A pesar de que cada vez más el bullying está sobre la mesa y forma parte del debate social, en muchas ocasiones parece que siga siendo un tabú. A veces, con frases típicas como «los niños son niños», «algunos son brutos jugando» o «dicen las cosas sin ser conscientes de lo que significan» se justifican comportamientos que no son correctos y que pueden estar causando mucho daño a otros niños y niñas.
Pero, ¿cuál es el límite? Estoy de acuerdo en que es difícil marcar dónde está esa línea roja que no hay que traspasar, pero no por esa dificultad hay que dejar de establecer un tope y de hacerlo cuanto antes si hay una situación que puede ser complicada. ¿Por qué esperar a que pase algo peor y/o más grave? Y esto es un trabajo doble, porque el colegio tiene responsabilidad, pero no toda. También son los padres los que deben ejercer como tales y educar a sus hijos, reñirles, enseñarles lo que pueden y lo que no pueden hacer y asumir las consecuencias.
A pesar de que pueda sonar muy fuerte hablar de «acosadores», si queremos acabar con el bullying hay que empezar a hacerlo. No se pueden «blanquear» ciertos comportamientos infantiles simplemente escudándonos en que son niños. Los niños son niños, pero no son tontos, y en la gran mayoría de las ocasiones saben lo qué hacen y lo que dicen. Los niños que cuando llegan a un entorno lo modifican a su antojo mientras el resto de menores se vuelven sumisos no son líderes, son hostigadores.
Como sociedad tenemos el deber de poner en evidencia y de bajar los humos a los que «están por arriba» y de proteger a los que «quedan por abajo», de cuidar y apoyar a los que sufren por plantar cara… y también a los que sufren en silencio, de darles herramientas para empoderarse y para hacerles ver que no hay nadie por encima ni por debajo de ellos, que todos los niños son iguales y que ninguno tiene que sufrir por culpa de otro.
Erradicar el bullying es trabajo de todos y, por desgracia, es una lacra que sigue muy presente.
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