Una paloma mensajera soltada en Lloret de Mar (Gerona) a las 06.30 horas regresó a su palomar de Vigo a la mañana siguiente. Recorrió casi mil kilómetros en un día, una muestra de resistencia sorprendente, pero no tanto como su capacidad de orientación, que constituye a día de hoy uno de los grandes misterios de la naturaleza junto a la del salmón. Este regresa al río donde nació tras recorrer medio océano, mientras que la otra es capaz de encontrar el nido donde se crió y alimentó desde la otra punta de España. Sol, clima, corrientes, campos magnéticos, brújula cerebral… Una combinación de factores explica este misterio natural que convierten a la paloma mensajera (Columba livia domestica) en un animal único que levanta pasiones. Tantas, que en algún momento y algún lugar nació la colombofilia.
Una afición de la que saben mucho en Santiago, ya que aquí se ubica uno de los clubs más antiguos, casi centenario, Alas Compostelanas, y sobre todo, el mayor palomar de mensajeras de España: el de José Francisco Vázquez Loureiro, Paco.
«Tengo alrededor de mil palomas entre las de vuelo y las reproductoras», explica desde sus instalaciones de la Granxa de San Lázaro. Allí lleva tiempo criando y adiestrando a estas aves para las competiciones, en las que logró títulos a nivel gallego, nacional y mundial.
La rutina es la siguiente: una vez nace el pichón, al mes y medio empieza a volar. «Se van sacando y adiestrando para que entren al palomar a base de comida», comenta Paco. «Así sucesivamente, día tras día», salvo que llueva mucho. Sobre todo de cara al inicio de la competición, que suele abarcar de marzo a finales de junio. «En febrero, antes de empezar el calendario de pruebas, hay que entrenarlas como a un atleta para que ganen musculatura, resistencia y bajen de peso». Para ello hacen vuelos diarios de un mínimo de hora y media y se controla su alimentación, donde el cereal se suplementa con cebolla, ajo o miel. «Una vez entrenadas no se van a ningún lado: las mías vuelan por Santiago, pueden ir al centro, al polígono, hacia el aeropuerto en un radio de dos, tres o cuatro kilómetros, pero regresan».
Aunque siempre existe el riesgo de bajas por la presencia del azor y los halcones, o porque se pierdan por el mal tiempo en competiciones de gran fondo, que son aquellas que rondan los mil kilómetros de distancia. El propio Francisco Vázquez llevó a cabo esos desafíos. «Solté una paloma mensajera en Barcelona y regresó al palomar a Santiago», comenta orgulloso. El caso contrario son las llamadas pruebas de velocidad, donde las aves se sueltan a 200 o 300 kilómetros del palomar al que deben regresar. En estas competiciones más cortas, «las bajas pueden rondar el 10% o 12%», admite. En las de medio fondo o gran fondo, más.
Paco, rodeado de trofeos de colombofilia. / ECG
«Empecé a los 6 años»
La relación de Francisco Vázquez con la colombofilia viene de muy atrás. Cuando tenía 6 años, una paloma se coló en la casa familiar de la Rúa do Olvido y él acabó cuidándola, junto a otra que le regaló su abuela. Hoy, con 71 años, mantiene la misma pasión por las palomas, a las que dedicó buena parte de su vida, como acreditan las vitrinas repletas de trofeos y reconocimientos. «Hay incluso alguno de China», explica. Su afición le permitió conocer muchos países y mucha gente, pero también implicó esfuerzo, gasto y sacrificio de tiempo libre.
En el año 1969 se dio de alta en el Club Colombófilo Alas Compostelanas, que presidió entre 1990 y 1998. Después dio el salto para dirigir la Federación Colombófila Gallega durante doce años, y al terminar asumió la presidencia de la federación nacional, que compaginó además con la vicepresidencia a nivel internacional. Eran los buenos tiempos de una actividad a la que, como ocurre con la caza, la pesca y tantas otras, le cuesta encontrar relevo generacional. «Falta implicación de la gente joven, por las nuevas formas de ocio más tecnológicas y también por la falta de apoyo de las administraciones», lamenta.
«La colombofilia llegó a ser primer deporte en países como Portugal o Bélgica», lugares que todavía hoy conservan una fuerte tradición, especialmente los belgas, aunque ahora es Asia quien domina el mercado, sobre todo China y Japón. «Hace poco un chino compró una paloma por 1,2 millones de euros«, desvela Vázquez.
Alas Compostelanas llegó a tener «más de 50 socios» y aún superan hoy la treintena, incluyendo socios de Ribeira, Brión, Lalín… Galicia cuenta con doce clubs con unos 280 socios en total, mientras que en España los colombófilos federados superan los 5.500.
