Jalen Brunson marca el son del frenético ritmo de la ciudad que nunca duerme desde la del Pecado, el bailarín de la Gran Manzana con su cautivante de pies que amansa y a la vez excita todavía más a fieras como los apasionados y desbocados fans de los New York Knicks. El menudo pero astuto y escurridizo ladrón que birló a Victor Wembanyama la gloria a la que parecía predestinado para que en el glamour de Manhattan y sus inmediaciones vuelvan a ver cómo el baloncesto vuelva a traer joyas.
Brunson forjó anoche para los Knicks con la Copa NBA ese metal que el anfitrión del Madison Square Garden no veía desde hace más de medio siglo, sin títulos desde los anillos de 1970 y 1973, únicos en la historia de una franquicia con un vacío material y emocional en su palmarés desde hace tiempo.
Y como redentor de estos Knicks a los pies de Jalen Brunson como su nuevo ídolo, tenía que ser el base el que recibiera el MVP de la Copa después de sus 25 puntos, 4 rebotes y 8 asistencias, apuntando su nombre a una corta pero ya prestigiosa lista con los nombres de LeBron James y Giannis Antetokounmpo.
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