Casi siempre empieza con una promesa que se hace de persona a persona o a través de aplicaciones: más conexión, menos inhibición y sexo desenfrenado. En ese contexto, la química aparece como un recurso para intensificar la experiencia y alargar los encuentros, pero cuando las drogas entran en juego, el placer y el deseo pueden convertirse en escenarios de riesgo. Así se presenta el chemsex, una práctica que combina el consumo de sustancias psicoactivas con relaciones sexuales prolongadas con diferentes sujetos, que ha ido ganando terreno en las grandes ciudades españolas y en entornos turísticos como Canarias, sobre todo en aquellos espacios en los que se celebran eventos festivos de gran afluencia.
Según explica Carles Barres, enfermero y técnico del servicio de Epidemiología y Prevención de la Dirección General de Salud Pública del Servicio Canario de la Salud (SCS), este fenómeno no solo entraña un mayor riesgo de contraer VIH y otras infecciones de transmisión sexual (ITS), pues en el 80% de los casos no está presente el preservativo, también se asocia a un consumo problemático de sustancias que pueden crear adicción y derivar en sobredosis, conductas suicidas y problemas de salud mental.
«Lo habitual es que se produzca un policonsumo. Lo peor es que ya se han descrito agresiones sexuales entre las personas que lo practican», advierte el experto, que además alerta de que estas drogas pueden interferir en los tratamientos destinados a abordar el VIH.
Impacto social
El conflicto también impacta en la vida laboral, familiar y social, y puede provocar problemas legales y económicos. Pero, ¿cuáles son las sustancias que más se emplean para llevar a cabo esta práctica? Tal y como informa Barres, el alcohol, el popper, el éxtasis, el GHD, la cocaína, la mefedrona, la heroína y la ketamina. «Se consumen por diferentes vías y provocan euforia, excitación y desinhibición, unas circunstancias que invitan a practicar sexo con muchas personas de forma prolongada. De hecho, las sesiones pueden durar horas e incluso días», detalla.
Con base en la información que maneja Salud Pública, el perfil poblacional que más recurre al chemsex lo conforman los hombres que tienen relaciones sexuales con otros hombres. La mayoría tiene entre 25 y 40 años, posee estudios universitarios, registra una alta tasa de empleo y reside en zonas urbanas. «La prevalencia de la práctica ya supera el 10% a nivel nacional. Esto es solo una estimación, por lo que es necesario contar con datos fiables que nos proporcionen estrategias para hacer frente a este fenómeno», manifiesta el enfermero, que aboga por poner en marcha políticas de reducción de riesgos como pueden ser campañas de información a través de las asociaciones y los colectivos.
La Dirección General de Salud Pública del SCS participa en grupos de trabajo estatales sobre ITS, VIH y chemsex. En este marco, se ha incorporado recientemente la variable de consumo de drogas y la práctica de este hábito en los protocolos de declaración obligatoria de ITS, como la sífilis, la gonorrea, la clamidia, el linfogranuloma venéreo y el VIH. ¿El objetivo? Mejorar la vigilancia epidemiológica.
A juicio de Carles Barres, este fenómeno requiere un abordaje multidisciplinar. Por esta razón, el citado organismo del Ejecutivo canario trabaja muy de cerca con la Dirección General de Salud Mental y Adicciones, y apuesta por la formación de profesionales en los ámbitos de Atención Primaria y las urgencias hospitalarias.
Aplicaciones
Mar Velasco, técnica de la Dirección General de Salud Mental y Adicciones, destaca que una de las nuevas incorporaciones que han surgido a lo largo de los últimos años para invitar a grupos a unirse a estas prácticas son las aplicaciones. «Conocemos lo que se hace y dónde se realiza, por lo que las estrategias de intervención temprana consisten, básicamente, en trabajar con el colectivo que está más implicado en este fenómeno y en llevar a cabo campañas de prevención», comenta la experta.
Entre las señales que pueden alertar de que una persona está desarrollando un problema de adicción al chemsex, Velasco resalta el aumento de las horas que se dedican a esta práctica, el abandono de otras actividades, el cambio de los patrones del sueño y un bajo rendimiento en el ámbito laboral.
Por desgracia, la cifra de personas que recurre a la red de Atención a las Adicciones para solicitar ayuda es muy reducido. Tanto es así, que ronda entre siete y diez casos cada año en el conjunto del Archipiélago. «Hay que luchar contra el estigma y ofrecer más información», defiende la profesional.
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