Reinventarse o morir. Daniel González, dueño de la bocatería zaragozana La Piedra 64, encarna el dicho popular a la perfección. Su andadura en el mundo de la hostelería arrancó cuando tenía solo 17 años. Mientras estudiaba Empresariales, empezó a trabajar en diferentes bares para “sacarse un dinerillo”. Lo que no imaginaba es que se enamoraría antes de la hostelería que de las finanzas.
Allá por el 2002, cuando solo le quedaban cuatro asignaturas para terminar la carrera, González decidió apostarlo todo por su pasión. En el número 64 de la calle Cortes de Aragón fundó la Taberna La Piedra. Su nombre delataba su especialidad: la carne a la piedra. El cocinero recuerda aquellos años con cariño. “Nos pasó de todo: desde una pedida de mano fallida hasta una mujer que rompió aguas pero no se quiso ir hasta acabarse el solomillo”, rememora mientras hojea un álbum de fotos de la época. En las instantáneas, posan sonrientes Boris Izaguirre, Luis Alegre y otras personalidades que disfrutaron de los platos del mesón.
Un giro de 180 grados: de la taberna al ‘take away’ y las hamburguesas
González ofrecía a sus clientes mucho más que gastronomía. “Los miércoles teníamos música en directo, los jueves espectáculo de ‘drag’ y los viernes cena teatralizada”, afirma. El dueño de La Piedra quería explotar al máximo las posibilidades de su negocio. Pero la vida tenía otros planes. Con 41 años, un ictus le obligó a parar en seco. “Descubrieron que tenía una enfermedad congénita y me operaron cinco veces del corazón”, explica. En ese momento, decidió bajar su ritmo de trabajo para cuidar su salud.
El interior de La Piedra 64. / Josema Molina
Con ese propósito nació La Piedra 64. Este nuevo restaurante se centró en el ‘take away’ y las preparaciones un poco más sencillas, como las hamburguesas. Y cuando las hamburgueserías conquistaron cada esquina de Zaragoza, González cambió, otra vez, el rumbo de su negocio. “La hamburguesa está muy bien para quien la disfrute, pero a mí me aburre. Yo soy cocinero y no quiero pasar solo por la plancha. Además soy detractor del pan brioche”, reconoce el hostelero.
Desde el nombre hasta el relleno: así son los bocadillos más rompedores de Zaragoza
Así que volvió al fuego lento de una forma innovadora. “Hago guisos tradicionales de la abuela entre pan”, señala. Actualmente, la carta de La Piedra 64 trabaja a fondo este concepto. Entre sus bocadillos, despuntan algunos como el “Yaya Carmen”, de albóndigas en salsa de tomate o el “Van Gogh”, de oreja a la plancha con salsa brava. Sus propuestas también destacan por sus nombres cómicos: el bocadillo de chorizo a la cerveza con emulsión de naranja se llama “El Político” y el de ensaladilla rusa con langostinos, “Hijo de Putin”.

Los bocadillos de La Piedra 64. / Josema Molina
Otro plato que triunfa en el local son las “piedritas”, unas patatas crujientes con salsa de queso azul. “Este entrante lo llevo preparando 24 años”, confirma el propietario. En cuanto a los postres, la tarta de queso se mantiene como “top ventas”, aunque otros como la panacota de café y Baileys también llaman la atención. La renovación permanente del restaurante, que cada mes presenta un nuevo bocadillo, sumado a su apuesta por la primera gama, consiguió que La Piedra 64 lograra una fiel cartera de clientes: “El que viene repite y repite”, asegura González. El cocinero zaragozano lidera el equipo de La Piedra 64, que completan sus camareros Asier y Thanos.
Los retos de La Piedra 64
Pero la amenaza de la caída no desaparece ni en tiempos de victorias. Ya lo contaron los antiguos griegos en el mito de Sísifo, rey castigado por los dioses a empujar eternamente una roca hasta la cumbre de una montaña, solo para verla descender de nuevo. Lo mismo le ocurrió a Daniel Gónzalez. Cuando mejoró su estado de salud y emprendió su nuevo proyecto, la pandemia del coronavirus puso en jaque todos sus avances. “Fue mi peor época en la hostelería, incluso peor que el ictus” -asevera- “Me adapté a todas las regulaciones: la terraza, la distancia de seguridad… Aún tengo las manos quemadas de la lejía. Todo para recibir una ayuda de 2.300 euros”, denuncia.
Esta no es la única dificultad a la que se ha enfrentado. “Fuimos el primer restaurante de Zaragoza con la bandera LGTBI en la puerta y al principio no fue fácil. Hemos mejorado mucho, aunque, en los últimos tiempos, aquí hemos visto un retroceso”, advierte. A pesar de los obstáculos, González lo tiene claro: “Jamás me he arrepentido de dedicarme a la hostelería”, concluye. Con su dedicación constante y su fidelidad a sí mismo, el cocinero zaragozano busca un final alternativo para Sísifo: que La Piedra se quede siempre en la cima.