Todos ellos poseen licencia federativa, necesaria para competir, «además de existir un registro oficial de la Xunta de todas las palomas», detalla Francisco Vázquez. «Todas están registradas, anilladas y vacunadas anualmente», lo que también ilustra a la perfección el «gasto» que supone. Pese a ello, «y a la falta de apoyo», los colombófilos de Galicia resisten fieles a su hobby. Porque el mensaje más importante que trasladan con sus palomas es precisamente ese: el de que en este mundo, no todo puede ser tecnología.

Francisco Vázquez a las puertas del palomar. / ECG
«Más de dos décadas esperando un local»
El club Alas Compostelanas demostró tener en sus cien años de historia el mismo ADN de las palomas mensajeras: el de la resistencia. Solo así se explica que una entidad que ha organizado incluso mundiales de colombofilia en la capital gallega —en el año 2004 con más de 1.200 asistentes de 32 países— no cuente a día de hoy con un local donde reunirse.
«En sus orígenes las reuniones se hacían en la parte trasera de una imprenta de la calle Rosalía de Castro o en el bar Ferrol», recuerda Francisco Vázquez. Eran los años 60, pero nada cambió en este tiempo. «Hoy nos reunimos en un bar de Brión de uno de los socios». De hecho, es el único club gallego en esta situación. «Hasta los pequeños clubs disponen de local», confiesa.
La solicitud de un espacio para el club ya parte de tiempos de Xerardo Estévez, cuando se inauguró el estadio de San Lázaro, con muchos bajos disponibles, «y algunos ocupados para cuestiones que no son deportivas». Sin embargo, fue en la primera etapa de Bugallo en Raxoi, concretamente en el segundo mandato, cuando se dio el paso más significativo con Esther Pedrosa en la concejalía de Deportes. «Nos llamó y nos dijo que tenía un local: la antigua escuela de A Susana», recuerda Vázquez, todavía hoy vicepresidente del club. Entonces, se inició un proceso burocrático que por unas razones u otras nunca llegó a buen puerto. Alas Compostelanas sigue sin llaves y Francisco Vázquez, sin energía para seguir peleando por algo que considera justo, dado el impacto de la colombofilia en Santiago. Sin ir más lejos estos días se celebra en la ciudad la 50ª Exposición Nacional y Jornada Nacional de la Paloma Mensajera. «Además, las palomas se usan para actos en colegios, para sueltas de tipo solidario, se hacen exposiciones e incluso ayudan en proyectos sociales como los de apoyo para la desintoxicación de las drogas», relata Francisco Vázquez, que recuerda hasta cuatro casos de éxito con las palomas en Compostela.
En toda esta travesía del desierto, reconoce que les ofrecieron locales en los vecinos concellos de Oroso o Ames, pero los rechazaron porque aunque el club tiene socios de muchos lugares, su esencia siempre fue Santiago.
Siguiendo con el cronograma, Bugallo perdió las elecciones y llegó el PP, que en un mandato convulso no avanzó nada en el local. «Después Martiño Noriega ni nos recibió». Regresa Bugallo al Concello, «pero nada» del local. Y ahora con Goretti Sanmartín se reactivó el plan del local de A Susana, «que es ideal para nosotros por ubicación y por condiciones». Sin embargo, tras más de dos años de mandato, vuelta a la casilla de salida «porque nos dicen que no es cuestión de deportes, que es de patrimonio». «Han sido otros dos años perdidos», lamenta Vázquez. «Yo no puedo hacer más por esto». Lo probó todo y se reunió con todos, dice. Quizás ya solo le falte enviar la solicitud a Raxoi… por paloma mensajera.

El colorido y las plumas brillantes la caracterizan. / ECG
Un animal sorprendente usado por el Ejército
La paloma mensajera (Columba livia domestica) es una variedad de paloma bravía entrenada especialmente para volver a su palomar desde largas distancias. A diferencia de sus parientes, es más viva y rápida en el vuelo, con un batir de alas más característico y con una mayor fortaleza y musculatura. Su resistencia a la fatiga le permite cubrir hasta 1.000 kilómetros en un día a velocidades medias de 90 km/h, con picos de hasta 120 si el viento y las corrientes ayudan.
Desde épocas muy antiguas, que se remontan a los egipcios, se aprovecharon estas características para usarlas para transportar mensajes. Una costumbre que perduró a lo largo de los siglos, siendo claves en algunos ámbitos militares. En España, sin ir más lejos, el último gran palomar oficial de mensajeras era del Ejército y se desmanteló en 2008 en el El Pardo, en un solemne acto al que asistió el propio Francisco Vázquez.















