Corría el año de 1950, era el 8 del décimo mes, cuando la familia Luján Henríquez recibió expectante a dos de sus vástagos, que unos días más tarde al recibir las aguas bautismales, les impusieron los nombres de José Antonio e Isabel, aunque a esta última pronto se le trocaría por el más íntimo e infantil de Nene. Con el tiempo y ya en la escuela, Nene se convirtió en Lelé y así la hemos conocido hasta el día de hoy.
Los gemelos iban creciendo, haciendo notar en sus rostros y constitución la diferencia de sus sexos. El primero mostraba un rostro cada vez más varonil con rasgos muy definidos, tales como la ancha frente y bajo ella unas cejas altamente pobladas; los ojos profundos; la nariz ni corta ni larga pero rotunda; la boca contorneada por unos labios perfectamente perfilados y bajo éstos, una barbilla de la que se suele denominar de pera. En el futuro un prominente mostacho completará la imagen tan conocida de su faz.
De Artenara a Las Palmas de Gran Canaria y de allí a San Cristóbal de La Laguna. Estudios primarios para permitirle hacer el ingreso en Bachillerato y después la consabida reválida, tras ésta una decisión que hoy nos sorprendería, pues a los jóvenes de entonces se les hacía elegir entre seguir un Bachiller de Letras o de Ciencias. Es más que obvio que nuestro biografiado eligió la primera opción. Superado el quinto y sexto de los estudios medios de nuevo se enfrentó a la otra reválida, que superó con creces. Al decir de él mismo, José Antonio, a partir de ahora le llamaremos Pepe, «nunca me tuve por inteligente, pero he de confesar que listo y aplicado lo era y bastante». Y tras esta muestra de humildad terminaba con una sonora carcajada.
La facilidad natural para las Humanidades se hizo patente en su más tierna edad, cuando sorprendía a todos memorizando los ríos de España y sus afluentes, los cabos y golfos, las cordilleras, los picos más elevados, las comarcas naturales de las distintas regiones y las provincias que las formaban. De Europa y del mundo daba muestras de saber otro tanto y no dejaba de llamar la atención su creciente gusto por las más variadas lecturas, lo que sin duda le abrió las puertas del saber en el más absoluto de los sentidos. Siendo un mozalbete se sintió atraído por los estudios de Arquitectura, pero al pasar el tiempo esa fiebre fue menguando.
Concluida la Enseñanzas Media ingresa en su muy querida Universidad de San Fernando de San Cristóbal de La Laguna, en donde de nuevo se esmeró en su búsqueda constante de la excelencia académica. El Colegio Mayor de San Agustín que tenía por residencia; el homólogo de San Fernando y sus constantes actividades culturales, junto al Ateneo de La Laguna y el Centro de Estudios Canarios, completaron la intelectualidad iniciada tras superar notoriamente las asignaturas de la carrera de Filosofía y Letras, en la rama de Lengua y Literatura Española (Románicas).
Desde muy joven, buscó con ahínco momentos de aislamiento y no por huraño, pues era hombre que vivía por y para sus amigos, conocidos, vecinos y, me atrevería a decir, para el resto de la humanidad. En esos instantes de encuentro intimista gustaba de reflexionar sobre hechos y personas a la manera unamuniana, pues sin duda alguna fue don Miguel de Unamuno, el vasco castellanizado, uno de sus faros intelectuales, que lo guiaría a los diferentes puertos literarios y filosóficos.
Diseñó la bandera de Artenara y acercó hasta allí a artistas como Luis Arencibia y Máximo Riol
Amor por Artenara
De su progenitor aprendió, entre otras muchas cosas, a amar la patria chica Artenara. También a las mediadas patrias: Gran Canaria y las demás islas conformantes de nuestro archipiélago, pero por encima de todo a la patria grande, España. Lo hispano, en su ser, lo envolvía todo. Orgulloso sin igual de su herencia cumbrera, trabajó denodadamente por dejar constancia escrita de paisajes y paisanajes de la isla que le viera nacer. Si Artenara y la cuenca de Tejeda con sus profundos y abismales barrancos, junto a los inhiestos riscales, crearon en su mente parajes lunares, éstos no solo eran físicamente sobrecogedores, sino que además le permitían un arrobamiento cuasi místico para su alma inmortal. Estos sus lares, tan cambiantes, se prestaban a las más diversas observaciones que únicamente Luján supo explicar, guiándonos por su exquisita prosa lírica, que igual describía la neblina o bruma lamiendo las laderas montañosas, que los tenues rayos solares que partiendo del Occidente Atlántico se filtraban a través de los resquicios lávicos, a los que otro grande, Néstor Álamo, cantara como: ¡Riscales los de mi tierra!
No hay lugar de Gran Canaria que no fuera motivo de observación, estudio y exaltación literaria por parte de nuestro biografiado. Las Palmas de Gran Canaria robó parte de su corazón. Así su cotidiano deambular por las calles de los barrios de Triana y Vegueta no era un simple entretenimiento, sino una comunión espiritual con el ayer, el hoy y el mañana. Por eso no ha de extrañarnos que en estos últimos años de vida, cuan caballero andante, blandía su pluma como El Cid su tizona y luchara denodadamente por recuperar el alma de su ciudad de adopción: el cauce del Guiniguada. Sus intervenciones públicas y privadas en pro de una urbe más humana y por tanto más habitable le hicieron acreedor de las más altas consideraciones. En este mismo orden de cosas están sus diez Paseos por Triana, obras de indudable encanto, en donde se hace acompañar de amigos intelectuales que, con pasos firmes y decididos, caminan por la verdadera aorta laspalmense, como bien la definió en su canto a la ciudad el poeta Tomás Morales.
