Hace a penas tres semanas, el presidente venezolano, Nicolás Maduro, respondía a la escalada de tensión con Estados Unidos con canciones y proclamas en inglés. A ritmo de ‘Imagine’ de John Lennon y cantando «No worry, be happy. No war, yes peace», el líder venezolano quitaba hierro a las amenazas de la administración del presidente, Donald Trump, que este sábado han culminado con bombardeos del Ejército estadounidense en Caracas y la captura de Nicolás Maduro y su mujer, Cilia Flores.
Maduro, un líder de carácter peculiar y con un tono históricamente confrontativo con Estados Unidos y el ‘imperialismo yankee’ , ha construido durante más de una década el régimen que tomó el relevo de Hugo Chávez. Marcado por irregularidades electorales, una creciente militarización del poder y una dura represión de la oposición, el régimen venezolano se ha ido aislando progresivamente del resto del mundo. En política interna, Maduro ha afrontado sanciones internacionales, la peor crisis económica de la historia del país, el desplome de su industria petrolera y periodos prolongados de escasez de alimentos y medicamentos.
La figura de Maduro se perfila como la de un político camaleónico. Subestimado en sus inicios tanto por aliados como por la oposición, y escudado durante años en la sorna ante las cámaras, el presidente venezolano ha logrado mantenerse en el poder durante doce años, esquivando crisis económicas, acusaciones de corrupción y denuncias por violaciones de derechos humanos.
Militancia y ascenso político
Hijo de un economista de izquierdas, fundador del Movimiento Electoral del Pueblo y militante de la Liga Socialista, y una ama de casa nacida en Colombia, Maduro creció junto a sus tres hermanas mayores en Caracas. El primer contacto de Maduro con la política se remonta a su época de estudiante, cuando se unió a la asociación de estudiantes en su escuela de secundaria, de donde fue expulsado por organizar una movilización estudiantil. Tras acabar su etapa en la secundaria, Maduro se dedicó a trabajar como conductor de autobuses y se convirtió en representante sindical de los trabajadores de metro de Caracas, una fase a la que el líder venezolano ha hecho referencia en repetidas ocasiones.
En paralelo, Maduro se vinculó con el MBR-200, el ala civil del movimiento de Chávez, y se convirtió en activista por la liberación de ‘El Comandante’, que por aquel entonces se encontraba en prisión por haber liderado el fallido golpe de Estado de 1992 contra Carlos Andrés Pérez. Su activismo político lo acercó a los círculos más próximos a Chávez, quien llegó al poder en 1998 tras postularse a la Presidencia de Venezuela a través del Movimiento Quinta República, un partido en cuya creación Maduro participó activamente.
Con Chávez en el poder, la carrera de política de Maduro se propulsó y pasó en pocos años de activista a redactor de la nueva constitución venezolana, diputado de la Asamblea Nacional y presidente de la misma institución. En 2006 el salto fue mayor y Maduro pasó a ser Canciller de Venezuela, encargado de la diplomacia del país y responsable de estrechar lazos con Irán, China, Libia e incluso mediador entre las FARC y el gobierno colombiano. En 2012, después de la reelección de Chávez, Maduro asumió la vicepresidencia de Venezuela y el deterioro de la salud de Chávez aceleró su ascenso al poder. Chávez finalmente le cedió el relevo del régimen en su último discurso como presidente en 2013.
La Venezuela de Maduro
El aislamiento de Venezuela frente al mundo refleja también la reclusión política de Maduro como líder. El país se ha consolidado como un régimen autocrático, en el que toda decisión pasa, en última instancia, por las manos del presidente, pese a haber construido una cúpula de leales. En ella destacan Diosdado Cabello como número dos del régimen, Jorge Rodríguez, su principal operador político, la vicepresidenta Delcy Rodríguez y Cilia Flores, primera dama.
El mandato de Maduro ha estado marcado por el colapso económico, las sanciones internacionales y una deriva autoritaria que ha estrechado el espacio político. Además, tras la victoria opositora en las legislativas de 2015, Maduro intensificó la represión, ilegalizó partidos y candidatos opositores, y neutralizó al Parlamento. Un año después, impulsó una Asamblea Constituyente, alineada con sus intereses, que asumió las funciones de la institución donde las fuerzas opositoras se habían abierto paso, en un proceso duramente cuestionado.
La sombra de las irregularidades electorales persistió en Venezuela tras la reelección de Maduro en 2018. El proceso fue tachado de opaco y agravó la crisis del régimen de Maduro, cuyos cimientos se debilitaron con la autoproclamación de Juan Guaidó como presidente interino, respaldado por varios países, Estados Unidos entre ellos. Pese al aislamiento, el mandatario conservó el apoyo del Ejército y de aliados como Rusia, China e Irán.
La tensión volvió a escalar en el último proceso electoral, marcado por la inhabilitación de María Corina Machado y la candidatura alternativa de Edmundo González Urrutia, en un clima de detenciones de opositores y represión de las protestas. Sin embargo, ha sido la intervención de Estados Unidos la que ha asestado el golpe más contundente al régimen de Maduro, que ha culminado con su captura y con bombardeos sobre Caracas. El presidente estadounidense, Donald Trump, ha definido la operación como «un ataque a gran escala contra Venezuela y su líder, el presidente Nicolás Maduro, quien ha sido capturado junto a su esposa y trasladado fuera del país».
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