En Galicia, el trabajo doméstico y de cuidados sigue siendo un engranaje esencial para sostener la vida y el hogar de muchas familias. Quienes lo realizan, sobre todo en el sector privado, son en su mayoría mujeres migrantes que describen una realidad en muchas ocasiones escondida para el conjunto de la sociedad. Así lo revela el último informe de SOS Racismo, que sostiene que el sector está atravesado por el racismo cotidiano, la violencia simbólica y, no en pocos casos, por el abuso. No son percepciones aisladas: el estudio concluye que, a nivel estatal, una de cada dos trabajadoras del hogar extranjeras afirma haber sufrido discriminación racial. El porcentaje se eleva todavía más si quienes hablan son las técnicas de inserción laboral que ayudan a estas mujeres a encontrar trabajo: el 85% de ellas reconoce conocer incidentes racistas en el ámbito del trabajo en el hogar.
«No quiero gente extranjera trabajando conmigo». Esta fue la respuesta que, sin ambages, recibió una empleada de 40 años y origen hondureño que lleva ocho residiendo en la comunidad en una entrevista de trabajo. Esta mujer, que hasta el momento no ha logrado escapar de la economía sumergida, limpia y realiza tareas del hogar en diferentes viviendas, sin ningún tipo de contrato. En su opinión, los estereotipos existentes alrededor de la población foránea suponen un importante freno para su empleabilidad. «Nos cuesta conseguir trabajo porque es como si no lográsemos inspirar confianza«, apunta. Una situación que confirman otras trabajadoras.
Más allá de esta realidad que refleja el racismo, explícito o implícito, presente en la sociedad, las mujeres entrevistadas por SOS Racismo reflejan cómo su mera condición de género conlleva otra serie de prejuicios. «Pienso que aquí en España hay todavía una visión machista de la mujer. Como que es la encargada de limpiar, aunque no solo en ese ámbito, y como nosotras nos dedicamos a limpiar, pues nosotras todavía más arriba», apunta una mujer venezolana de 62 años, con siete de residencia en Galicia. Su testimonio ilustra una idea que atraviesa el informe: muchas de estas trabajadoras sienten que el empleo doméstico no se les reconoce como una opción laboral entre otras, sino como el único lugar social al que se las empuja y del que es difícil salir.
Precisamente, esa idea de que las mujeres migrantes «encajan» de manera natural en ocupaciones de bajo estatus social y económico, favorece la invisibilización de los obstáculos estructurales legales, administrativos y culturales que impiden su movilidad laboral y profesional. «En mi país soy odontóloga y aquí solo puedo limpiar baños», explica una trabajadora cubana de 51 años que lleva más de un lustro residiendo en la comunidad.
Acoso
El documento señala cómo esta doble condición, ser extranjera y mujer, marca profundamente la experiencia de estas trabajadoras. En las entrevistas realizadas por SOS Racismo con mujeres empleadas en Galicia se describen situaciones que reflejan la delicada situación que encaran a la hora de buscar trabajo: una mujer peruana de 25 años, que lleva ya cinco viviendo en la comunidad, relata que, al inscribirse en plataformas de empleo del hogar, empezó a recibir llamadas y mensajes que poco tenían que ver con la oferta de trabajo que había publicado. Explica que muchas de esas personas buscaban «otra cosa», aprovechando su necesidad de empleo, hasta el punto de que decidió eliminar sus anuncios para evitar seguir recibiendo este tipo de propuestas. «La mayoría de las publicaciones en webs como Milanuncios son malintencionados, para aprovecharse sexualmente de las mujeres migrantes«, añade.
Este tipo de acoso no se queda únicamente en las redes, sino que, en ocasiones, se extiende también entre las cuatro paredes del hogar en la que estas mujeres desarrollan su trabajo. Un 5% de las entrevistadas relata haber sufrido acoso sexual en el desempeño de sus funciones como trabajadora del hogar. «Un usuario pidió que se le ‘asearan’ los genitales de forma placentera para él, mientras expresaba gestos y movimientos análogos a la respuesta masculina clásica ante la masturbación», explica una trabajadora venezolana que lleva ocho años residiendo en la comunidad.
Coste emocional
Afrontar esta situación cuenta con un elevado precio emocional para estas trabajadoras. De hecho, más de la mitad de las mujeres encuestadas identifica problemas de salud mental como la principal consecuencia de las situaciones vividas en el trabajo.
En concreto, un 32,6% asegura haber sufrido «estrés emocional o ansiedad» y un 19,6% manifiesta haber tenido depresión u otros trastornos psicológicos.
El informe de SOS Racismo considera alarmante estos niveles, especialmente en un ámbito laboral marcado por largas jornadas y una carga afectiva intensa. Resalta que las trabajadoras internas, aisladas en el domicilio del empleador y sometidas a jornadas prácticamente continuas, son especialmente vulnerables a estas secuelas.
El estudio denuncia también el peso del racismo estructural e institucional en el sector. Señala que la ley de extranjería obliga a las migrantes ‘sin papeles’ a permanecer años en situación irregular, manteniéndolas en extrema vulnerabilidad. De hecho, el 26% de las entrevistadas percibe que su falta de documentación ha sido motivo de discriminación
. Estas barreras legales sitúan a las mujeres migrantes en una desventaja casi estructural frente a las trabajadoras nacionales, advierte el informe.
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