La grandeza de su espíritu, daditativo por demás, no le permitía dar un no por respuesta. Siempre atento a colaborar con personas, asociaciones e instituciones, lo mismo hacía las veces de redactor de una revista vecinal como aconsejaba a la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, a través del Vicerrectorado de Cultura y Deportes, que tan notablemente dirigía su hermana Isabel. Su contribución al Patrimonio Cultural de la isla se vio reflejada en la Escuela de Arte Luján Pérez, en donde no solo dio ilustradas conferencias, sino que organizó alguna que otra exposición. Así como en sus constantes intervenciones en la Comisión de Patrimonio Cultural del Cabildo de Gran Canaria, de la que formó parte tanto a nivel personal como representante del resto de los cronistas oficiales de la isla.
El periodismo le atrajo y le atrapó. Asiduo lector a los rotativos, mantuvo un romance cómplice con La Provincia-Diario de Las Palmas, donde publicó numerosas crónicas. Cediendo jamás al oportunismo vergonzante de opiniones pesebristas, sino muy al contrario, manteniéndose firme y coherente en el manejo de la palabra como experto timonel.
Artenara, su pueblo natal, le debe entre otras muchas acciones el acercamiento de grandes artistas como Luis Arencibia Betancor y Máximo Riol Cimas. También el haber sido el diseñador de su bandera oficial, en la que dejó definidas las imágenes que evocan el pasado y presente del municipio.
En muchas y muy variadas ocasiones, ya en su casa-cueva de Artenara, en entrañables paseos por las tortuosas y empedradas calles de mi Barrio de San Francisco de Telde o en los augustos salones de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Gran Canaria, conversábamos sobre lo divino y lo humano, aterrizando forzosamente sobre el valor de la crónica y los cronistas que él definía muy certeramente como notarios de la contemporaneidad. Dejar por escrito lo ocurrido en nuestro tiempo y también en el pasado más o menos lejano era la cuidada liturgia a la que debíamos consagrar nuestro vocacional sacerdocio. Hombre de inagotable laboriosidad, supo unir una más que prolija producción literaria a la rigurosidad estilística, en donde se denota su gusto por la precisión a la hora de aplicar las normas lingüísticas debidas. Siempre al día de las enseñanzas de la Real Academia de la Lengua, sin menoscabo de su particular exaltación a modismos y localismos del por otros tan denostado dialecto canario.
En un artículo de estas obligadas dimensiones, nos llena de congoja no poder hacer un justo análisis de su obra literaria. Ni siquiera de la infinidad de sus acciones culturales, destacando aquí solo dos de ellas: la cofundación de la Asociación Junta de Cronistas Oficiales de Canarias y la Ruta de Unamuno. En la primera quiso dar razón de ser a la existencia del antiguo oficio del cronista oficial, título que por honorifico y vitalicio, no pocas veces es denostado y, otras tantas valorado y hasta aplaudido. Dotó estatutariamente de diversos elementos de concordia, superando así los tan cacareados y políticamente siempre interesados divisionismos. En nuestra revista Crónicas de Canarias se da fe de lo dicho.
Influencia de Unamuno
En la segunda, su visión global e imperecedera de lo hispano con clara influencia del propio Unamuno, vio la posibilidad de que los alumnos de diferentes lugares de la geografía española realizaran una especie de peregrinaje cultural a Gran Canaria y, desde su capital, ascendieran hasta el lugar mismo en donde don Miguel expresó su grata e intensa sorpresa, diciendo aquello de que sus ojos no veían sólo montañas, sino «una tempestad petrificada». La lengua y la literatura se convertirían así, una y otra vez, en vehículos de civismo y concordia. Éstos fueron entre otros los aciertos intelectuales de nuestro querido y, no siempre bien ponderado, amigo y compañero José Antonio Luján Henríquez.
Una vida laboral entregada por entero a la enseñanza, primeramente en Teror y en Guía, para después ejercer como catedrático en el Instituto Pérez Galdós de la capital grancanaria, le granjeó la admiración y respeto de sus numerosos alumnos, de los que él se sentía tan orgulloso.
Hombre de principios inamovibles heredados sin duda alguna de sus progenitores, no era nada dogmático, pues siempre imperó en su carácter la sociabilidad, cuya arma principal era la palabra certera, precisa y el contacto físico a través de la afectividad extrema de sus saludos. Todo ello bien aderezado por una amplia y más que sincera sonrisa, divisa de sus sentimientos más íntimos y cabales.
Más pronto que tarde, todos nos volveremos a encontrar. Entre sus confesiones más íntimas está su fiel creencia en las palabras de su Salvador, Jesucristo. La Resurrección no era una entelequia ni un caramelo para engañar gustos infantiles, era un hecho asumido y casi constatable gracias a la fe, por eso sé que su espíritu ya revolotea entre los alisios, besando una y otra vez la tierra de sus ancestros, Artenara, y en un ascenso vertiginoso llegar con premura a ser uno con el Uno.
¡Hasta entonces, querido, admirado y nunca olvidado Luján!
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