Recientemente la revista ‘Science’ ha publicado un artículo a partir de un estudio realizado por Arne Güllich y colaboradores sobre el rendimiento que incluyó el análisis de 34.000 figuras entre las que había premios Nobel, reconocidos compositores de música clásica, campeones olímpicos o ajedrecistas de primer nivel. El artículo titulado ‘Descubrimientos recientes sobre la adquisición de los más altos niveles de rendimiento humano’ en el que se demuestra que la especialización temprana es una trampa.
El artículo analiza un fenómeno bien conocido pero poco comprendido: la relación negativa que a veces existe entre el rendimiento temprano y el rendimiento en la edad adulta, especialmente en contextos de alto rendimiento, como el deporte, la educación o el desempeño profesional. El trabajo estudia por qué destacar muy pronto no garantiza —e incluso puede perjudicar— el éxito posterior, y por qué muchos individuos que no sobresalen en etapas tempranas acaban alcanzando mejores resultados en la madurez. El éxito temprano no es un buen indicador de la grandeza a largo plazo. Incluso podría ser una señal negativa. Y se advierte que estresarse y querer ser el mejor de niño suele empeorar la vida adulta.
Talentos precoces y talentos tardíos
El estudio parte de una paradoja. Intuitivamente, se tiende a pensar que quien rinde mejor de joven tendrá más éxito en el futuro. Sin embargo, numerosos estudios muestran correlaciones negativas entre el rendimiento temprano y el rendimiento adulto. Y posteriormente se pregunta ¿Por qué algunos ‘talentos precoces’ no mantienen su ventaja? ¿Por qué individuos mediocres o discretos en etapas iniciales terminan superando a quienes destacaban antes? Existe una tendencia a sobrevalorar el rendimiento inicial y a subestimar el desarrollo a largo plazo. Sin embargo, la realidad demuestra que en los niveles más altos de rendimiento, la ventaja temprana rara vez se mantiene a largo plazo.
Para explicar este fenómeno hay que acudir a la detección de talento. Se han desarrollado unos procesos de selección y exclusión del talento en edades muy tempranas que tienden a favorecer a quienes maduran antes (física, cognitiva o emocionalmente) y a excluir a individuos con mayor potencial, pero desarrollo más tardío. Esto termina generando una distorsión artificial del talento. Se prioriza el rendimiento al potencial y se confunde ser el mejor a los 11 años con ser el mejor durante los mejores años. Ahí aparece el fenómeno de la especialización a una edad temprana para exigir al niño para que domine su deporte, juego, instrumento o actividad. Pero eso termina con un resultado que se repite recurrentemente: el niño se estanca, se agota y nunca alcanza su potencial. Llega a lo que se denomina ‘burnout‘.
El verdadero camino hacia la excelencia deportiva, musical o intelectual implica ser un niño completo para luego especializarse más adelante. Un patrón que se advertía en numerosos casos del deporte en el que niños que destacaban en etapas previas desaparecían luego. Pero este estudio demuestra que esto ocurre incluso en dominios más especializados como la música, las matemáticas o el ajedrez. El estudio demuestra que «si se busca el mejor rendimiento escolar, se debe impulsar su especialización y la máxima disciplina desde una edad muy temprana. Pero si se desea criar al joven adulto más productivo, se debe animar a explorar, a no tomarse nada demasiado en serio y a jugar». No hay que presionar a los niños a edades tempranas buscando resultados grandiosos. Está bien enfatizar en un deporte o actividad en particular que se ajusta a sus capacidades, pero no convertirlo en su única disciplina. Eso será contraproducente. Hay que ser paciente en el desarrollo del individuo.
La tenista Jennifer Capriati, con 13 años calentando antes de un partido / ATP
«Un mayor rendimiento temprano se asocia con una mayor cantidad de práctica específica de la disciplina, una menor cantidad de práctica multidisciplinaria temprana y un progreso más rápido en el rendimiento específico temprano. Por contra, en los niveles altos de rendimiento en adultos, un rendimiento de clase mundial en un dominio se asocia con una menor cantidad de práctica específica de la disciplina, una mayor cantidad de práctica multidisciplinaria temprana y un progreso más gradual en el rendimiento específico temprano de la disciplina. No puedes saber en qué eres mejor si solo pruebas una cosa». La especialización debería ser una conclusión a la que se llega tras probar muchas disciplinas y no un punto de partida desde el que buscar un resultado.
Redefinir el talento
Los individuos que destacan temprano dependen más de su talento inicial que del esfuerzo y suelen volverse complacientes. Mientras que los niños que no destacan suelen desarrollar mayor resiliencia y capacidad de aprendizaje, además de aprender a competir en desventaja, lo que fortalece su rendimiento futuro. Los desarrollos más tardíos, fomentan la adaptabilidad, el aprendizaje profundo y la competencia estratégica. Hay un punto necesario en todo este proceso que «es redefinir lo que significa el talento». El talento no es el desempeño de un niño que a corta edad se mueve como un adulto. El talento está en aquel que es curioso, explora y construye involuntariamente una base amplia y firme. Confundir precocidad temprana con potencial a largo plazo te lleva por el camino equivocado.
Además, cuando un niño destaca porque es un «talento precoz» o lo que popular se conoce como ‘un niño prodigio’ suelen recibir mayor presión de padres y entrenadores, a lo que se suma una mayor carga de entrenamiento. Esto aumenta el riesgo del abandono temprano de la disciplina y de fatiga psicológica. Por eso se advierte que «los padres, entrenadores y educadores no deben confundir rendimiento actual con potencial real, deben valorar la progresión y no el resultado y proteger a los talentos precoces del exceso de presión». Hay que animar a los niños a probar diversas actividades y desarrollar una mentalidad integral. Dejar que exploren y se diviertan.
Hoy en día muchos padres tratan a sus hijos como si hubieran ganado la lotería del talento. Sin embargo, las investigaciones confirman que la forma en que juegas a los 10 años tiene poco que ver con lo bueno que serás a los 20. Uno no debe preocuparse si su hijo no es el mejor de la clase, la clave es animarlo a explorar disciplinas. Aislarlos del cortoplacismo del resultadismo y alentar su curiosidad y la motivación que le lleva a hacer las cosas por pura diversión. Los «niños prodigios» llenan las vitrinas de trofeos que luego se llenan de polvo y terminan mirando con recelo porque les robaron la niñez.
En la investigación se infiere que “el desarrollo del rendimiento no es lineal y que está influido por factores contextuales, sociales y psicológicos» y que «el éxito tiene una trayectoria irregular, cambiante y dependiente del entorno». Para acabar concluyendo que «el rendimiento temprano no solo no garantiza el éxito adulto, sino que en muchos contextos puede asociarse negativamente con él».
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