras.
Irán es, según el índice Freedom To Write del PEN América, el segundo país del mundo con más escritores encarcelados, solo por detrás de China. «Es como ir a la guerra, llega un momento en que hay que atacar. Uno sabe que dispararán en su contra, pero, como escritor, tienes un arma y varias balas: las palabras», dejó dicho hace años Shahriar Mandanipour, autor de ‘Una historia iraní de amor y censura’ y uno de los escritores iranís más prestigiosos de la pasada década.
Desde entonces, las cosas no han hecho más que empeorar, por lo que la única alternativa posible a la cárcel -o la muerte: el poeta Peyman (Amin) Farahavar fue condenado a muerte el año pasado por «rebelión» y «guerra contra Dios”– es el exilio: Mandanipour se instaló en Estados Unidos en 2006; Négar Djavadi, autora de ‘Desoriental’, lleva años viviendo en Francia; y Shirin Ebadi, Premio Nobel de la Paz de 2003 y autora de ‘La jaula de oro’, vive en Londres desde hace más de dos décadas. A pesar de la distancia, todas han hecho de Irán y la lucha contra el régimen de los ayatolás su razón de ser.
Lo mismo ocurre con Parinoush Saniee, de quien Alianza acaba de relanzar en España ‘Una voz escondida’, retrato de un país en tensión permanente entre el integrismo y el ansia de modernidad. Saniee, una de las autoras más traducidas del mundo, no solo no puede vivir en Teherán, tampoco puede publicar: sus libros, no cuesta imaginar por qué, están prohibidos en su propio país.
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