Desde su famoso paréntesis de reflexión interna, Pedro Sánchez alerta con una frecuencia semanal de «Que viene el lovox». Según la fábula de Esopo, la cansina reiteración debía anestesiar a los votantes, que se desentenderían de los gemidos presidenciales y se negarían a auxiliar al bromista. Sin embargo, la realidad siempre empeora a la literatura, por lo que los electores no solo han ignorado la alarma del líder del PSOE, sino que reclutan lobos para desalojar al pastor de La Moncloa y a sus ovejas. Por ceñirse al último episodio del relato, cuesta imaginar que los socialistas pudieran empeorar el resultado en las elecciones extremeñas sin su actual secretario general.
La saña del electorado extremeño no solo demuestra que se niega a aceptar el discurso de Sánchez sobre el ‘lovox’, sino que le da la bienvenida a los ultras a cambio de librarse del presidente del Gobierno. Libradas sin la presencia contenciosa del inquilino de La Moncloa, es imposible que las autonómicas hubieran incrementado el castigo al PSOE. Se trata de una hipótesis que podrá ser revalidada en otras comunidades, empezando por Aragón. De hecho, el aumento exaltado de la ultraderecha no ha alcanzado los caudales de experiencias circenses más recientes como Podemos o Ciudadanos, pese a la expectación desatada por el neofranquismo.
¿Cuántos extremeños exactamente se sintieron acuciados por los alegatos de «que viene el lovox» de Sánchez, y movilizados por tanto para apoyar al PSOE? Según el recuento de votos, los alertados por el presidente del Gobierno son muy inferiores en número a quienes prefieren juzgar estrictamente a los socialistas por su gestión, con independencia de la impagable labor de dique de contención ideológica que ha asumido La Moncloa. Ya solo falta medir cuánto debe el crecimiento de Vox a la testarudez del líder socialista, porque la concentración obsesiva en la ultraderecha olvida que nunca llega solo por sus propios medios.
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