En Valdeorras (Ourense), el paisaje sabe guardar memoria. Tras los grandes incendios del verano de 2025 las cicatrices quedaron a la vista: lomas desnudas, ceniza suelta, caminos rotos y una pregunta repetida en las aldeas cuando llegan las primeras lluvias: ¿bajará el agua «negra» hacia el regadío, los manantiales o los riachuelos que abrevan al ganado?
La respuesta, este invierno, se está escribiendo con brotes. En varias zonas de Vilamartín de Valdeorras, sobre 94 hectáreas impulsadas por el Concello y comunidades de montes, ya germinó la siembra aérea realizada en noviembre y diciembre. El objetivo era tan simple como urgente: poner cuanto antes una cobertura vegetal que «agarre» la tierra, reduzca la erosión y amortigüe el arrastre de cenizas y sedimentos por escorrentía. Solo en Larouco ardieron más de 30.000 hectáreas y el agua con restos era una amenaza real.
«La idea era llegar al invierno con la germinación comenzada», explica David Blanco, técnico superior en Gestión Forestal y Salud Ambiental y piloto aplicador de fitosanitarios con drones. Las heladas y nieves de estos días, que en otros años podrían pillar al monte desprotegido, llegan ahora con un primer manto de verde en marcha.
Un momento de la siembra desde el dron de una falda de monte quemado en Vilamartín. / Cedida
No fue una siembra cualquiera. La orografía lo convirtió en un desafío logístico: terrenos de alta montaña, por encima de los mil metros y hasta 1.200 de altitud, pendientes fuertes y accesos dañados por las primeras lluvias posteriores al fuego. «Era complejo incluso mover los sacos de semilla: muchos caminos estaban destrozados», resume Blanco. Ahí entró el dron como herramienta de emergencia: «En cada vuelo podíamos llevar hasta 50 kilos». Donde una cuadrilla tardaría horas en llegar a pie, el aparato podía dispersar la carga con precisión y rapidez.
El cereal elegido tampoco fue casual. El asesoramiento científico corrió a cargo de Javier Montalvo, profesor de Ecología de la Universidade de Vigo, con apoyo de la Fundación Matrix para el seguimiento y la evaluación. «La siembra aérea con dron es una innovación de alto interés en zonas abruptas«, señala, pero advierte de que no se trata solo de «esparcir» semillas. Hay criterios: escoger una especie rústica de invierno, calcular la dosis según el grano y leer el territorio para minimizar el arrastre. Por eso se usó triticale, un híbrido entre trigo y centeno. «Cumple bien estas especificaciones», apunta Montalvo: germina con frío, crea rápidamente cobertura y, con sus raíces, ayuda a fijar la capa superficial del suelo. Ese «anclaje» tiene consecuencias invisibles y decisivas: reduce la pérdida de nutrientes —nitrógeno y fósforo— que, sin plantas, se irían ladera abajo con cada aguacero. También ralentiza el ciclo del agua y contribuye a mantener su calidad en captaciones y arroyos de la cuenca del Sil.
Las zonas se seleccionaron por su vulnerabilidad, priorizando manantiales y cabeceras de pequeñas cuencas, a propuesta del Concello y de comunidades como la de Montes Vecinales en Mano Común Río Farelos y Porqueira. El reto, insiste Blanco, es el tiempo: «Cuanto antes se haga la actuación, mejores resultados». Lo ideal, añade, es sembrar con las primeras lluvias tras el verano para maximizar la eficacia.
Ahora comienza otra fase: observar. Medir cómo arraiga la cobertura, si resiste el invierno y si, cuando vuelvan las lluvias fuertes, el agua baja más limpia. En Valdeorras, el monte se recompone despacio. Pero algo quedará.
Por qué cereal y no árboles: el «vendaje verde» antes del bosque
Tras un gran incendio, la prioridad no es «reforestarlo bonito», sino evitar que el monte se deshaga. En los primeros meses, el suelo queda desnudo, a veces hidrofóbico (repela el agua) y frágil: las lluvias arrastran cenizas y sedimentos cuesta abajo, colman regatos, enturbian captaciones y se llevan la capa fértil que necesitarán los futuros árboles. Plantar en ese momento especies leñosas suena lógico, pero a menudo es tarde para lo urgente y pronto para lo viable: los plantones requieren accesos, hoyos, mantenimiento y varios veranos.
Sin embargo algunos cereales funcionan como respuesta de emergencia: germinan rápido, aguantan frío y pobreza de nutrientes, y crean una malla de raíces que sujeta el terreno. Además, se puede sembrar por aire en laderas inaccesibles. Cuando complete su ciclo, dejará materia orgánica y una «alfombra». Y no solo eso: «la fauna se beneficiará de toneladas de grano de cereal que indirectamente se producirá, y de la biomasa, siendo beneficioso también para usos ganaderos del monte», explica Montalvo.
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