La crisis en Venezuela y la incapacidad de los líderes de la Unión Europea (UE) de responder de manera contundente y cohesionada a la intervención del Gobierno de Estados Unidos en el país han vuelto a dejar en evidencia la débil política exterior comunitaria y el desequilibrio de poder entre Bruselas y Washington.
La noticia de que Estados Unidos había bombardeado posiciones estratégicas en Venezuela y había capturado a Nicolás Maduro cogió a buena parte de los asesores de seguridad de los países europeos y los jefes de gabinete de los presidentes de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el Consejo Europeo, António Costa, en otro punto caliente del planeta: Kiev. El secretario de Estado, Marco Rubio, informó después a la jefa de la diplomacia europea, Kaja Kallas. Pero los europeos han vuelto a quedarse fuera de la reorganización del tablero global, que Donald Trump maneja desde Mar-a-Lago.
Los países de la UE tardaron dos días en emitir un comunicado conjunto que ni siquiera cuenta con el respaldo de los Veintisiete. Hungría, otra vez, se ha quedado fuera. En el texto, piden «calma» y «moderación» para evitar una escalada y reiteran la importancia de respetar el derecho internacional, que muchos expertos coinciden en que Estados Unidos ha violado con su operación.
Aunque todos rechazan la legitimidad de Maduro y celebran la caída, en principio, del régimen chavista, solo España ha condenado la «reciente violación de la legalidad internacional en Venezuela». Mientras que el canciller alemán, Friedrich Merz, reconoció en una publicación en redes sociales que la base legal de la operación de Estados Unidos requería «una reflexión». Pero el griego Kyriakos Mitsotakis considera que «no es el momento de comentar la legalidad» de esa misión, sino de garantizar una transición pacífica y democrática en el país.
De hecho, la Comisión Europea considera que la intervención de Washington en el país caribeño «brinda la oportunidad para una transición democrática liderada por el pueblo venezolano». El problema es que, de nuevo, la visión europea de esta transición choca con la de la Casa Blanca. Mientras que la UE respalda a los líderes de la oposición, María Corina Machado y Edmundo González, a quien considera vencedor de las elecciones de 2024, Trump apuesta por la continuidad de Delcy Rodríguez, mano derecha de Maduro, bajo su tutela.
Sin influencia en América Latina
La crisis en Venezuela vuelve a poner de manifiesto dos problemas estructurales para el bloque que, en realidad, no son nuevos. El primero es la dificultad de tener una política exterior común con 27 países con voces e intereses muy distintos en el mundo. El segundo, que en un mundo donde reina el caos y prevalece la ley del más fuerte sobre el Estado de derecho, la incapacidad para reaccionar con velocidad y firmeza puede ser una sentencia.
Durante mucho tiempo, América Latina no ha sido una prioridad para Europa. España ha liderado en gran medida los esfuerzos diplomáticos para acercar posturas. En Bruselas ha habido una cierta toma de conciencia en los últimos años de que, al menos hasta ahora, los líderes latinoamericanos comparten valores y una visión del mundo con los europeos. El empujón para cerrar un acuerdo comercial con los países del Mercosur es una muestra de la voluntad creciente de estrechar lazos políticos y económicos con los países de la región.
Pero la UE, que durante décadas ha centrado sus esfuerzos en otras zonas geográficas del mundo, ha visto cómo su capacidad de influencia, incluso de mediación, en plena crisis es muy limitada. En un contexto en el que Estados Unidos ha pasado de la diplomacia a la acción, esto es un problema serio. No habían pasado ni 48 horas desde la intervención en Venezuela cuando Trump ya había amenazado a Cuba, Colombia y México. Los dos últimos son socios comerciales y políticos del bloque.
Impasibles ante Trump
Pero el problema no es solo la falta de influencia en América Latina, sino el desequilibrio de fuerzas con Estados Unidos en el tablero global. En las últimas horas, el presidente Trump ha renovado su amenaza contra Groenlandia, con una tibia reacción de Bruselas. La Comisión Europea se ha limitado este lunes, sin responder a las declaraciones del dirigente, a recordar que se trata de un territorio comunitario, cubierto por el paraguas de seguridad de la OTAN. También ha defendido la necesidad de proteger los principios de soberanía nacional e integridad territorial y espera que sus socios hagan lo mismo.
El pasado mes de diciembre, Washington hizo pública su estrategia de seguridad, en la que se comprometía a promover un cambio político en una Europa que consideraba en decadencia. El presidente del Consejo Europeo, António Costa, advirtió de que la UE necesitaba una nueva estrategia que asuma que «las relaciones entre aliados y las alianzas tras la Segunda Guerra Mundial han cambiado».
Europa tiene que reforzarse para protegerse «no solo de nuestros adversarios sino también de los socios que nos desafían», aseguró Costa. «Estados Unidos ya no cree en el multilateralismo, ni siquiera en un orden internacional basado en normas», reconoció el portugués, añadiendo que cada vez está más claro que «Europa y Estados Unidos no comparten la misma visión del orden internacional«.
La crisis en Venezuela ha puesto de manifiesto, otra vez, que Europa se ve incapaz por el momento de plantar cara a Washington, no ya cuando ataca a la soberanía de países ajenos o juega con su futuro, como en el caso de Ucrania o Palestina, sino ni siquiera cuando amenaza su propia soberanía. La UE se aferra a un derecho internacional pisoteado en los últimos años y evita molestar a un aliado que cada vez se parece más a un enemigo.
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