Inaugura un nuevo año este enero, el del 2026. No todas las religiones fijan el 31 de diciembre como fin ni ven enero como principio. Sin embargo, el que eso hace es el calendario con más consenso; el más seguido. Tuvo su origen en Roma, en época de Julio César. Luego los desajustes se corrigieron, con acierto en 1582, bajo los auspicios del Papa Gregorio XIII. Trabajaron muchos científicos para conseguir la estabilidad en el cómputo cronológico. Es el más estable de los existentes, pues solo falla un día cada 3.000 años, ajustado a la relación Tierra-Sol. Su extensión y aceptación fue imparable. El mundo se occidentalizó y este anuario se universalizó. El «calendario gregoriano» conquistó en el siglo XX Turquía en 1917, Grecia y los ortodoxos en 1923 o la Unión Soviética en 1940.
Permanecen inicios cronológicos en rituales religiosos o étnicos diversos. Todos comparten la afición por números míticos y por la Luna y el Sol. La necesidad de controlar el tiempo fue muy antigua. En China desde el 2.637 antes de nuestra era y ha conocido múltiples revisiones; su año 2026 se iniciará mediado febrero dedicado al Caballo de Fuego. Los mayas, que contabilizaban años de 365 días, establecieron ciclos históricos de 5.130 años vaticinando fines del mundo. Los judíos, siguiendo la cronología bíblica, dieron el 3.761 a.C. como inicio vital, «Annus Mundi». Los hindúes, siguiendo los libros del Rig-Veda, se organizaron 2.000 años antes de nuestra era con la Luna como guía. Los budistas toman como referencia la muerte de Buda hacia el siglo V a.C. Los musulmanes tienen la suya en la Hégira, el viaje de Mahoma de La Meca a Medina en el año 622 con división lunar….
A efectos económicos, de trabajo, negocios, relaciones internacionales y de vida corriente, el «gregoriano» es la señal más seguida. Inmersos en esa tradición concluimos que ya pasó un año más. Cerramos la puerta al viejo y abrimos la de otro nuevo del que esperamos siempre algo mejor. Hacemos propósitos novedosos o retomamos los incumplidos. Y sabemos que cualquiera que sea el calendario, la percepción del paso del tiempo tan reglado difiere según la edad. Cuando niños queremos acelerarlo para parecernos a nuestros hermanos mayores, a la vecina guapa o al atleta del quinto. Cuando jóvenes deseamos emanciparnos de la tutela familiar, algo siempre comprometido, ahora casi imposible. Luego llega como una edad de oro en la que con suerte encontramos un trabajo que nos permite vivir, tener casa propia y hasta casarnos y pensar en nuestra propia familia para continuar inexorablemente la «rueda de la vida». Esa edad de estabilidad entorno a los treinta y tantos está ahora tremendamente comprometida, acosados los jóvenes adultos por unos sueldos que, salvando excepciones, son de miseria y con frecuencia afrontando un casi obligado exilio económico. Tal parece que lo del «casado casa quiere» es cosa del pasado. Así la generación más preparada de la historia se pierde unos años para un país envejecido y necesitado de savia nueva. Eso sí, la malentendida «bonhomía» propone cuidar a los «desfavorecidos» con una vida subvencionada que coarta, según estudios diversos, el empuje del trabajo activo o las ganas de mejorar y competir. Se incentiva el conformismo de café aguado para todos como reclamo del apoyo político. Adultos infantilizados. Y de paso, viejos adormecidos, enrolados en un «envejecimiento activo» que menosprecia el conocimiento acumulado, segregados en guetos donde se ordena «el disfrute después de una vida de trabajo» para que la experiencia no perturbe, aunque más de una vez buena falta haría tenerla en cuenta. Tal parece que tener contentos a todos sin que piensen mucho es la dinámica impuesta, muy vieja por cierto y extendida sobremanera en tiempos de convulsión e ineficacia.
Pero Enero es Jano, un dios poderoso. Era costumbre festejarlo, casi como nosotros, con reuniones, dulces y «strenae» (aguinaldos). No desesperemos, pues cada año el divino Jano, el bifronte que mira al pasado del año que se fue y al futuro del que empieza, nos trae pronósticos benéficos; porque las puertas se cierran, pero también se abren. Ianus, dios omnipresente, profetizaba buen porvenir en las empresas que se emprendían, como esas que anotamos en el calendario nuevo o en las agendas donde desgranamos los objetivos del año que debuta. Por eso, Ianus o Jano, el más viejo y constante en la Historia de Roma, dio nombre al mes inicial del año, decidido así por el organizador Julio César. Y en múltiples lenguas se queda huella de ese origen: es janvier para la francesa, janeiro para la portuguesa, gennaio para la italiana, januar para la alemana o january para la inglesa. Si Jano permitía a los mortales comunicarse con los dioses o si sus puertas permanecían abiertas hasta finalizar un conflicto, nuestro Enero, que trae a los Reyes Magos con su magia de planes sin estrenar, abrirá las puertas tal vez a un mundo con menos incumplimientos, menos división, menos muros y más comprensión. Que el sabio Jano elija de los deseos de cada uno los mejores y que nosotros borremos lo que se deba, pues como escribía el gran Borges sobre el dios:
«Mis dos caras divisan el pasado // y el porvenir. Los veo y son iguales // los hierros, las discordias y los males». n
[Publio Ovidio Nasón. Fastos. Madrid: Gredos. Colección Biblioteca Clásica Gredos/ RBA, 2016]
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