Delcy Rodríguez ha perdido lo que más amaba en este mundo, la revolución chavista que le permitía viajar con maletines en lugar de maletas. Sin relativizar tan doloroso trance, el suyo ha sido el luto más breve de la historia. Se ve muy feliz a la viuda, no hubo mención a su ilustre predecesor en el juramento ante Trump, el único responsable de su ascenso de vicepresidenta ejecutiva a primera mujer al frente del protectorado venezolano. Se ha convertido en la persona que más desea una condena a perpetuidad de Nicolás Maduro, por encima incluso de la Casa Blanca.
Delcy Rodríguez se lo debía todo a Chávez, ahora se lo debe todo a Trump. La deuda eterna contraída por la revolucionaria con el líder más reaccionario del planeta obliga a concluir que si no traicionó a Maduro antes del golpe estadounidense, lo ha hecho después. En el lenguaje del arcaico derecho internacional, este fenómeno se denomina transición de la dictadura a la democracia. La salida del chavismo desde dentro, con la voladura o volatilización de la Constitución Bolivariana, no debería resultar tan anómala en España, que se acostó franquista y se despertó ejemplarmente demócrata. Estos vuelcos permitirían augurar incluso la redención de Estados Unidos.
Por dentro, la entronización de Delcy Rodríguez por encima de la pizpireta María Corina Machado demuestra el escaso crédito del PP en la valoración de líderes, empezando por los propios. A Trump le costaría todavía hoy situar a Venezuela en un mapa, pero ha apreciado la incompetencia de la oposición, porque nadie en su sano juicio colocaría a Edmundo González ni al frente de una comunidad de dos vecinos. Como de costumbre, el presidente estadounidense ha encumbrado a la persona que más se le parece, tras su voladura incontrolada de Caracas. De ahí que la mayor incógnita de la política española sea determinar la fecha en que el presidente Feijóo recibirá a Delcy en la Moncloa, como jefa de Estado y «encarnación de los valores democráticos».
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