A los maestros se nos ha formado poco o nada en las cosas del sentir a pesar de que nuestro oficio es puro sentimiento. Vivimos rodeados de miedos, celos, rabias y cariños. Los de los niños y los nuestros, que se despiertan, inevitablemente, en la relación con ellos. Todo lo referente a lo afectivo se transita a tientas, desde la experiencia y la intuición de cada maestro. Pero no es suficiente.
El «piso de abajo» afectivo genera dudas en el día a día de la escuela. Dudas que han de ser resueltas a veces en un momento, sin consultar con los compañeros, con los libros o con nuestros pensamientos. Dudas que tienen que ver con lo relativo a la singularidad de cada niño, a una intervención más saludable, a comprenderlos. Dudas que con frecuencia nos hacen sentir inseguridad, fracaso, soledad, y que pueden producir un gran desgaste.
En nuestra formación no ha habido sitio para profundizar en el proceso evolutivo de los niños, ni en sus aconteceres afectivos. Por eso nos dedicamos a los números y las letras, a las matemáticas y al inglés. O sea, puramente a instruir. Educar es otra cosa. Pasa por los vínculos, por los afectos. Por suerte, últimamente han empezado a abrirse caminos y conciencias que incluyen la reflexión sobre lo emocional.
Otra ausencia notoria en nuestra formación ha sido estudiar a fondo el aspecto grupal que conlleva nuestro oficio. Resulta que en la escuela vivimos en grupo: el de niños, el de maestros, el de familias. Y los avatares que se generan son muchos y movilizadores. ¿Cómo encararlos con la sensibilidad suficiente? ¿Cómo intervenir con un niño que mantiene una posición de liderazgo tiránico con sus compañeros? ¿Qué hacer cuando una niña dice que sus amigas la «dejan de lado»? ¿Cómo conseguir que una relación simbiótica entre dos niños o niñas se abra a los demás? ¿Y si al grupo que nos ha tocado le cuesta aceptar las normas? ¿Será conveniente explicar estas dificultades a las familias, o bien solventarlas en el ámbito de la clase? ¿Aceptamos que haya liderazgos en nuestras clases o intentamos acallarlos? …
A los maestros se nos ha formado poco o nada en las cosas del sentir pese a que nuestro oficio es puro sentimiento
Tenemos que decidirnos a encarar todos estos temas emocionales si es que queremos lograr la mayor salud y bienestar posibles en nuestras aulas. Un niño aprende si se siente querido. Por el maestro, por los compañeros y, por supuesto, por su familia. Pero las cosas del querer son complejas y tienen su propio lenguaje, que sería preciso conocer mejor. Necesitamos profundizar.
Sería bueno iniciar el proyecto de ahondar sobre las peripecias afectivas y grupales en el mundo de la educación. Porque el «uno a uno» es importante, pero el «nosotros» también. Somos seres sociales, somos tribu, somos con otros.
Aquí van dos momentos de mis diarios de clase que pueden animarnos a ello.
Momento 1
Estábamos trabajando acerca del tema de la selva y se suscitó esta conversación en el grupo:
—¿Por qué unos animales comen carne y otros hierba?
—Porque nacen así.
—No, es porque los que comen carne son malos.
—Pero tienen hambre y si no comen, se mueren, la carne es su «elemento».
—¿Y si no tienen hambre?
—Ellos siempre comen por si no encuentran después comida. (Maestra)
—Los animales más fuertes sí que hacen lo que quieren.
—Y al más fuerte de la selva lo eligen rey, como el Rey León.
—En el libro que yo traje pone que hay una ley que se llama «la ley del más fuerte». Por eso los animales grandes se comen a los que son más pequeños que ellos.
—¿Y las personas, hacemos lo mismo? (Maestra).
—No, ¡eso no está bien! ¡No tienen derecho! Y si lo hacen serían como los animales de la selva, ¡unos salvajes!
—Es que los animales piensan poco, tendrán sólo medio cerebro.
—¿Pero en qué piensan los animales?
—En la comida, en el agua, en buscar novia… (Maestra).
—Mi papá lo que quiere es que yo sea una buena persona.
—¿Y cómo vas a conseguirlo? (Maestra).
—Hablando, porque si hablas no tienes que pegar.
—Pues ya lo sabéis, en las personas no tiene por qué funcionar la ley del más fuerte. Podemos hablar sin necesidad de atacarnos. (Maestra).
—Qué bien, se lo voy a decir a mi hermano que no lo sabe y siempre me está pegando.
Escena 2
Hace unos días que en mi clase se respira un ambiente excitado, escandaloso, inquieto. Ayer entraron triunfantes unas cuantas niñas, diciendo: «¡Somos de la patrulla!»
—Sí, ¡ahora somos de la patrulla todos, los chicos y las chicas! (Mariana)
—Yo creo que ellos nos han dejado entrar para podernos mandar. (María).
—No, que mandamos Javi y yo. (Alba).
—¿Por qué vosotros? (Maestra).
—Porque sí, pero dejamos mandar a Óscar, a Rubén, a Joel y a Manuel, que hace tiempo que querían y no podían. (Javi).
—Uy, que lío, ¿y entonces cómo se sabe el que tiene que mandar? (Maestra).
—Manda el que corre más. (Javi).
—¡Ah!, pues entonces será Clara. (Maestra).
—Podíamos mandar cada día uno o el que inventa el juego. (Ada).
—Podríamos hacer un dibujo en un papel grande en el que estemos todos. (María).
El «mural-retrato» ha resultado precioso. Unos se han dibujado grandes, otros pequeños, algunos «decorados», otros sin adornos, varias niñas se han puesto lazos… Refleja muy bien el momento tan socializante que viven, las diferencias entre ellos, el deseo de mandar, los papeles diversos en la dinámica grupal…
Y si a esa «foto» se le añade una instantánea de esta misma tarde, en la que se ve a Alba (que nunca se ha mostrado tan inclinada al mando), colorada y fiera arrinconando todos los rodillos que tenían para jugar, mientras mantenía a raya al personal con sus gestos decididos y sus gritos contundentes, nos podemos hacer una idea de la temperatura grupal de tanteo y experimentación que se está viviendo en «la patrulla» estos días.
Javi, que manda con un estilo más sereno, ha venido a avisarme: «Corre, ven, que Alba se ha echado a mandar!».
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