En su tradicional charla anual con el periodista español Ignacio Ramonet, esta vez a bordo de un todoterreno que recorría las calles de Caracas, el presidente venezolano Nicolás Maduro habló sobre las amenazas vertidas por Donald Trump y la situación de su régimen tras los bombardeos estadounidenses a distintos barcos e instalaciones portuarias en los últimos meses.
Hay que reconocer que Maduro supo tocar las teclas adecuadas en su mensaje. Por un lado, aseguró que la acusación que pesa sobre él como líder del Cartel de los Soles es un invento estadounidense. «Como no pueden decir que tenemos armas de destrucción masiva, dicen que somos narcotraficantes… pero lo único que quieren es quedarse con nuestro petróleo».
Es un mensaje potente para el antiamericanismo global porque recuerda lo sucedido en Irak o al menos repite la teoría de la sospecha en torno a lo sucedido en Irak.
Por otro lado, la mera referencia al país árabe y la afirmación de que una invasión terrestre derivaría en «una guerra interminable» sin duda habrá tocado la fibra del movimiento America First.
Son muchos los afines que ven con malos ojos la intervención en el país caribeño. Consideran que, si se trata de una guerra, debería llevarse al Congreso para su aprobación… y, en cualquier caso, confían en que ahí se tumbara cualquier tipo de intervención, pues va en contra de todo lo prometido por Trump durante la campaña electoral.
Aquí es donde el ala más conservadora, encabezada por Marco Rubio, secretario de Estado y asesor de Seguridad Nacional, choca con la populista-nacionalista de un J.D. Vance o un Pete Hegseth, secretario de Defensa.
Rubio ve en el derrocamiento de Maduro una posibilidad de devolver la democracia a Latinoamérica y sumar un país más a la «internacional liberal» junto a Argentina, Chile o Brasil, si es que el hijo de Jair Bolsonaro consigue batir a Lula da Silva en las próximas elecciones.
Vance, Steve Bannon o Hegseth, obviamente, estarían encantados con tal eventualidad, pero se niegan a que se malgaste sangre estadounidense en el intento.
Para Maduro, cualquier acuerdo es bueno
Por eso, Maduro quiere llegar a un acuerdo con Trump como sea. Entiende que les beneficia a los dos: la cuestión venezolana no es tan importante en Estados Unidos como lo pudo ser la cubana en su momento.
Maduro ya ofreció buenos acuerdos comerciales a la Casa Blanca a cambio de que dejaran al régimen chavista en paz y ahora ofrece también una unión contra el narcotráfico, del que, según Maduro, su Gobierno es víctima y no cómplice. «Si quieren un acuerdo, estamos preparados», afirmó el líder chavista.

Donald Trump durante una rueda de prensa en la Casa Blanca el pasado 29 de diciembre.
Reuters
Por precaria que sea la situación del bolivarismo en Venezuela, con una oposición perseguida pero mayoritaria y reconocida en el exterior, más la citada amenaza estadounidense, Maduro sabe que tiene poderosos aliados: Rusia y China.
Venezuela es un importantísimo aliado estratégico para ambos países por su riqueza energética, su apoyo diplomático y su ofrecimiento de colaborar militarmente llegado el caso ofreciendo su territorio para bases de estos países.
Trump ya atacó a uno de los pocos socios de Rusia en el tablero geopolítico al acabar con buena parte del programa nuclear iraní… y prefirió mirar a otro lado cuando los rebeldes sirios derrocaron a Bachar al Asad, el mejor amigo de Vladímir Putin en Oriente Próximo y que vive exiliado actualmente en Moscú.
¿Se atreverá, en plenas negociaciones por Ucrania, a poner otro palo en su rueda diplomática? ¿No le sería más conveniente llegar a buenos acuerdos comerciales, imponer algún tipo de freno a la inmigración y evitar un enfrentamiento directo, como ya hizo en su primer mandato? Maduro está convencido de que sí.
Las opciones de futuro de Venezuela
Con todo, la imprevisibilidad de Trump juega contra todo intento de cálculo lógico. Sabemos que está bombardeando barcos con supuestas cargas de droga —el último, el pasado martes—, que ha atacado puertos e instalaciones terrestres, aunque los daños exactos se desconozcan, y que llegó a afirmar que «el tiempo de Maduro pertenece al pasado».
Todo esto parece apuntar en una misma dirección, pero el gran ataque que todo el mundo espera para derrocar al chavismo sigue sin llegar.
Puede que Trump recurra a la CIA y organice algún tipo de operación encubierta para echar a Maduro de Miraflores y colocar a un líder opositor, previsiblemente a María Corina Machado o a Edmundo González Urrutia, en su lugar… pero, de alguna manera, eso «mancharía» la legitimidad del nuevo gobierno.
También se puede negociar algún tipo de inmunidad, de manera que Maduro convoque elecciones y reconozca por fin su derrota a cambio de mantener su inmensa fortuna y poder marcharse a un retiro dorado en Colombia o la propia Rusia.
La última opción, por supuesto, sería que dicha convocatoria electoral fuera seguida del compromiso de Maduro de no presentarse a la reelección, para no tener ni siquiera que asumir en primera persona el final de 27 años de chavismo.
En manos de Trump y del empeño que ponga Putin en defender a su aliado está el futuro de Venezuela, que, por las buenas o por las malas, parece que pronto pertenecerá a la oposición.












