A finales de los 60 y principios de los 70 la playa de Las Canteras se veía abarrotada de turistas en bikini y flotas de marineros de medio mundo deambulando por el Puerto, donde se multiplicaban las salas de fiesta. Y mientras eso ocurría en las calles, quienes querían expresarse y vivir el Carnaval en Las Palmas de Gran Canaria tenían que verse abocados a acudir a fiestas privadas en clubes como el Racing de La Isleta, lugares donde resonaba la mítica pregunta: «¿Me conoces mascarita?». La ciudad vivía un ambiente que en cierta manera no se correspondía con la moral que predicaban las autoridades franquistas y la iglesia.
Una imposición que tenía su fiel reflejo en el Carnaval, prohibido en la España bajo el mando franquista a partir de febrero de 1937, en plena Guerra Civil. El 12 de enero de 1940 el entonces ministro Ramón Serrano Suñer reiteró la prohibición, pese a que la contienda ya había terminado, pero evitando así la naturaleza irreverente de esta festividad, donde podría tener cabida la oposición al régimen represivo. Un encierro que en Las Palmas de Gran Canaria duró hasta 1976, es decir, hasta las primeras carnestolendas inmediatamente después de la muerte del dictador.
Sería en aquel enero de 1976, hace ahora 50 años, cuando los vecinos de LaIsleta movieron cielo y tierra para sacar el Carnaval de su encierro y llevarlo nuevamente a las calles. Que el jolgorio volviera a recorrer las calles, tal y como lo hacían a prinicipios del siglo XX, cuando grandes desfiles de carrozas y agrupaciones disfrazadas inundaban Triana y alrededores. Pero, ¿qué ocurrió entre medias?
Enmascarar el Carnaval como Fiestas de Invierno
Si bien en Santa Cruz de Tenerife y en municipios como Agüimes lograron enmascarar el Carnaval como Fiestas de Invierno -siempre sujetas a la censura y el decoro impuesto por la dictadura-, en el tardofranquismo la fiesta se reducía al ámbito privado en Las Palmas de Gran Canaria, en sociedades como el Círculo Mercantil o en casas de particulares. Sería en las calles portuarias y cosmopolitas de La Isleta donde cobraría mayor protagonismos cuando el régimen entraba en sus últimos años.
«Aquellas fiestas eran como una válvula de escape a la represión institucional», recuerda Juan Ortega Machín, isletero y presidente del Club Victoria, quien a principios de los 70, vivió sus primeras juergas carnavaleras. Las fiestas más famosas «entre la gente de a pie», eran las del Racing, un club de fútbol ya desaparecido que tenía su sede en la calle Tecén y que encadenaba noches de fiesta durante un mes y pico, «sin cesar, noche tras noche», decían. «Allí iba todo el mundo, veías a toda esa generación de transformistas que allí podían expresarse», apunta.
Enriqueta la Pulpona, La Palmera o Pedro Daktari -este último todavía vivo y en activo-, son algunos de esos transformistas que se dejaban ver por el Racing. Unos días y un lugar en los que vestirse de mujer siendo un hombre no estaba mal visto. De hecho, ese era uno de los disfraces más recurrentes. «Era una época en la que no había medios, te vestías con lo que encontrabas a mano», indica Machín.
«Aquello eran verbenas de tapadillo», remarca. Casi no estaban anunciadas y la palabra ‘Carnaval’ no aparecía por ningún lado. «Tenías que ir de tapadillo casi», indica, «y al final siempre había alguna redada de los grises». Eso sí, recuerda a todo el mundo preguntar aquello de «¿Me conoces mascarita?», puesto que la mayoría iba con una careta o un antifaz.
Concursos de disfraces en el Círculo Mercantil
Mientras aquello pasaba en el Racing y en las casas de los isleteros, en el Club Victoria o el Círculo Mercantil también se celebraban bailes de disfraces, concursos incluidos, enmascarados como fiestas de invierno. En 1973 las primeras murgas teldenses, Los Chibichangas y Los Tupios, exhibieron en el Círculo sus canciones con «un éxito apoteósico», según las páginas del Diario de Las Palmas.
Un año antes, el reportero Juan Trujillo Bordón afirmaba en ese mismo periódico que la capital estaba «resucitando la tradición», en referencia a una encuesta de LA PROVINCIA que «demostraba» que la mayoría de los vecinos de la Las Palmas de Gran Canaria querían el Carnaval de vuelta, como en Tenerife. «Temen el carnaval quienes no tienen la conciencia tranquila. O, también, quienes desconfían. Gran Canaria fue cuna de alegrías carnavalescas a principios de siglo», sentenciaba.
Y es que, como él mismo decía, a la Isla, y a la capital en particular, volvían las carnestolendas como fiestas de invierno en sociedades y clubes -nada de hacer exhibición de la sátira en la calle en un régimen donde reinaba la censura-, pero bajo sus propias reglas . «No está permitido levantar el antifaz a nadie. Ni abusar excesivamente del privilegio de llevar la cara tapada». Imposiciones que dijeron adiós cuando en 1976 las mascaritas lograron volver a las calles e inundarlas de alegría y color tras cuatro décadas de encerradas.













