¿Se puede estar triste en Navidad? Esta pregunta abre un debate profundo sobre el significado emocional de las fiestas. La Navidad, marcada por reuniones familiares y un supuesto bienestar obligado, se presenta socialmente como un periodo de alegría y celebración. Sin embargo, para muchas personas, estas fechas suponen un desafío emocional significativo, generando lo que los expertos denominan una «disonancia emocional»: una sensación de culpa persistente por no poder disfrutar como se espera.
La época navideña suele reactivar pérdidas recientes o no resueltas, que van desde fallecimientos hasta rupturas o separaciones. Además, factores como la ansiedad social, los trastornos alimentarios o la soledad no deseada pueden agravar el malestar emocional, generando desequilibrios poco reconocidos en este periodo del año. Con la sociedad preparándose para afrontar un nuevo final de diciembre, los profesionales de la psicología insisten en la necesidad de replantear la percepción emocional de estas fechas a nivel social.
Entre ellos, destaca la alicantina Candela Fernández, psicóloga sanitaria especializada en trastornos alimentarios y de la personalidad, y directora de Volare Psicología, un centro ubicado en el corazón de Alicante que ofrece acompañamiento profesional a niños, adolescentes y adultos. Según Fernández, la Navidad es una época en la que cada vez más personas deciden acudir a terapia, en busca de herramientas para afrontar las emociones intensas que esta temporada puede despertar.
La presión social de estar bien
«El malestar emocional se intensifica porque la sociedad nos impone la idea de que la Navidad debe ser necesariamente feliz. Cuando ello no ocurre, surge la culpa por no poder sostener esa apariencia de alegría», explica Fernández. Según su experiencia clínica, los casos de personas que experimentan ansiedad, tristeza o dificultades relacionales se incrementan durante la etapa navideña. «Se reprime lo que uno siente y esto actúa como un boomerang: la emoción desagradable se vuelve más intensa», añade.
Este fenómeno no se limita únicamente a quienes atraviesan duelos o rupturas recientes, sino que también afecta a quienes conviven con vulnerabilidades previas. «Incluso personas sin hechos traumáticos recientes pueden sentir que la Navidad no les suscita especial ilusión, y eso es completamente normal», subraya la psicóloga. «Existe la creencia de que todos debemos estar contentos, pero la realidad emocional no siempre coincide con esa expectativa».
Decoración navideña de una casa alicantina, en una imagen de archivo / INFORMACIÓN
A nivel psicológico, Fernández identifica dos situaciones especialmente sensibles y susceptibles de abordaje terapéutico: las personas que atraviesan un duelo reciente y aquellas con trastornos alimentarios. En el primer caso, la Navidad actúa como un amplificador de la ausencia. «Es el primer año sin esa persona: la primera cena, la primera mesa incompleta… todo se convierte en un recordatorio constante», advierte. Y añade: «No solo hablamos de duelo por fallecimiento, también de rupturas, separaciones o divorcios. Son primeras veces que resultan especialmente dolorosas».
A ello se suma el impacto de los trastornos alimentarios en una época en la que las comidas y cenas familiares adquieren un protagonismo social. «Para una persona con un trastorno alimentario, la dificultad o negativa a comer puede intensificar sentimientos de tristeza, ansiedad o aislamiento. Todo ello actúa como un amplificador del malestar emocional«, asegura la psicóloga, que no obstante matiza que estas emociones no siempre son indicio de un problema clínico. «Las emociones son normales y todas son válidas», afirma. Sin embargo, distingue entre tristeza temporal y malestar persistente: «Si esa emoción se mantiene en el tiempo y genera interferencias en la vida diaria, entonces es momento de considerar ayuda profesional», subraya.

La psicóloga Candela Fernández, en una imagen cedida / INFORMACIÓN
Cómo acompañar a alguien que atraviesa un mal momento
En este sentido, Fernández destaca que los familiares y allegados pueden ayudar sin presionar. «No hay que forzar a estar bien, a estar contento, ni siquiera a estar acompañado. A veces la compañía obligada resulta agotadora; lo recomendable es ofrecer una presencia tranquila, con expresiones como ‘estoy aquí si me necesitas'». Además, aboga por validar lo que la persona siente, sin intentar arreglarlo ni buscar el lado positivo, y siempre respetando su espacio.
La forma de celebrar las festividades también influye en el bienestar emocional. La directora de Volare Psicología recomienda mantener las tradiciones familiares siempre que sea posible, realizando ajustes respetuosos a las necesidades de cada persona. «No se trata de transformar la Navidad, sino de adaptarla a la realidad emocional de la familia», explica. Esto puede implicar crear nuevas tradiciones o ajustar expectativas, con el fin de aliviar la presión social por “tener la Navidad perfecta”.
A ello se suma la influencia de las redes sociales y el consumismo, que proyectan socialmente una versión idealizada de la Navidad. «Las redes muestran solo un fragmento de la realidad; la comparación constante puede generar malestar emocional añadido», advierte Fernández. Por ello, recomienda un distanciamiento digital, desconectando o reduciendo el consumo de redes para evitar comparaciones que intensifiquen sentimientos de insuficiencia o tristeza. «Como sociedad, tenemos cuentas pendientes: la Navidad no es solo felicidad, puede ser también nostalgia, ausencia o tristeza. Y todas esas experiencias merecen ser reconocidas», concluye la psicóloga.
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