En los municipios colindantes de Collserola, en Barcelona, los jabalís caminan por aceras, atraviesan carreteras y se detienen en parques urbanos con una tranquilidad casi provocadora. O al menos, así lo explican sus vecinos.Todo ello ocurre mientras el parque natural y su entorno más inmediato permanecen bajo vigilancia por el brote de peste porcina africana (PPA) que ha convertido esta zona en el epicentro sanitario. Los técnicos la llaman «zona cero». Para muchos vecinos, tal y como señalan, es simplemente «la puerta de casa».
Este lunes, el Govern ha empezado a flexibilizar parte de las restricciones de acceso al medio natural impuestas tras detectarse el brote. El presidente de la Generalitat, Salvador Illa, ha apelado a la “máxima precaución y colaboración” y ha recordado que el seguimiento de la enfermedad es diario. La relajación afecta al segundo radio, entre los 6 y los 20 kilómetros del foco. Pero no a todos.
Los 12 municipios más cercanos al brote —Cerdanyola del Vallès, Barberà del Vallès, Badia del Vallès, Santa Perpètua de Mogoda, Ripollet, Montcada i Reixac, Sant Cugat del Vallès, Sant Quirze del Vallès, Sabadell, Polinyà, Terrassa y Rubí— seguirán con las mismas restricciones. En esta franja, de hasta seis kilómetros, continúa prohibido el acceso a los bosques, que han sido perimetrados con vallas para evitar que los jabalís salgan del área controlada. El paisaje, en algunos puntos, recuerda más a un cordón sanitario que a un parque natural metropolitano.
EL PERIÓDICO ha recorrido barrios y municipios del entorno de Collserola para comprobar cómo se vive esta situación sobre el terreno. Mientras el acceso humano al bosque se restringe, los jabalís parecen haberse adueñado del espacio urbano.
En Vallvidrera, Héctor explica que hace apenas una semana una familia de jabalís se instaló junto a la Biblioteca de Collserola. “Es habitual”, dice, sin dramatismo. “Vivimos prácticamente pegados al parque. Se ven por la calle, los coches paran y ellos siguen. En los parques urbanos también aparecen”. El relato no sorprende, pero sí dibuja una normalidad inquietante. Dice que no existe entre los vecinos una «psicosis», ya que forma parte de su cotidianidad.
En La Floresta, la convivencia se vive con menos resignación. Noa Ruiz asegura que durante el brote ha visto jabalís pasear constantemente delante de su casa. “Hay días que no puedo ni salir”, afirma. Vecinos del barrio lo resumen con una frase que ya funciona como eslogan involuntario: “Este es el barrio de los jabalís”.
Y es que de hecho, en el barrio circula la historia —confirmada por varios residentes— de una jabalina a la que algunos vecinos alimentan de forma habitual. “Es casi una mascota”, comentan.
Tareas de los ‘Agents Rurals’ para contener el brote de PPA, en la sierra de Collserola, delimitando la zona infectada, prohibiendo el acceso y buscando jabalís en el perímetro / Ricard Cugat / EPC
«Esquivaba los coches como podía»
Más allá de Collserola, la situación también se desborda. En Barberà del Vallès, Víctor David García relata que hace menos de una semana vio a un jabalí completamente desubicado en plena carretera. “Esquivaba los coches como podía, pero estaba dentro de la trama urbana. Eso no lo había visto nunca”, asegura. No huía hacia el bosque: intentaba orientarse entre carriles y rotondas.
Los Agentes Rurales mantienen la vigilancia constante en la zona afectada, con controles, seguimiento de animales y apoyo al dispositivo de vallado. El objetivo es claro: contener la enfermedad y evitar desplazamientos que puedan propagarla. Pero la presencia persistente de jabalís en zonas habitadas evidencia un problema estructural previo al brote: «una sobrepoblación cronificada y una convivencia mal resuelta entre fauna salvaje y ciudad», tal y como concluye Héctor.
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