Julián Proenza, Guillermo Rodríguez-Navas, David Gessner, Francisco Pozo, Inés Álvarez y Daniel Bujosa son un grupo de amigos que se ha reunido por Navidad en un restaurante de Cala Gamba.
Van llegando poco a poco; primero Guillermo y después David. Se funden en un gran abrazo porque hace por lo menos 10 años que no se ven. Luego Daniel, que prácticamente acaba de aterrizar y al poco llega Francisco con su familia. Cuando la mesa ya está preparada, aparecen sonrientes Julián e Inés.
Entre platos, risas y recuerdos, la escena podría parecer una más de las muchas que se repiten en estas fechas. No sería nada extraordinario si no fuera porque todos ellos son mallorquines, cursaron sus estudios en la UIB y cuentan con un doctorado en informática o ciencias de la computación.
Varios de ellos viven en Suecia y uno en París. El encuentro empieza entonces a despertar curiosidad, aunque no es hasta conocer la relevancia de su trabajo cuando se comprende por qué esta comida merece algo más que una mención anecdótica.
Julián Proenza, hilo conductor
La trayectoria de estos investigadores tiene un amplio reconocimiento internacional, avalado por su participación en proyectos de investigación nacionales y globales, la publicación de numerosos trabajos científicos y el desarrollo de patentes, prototipos y herramientas de aplicación industrial, tanto desde la academia como desde la I+D corporativa. Especializados en el diseño y la verificación de sistemas ciber-físicos, su trabajo resulta esencial para sectores estratégicos como el transporte, la automoción o la energía. Todos ellos iniciaron su camino en la UIB, en una línea de investigación pionera impulsada por el profesor Julián Proenza, – «él es el origen de todo este intercambio académico», bromea Guillermo-, cuya labor docente e investigadora ha sido clave para consolidar y proyectar internacionalmente este ámbito. Proenza fue el primero en concretar su interés por los sistemas críticos en una tesis doctoral del departamento de Ciencias Matemáticas e informática (DMI).
Julián Proenza, Licenciado en Física y Doctor en Informática por la UIB. / B. Ramon
Algunos fueron a Suecia para hacer el Erasmus, otros la tesis, otros el postdoctorado. Algunos fueron alumnos primero y profesores después. «En Suecia, la colaboración entre la universidad y las empresas es muy activa y es fácil colocarse en grandes centros de investigación», explica Francisco que vive ahí con su mujer y su hijo desde hace 12 años. «Para que profesionales como nosotros tuviéramos futuro en España necesitaríamos mucha más industria». También nombra la dificultad para acceder a la vivienda que se vive actualmente en Mallorca: «Mi hermano se ha comprado una casa en Mallorca que ha costado el doble que la mía en Suecia».
Fuga de cerebros
«Podríamos decir que hay fuga de cerebros con línea directa Mallorca- Suecia. Para este país, la UIB es una gran proveedora de talento». Todos coinciden que lo que más echan de menos es la familia y la comida, sin embargo ninguno contempla la idea de volver. «Desde el principio en Suecia nos ofrecen sueldos mucho más altos y la posibilidad de viajar a muchos lugares, a través de intercambio entre universidades». Según Guillermo, la carrera de investigador en España avanza muy despacio, sin embargo en Suecia despega con fuerza desde el principio. «Qué gran error crear esta línea de Erasmus. ¡Menudo negocio!», ironiza Julián Proenza.
Inés estuvo casi diez años estudiando en la isla. Al terminar el doctorado siguió el mismo camino que sus compañeros y se marchó al país nórdico a hacer un postdoctorado, donde también decidió echar raíces. «La calidad de vida es mucho mejor ahí. Creo que ese es un gran problema de España: invierte mucho dinero en nuestra formación, pero luego no hay capacidad de retención».
También destaca el precio de la vivienda: «Nosotros ahí ganamos más que una familia de aquí, pero no podemos ni siquiera empezar a plantearnos volver, por mucho que quisiéramos».
«Nos ocurre algo que creo que comparte mucha gente de la isla y es esta sensación de que ya no es nuestra. Cuando venimos en verano no podemos acceder a nuestros lugares favoritos. Donde nosotros vivimos no tenemos esta sensación», añade.
Daniel, que está a punto de mudarse de Suecia a Dinamarca por trabajo, afirma que viene solo dos veces al año pero su profesión le permite quedarse un mes entero cada vez, «así que no me siento en absoluto desconectado». Su pareja bromea de lo mucho que añora las tapas y la fritura. También de las ganas que tienen ambos de quedarse definitivamente en un lugar, pero en ningún caso ese lugar es Mallorca.
El talento que se forma en la isla y se marcha al extranjero evidencia un sistema que funciona a medias y aunque hoy por hoy la situación socieconómica complique el regreso y la posibilidad de prosperar profesionalmente, todavía no hay nada como volver casa para pasar la Navidad.
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