Solo gracias a medio centenar de vecinos que ponen algunas luces de Navidad en sus balcones, vallas y ventanas, al ya popular y especial «Belén de Vicente» y algún otro nacimiento en esos porches que llenan Guadalupe, la sensación cuando uno atraviesa esta pedanía murciana, es que la Navidad ha pasado de largo.
Y quizás sea la metáfora perfecta de lo abandonada que está una pedanía que sigue creciendo y creciendo a borbotones, sin planificación, sin servicios y yo diría que hasta sin cabeza.
Con un puente que la une a Espinardo, y que sigue siendo una especie de ruleta rusa, hasta que un día alguien fallezca y entonces vendrán las madres mías, apenas cinco arcos de luces atraviesan su calle principal, ahí empieza y termina toda la decoración que la capital aporta a una pedanía que supera los diez mil vecinos y con creces.
Jardines llenos de sombras y una abundante falta de bancos en la zona que se conoce como la antesala de la UCAM, zonas peatonales que salvo que lleves linterna no se ve absolutamente nada. Si en el centro alguien roba no ya cobre, sino un fusible, esa misma noche está repuesto, pero claro, esto no es Santo Domingo, ni la Redonda y mucho menos la Gran Vía, esto tampoco debería ser el extrarradio, pero nos tratan como si lo fuéramos.
Eso sí, aportamos a la atmósfera contaminación como si fuéramos vecinos de primera.
Este año, muchos vecinos han pedido tanto a Papa Noel como a los Reyes Magos, contenedores verdes, azules y amarillos, a ver si hay suerte, ya que desde el ayuntamiento se han olvidado de ponerlos, lo mismo piensan que como no protestamos no ensuciamos.
La gente que vive en pedanías, si queremos ver, escuchar, oler, sentir y palpar la Navidad, tenemos que ir al centro a rendir pleitesía a los “señores feudales”. Quizás sea la consecuencia lógica de seguir celebrando los 1.200 años, lo mismo todo esto es una gran obra teatral y formamos parte de la recreación de aquella Murcia y yo no me he enterado.














