Día negro en la historia del Real Oviedo. Los azules sufrieron la goleada por 4-0 del Sevilla y ese resultado desencadenó lo que sucedería poco después. El encuentro en el Sánchez Pizjuán terminó con la carrera de Luis Carrión como entrenador del Oviedo. Una jornada que había comenzado con ilusión en las calles de Sevilla acabó con el técnico catalán despedido antes de subirse al chárter que les traería de vuelta a Asturias.
La jornada comenzó bien. Cientos de oviedistas se congregaron en la plaza Antonio Puerta de Sevilla para llevar a cabo una previa muy animada. Camisetas azules por todos lados, cánticos, cañas en mano y el sol andaluz calentando un ambiente que necesitaba algo de calor después de tantas derrotas. «Va a estar difícil, pero lo conseguiremos», decía Carlos Martínez, con convicción.
Por allí andaba también Germán Antón, que ya vaticinaba que el entrenador no duraría mucho. «O gana ya…», decía. Menuda premonición. El único punto negativo de la buena previa, aparte de que quedó opacada por todo lo que pasó después, fue un momento de tensión cuando varias decenas de Biris, los ultras del Sevilla, pasaron por el medio de todo el oviedismo y se quedaron parados mirando a los azules en tono muy serio. Finalmente, no pasó nada y los hinchas radicales se fueron al estadio. El susto quedó ahí, aunque el verdadero drama llegaría horas después.
Cuatro goles del Sevilla y un Oviedo irreconocible. El equipo no compitió, no generó, no marcó. El peor partido de la temporada. Y el Tartiere trasladado a Sevilla no podía más. «Luis Carrión, dimisión», se escuchó en la grada azul durante la segunda parte. La gente ya no aguantaba más. También tuvieron algunas palabras contra el palco. «¡Directiva, dimisión!», se escuchó.
Después del partido, Carrión compareció en rueda de prensa. Pidió disculpas, pero se aferró a su puesto. «No temo nada, solo trabajo y esas preguntas no las voy a responder», dijo cuando le cuestionaron por su continuidad. El técnico catalán insistió en pedir perdón. «Es un día para pedir disculpas, no tiene demasiada explicación este partido porque no estábamos siendo esto. Hoy (por ayer) no fuimos competitivos y ha sido un partido vergonzoso, solo podemos pedir disculpas».
Se defendió recordando el partido ante el Mallorca: «Hablar después de hoy (por ayer) es complicado, pero creo que todos vimos que merecimos ganar al Mallorca. Entiendo que si no consigues resultados, todo se critica, pero la semana pasada demostramos que no estamos tan lejos de ganar. Me agarro a mi trabajo, a mis jugadores, al club y a la afición, claro».
Carrión intentó ver luz donde ya no la había: «No están tan lejanos algunos partidos buenos, pero hablar de ahora es complicado. Ha sido un partido muy malo, pero no hemos hecho muchos partidos como este. Me veo capaz de sacar eso adelante». Y cerró con una petición de perdón: «No soy yo quien toma las decisiones. Desde luego, el ambiente en el Tartiere está siendo muy bueno, pero es normal que la gente esté muy enfadada y jodida, como lo estamos todos. Quizá ellos algo más. Ganar un partido no cae del cielo, hay que trabajar y hacer mucho para mejorar. Salimos avergonzados y pido perdón».
Mientras Carrión hablaba con los medios, en la zona mixta se vivía otra escena. Dani Calvo daba explicaciones a los periodistas, pero las miradas estaban puestas en otro lado. Martín Peláez, presidente azul, y Agustín Lleida, director general, hablaban sin parar por teléfono. Lo más probable es que estuviesen hablando con México para tomar la decisión. Las caras eran serias, pero los gestos, muy reveladores. Algo estaba pasando.
Paradójicamente, Lleida había dicho dos horas antes del partido, a los micrófonos de la televisión, que creía en el técnico y en su continuidad. «Es nuestro entrenador», aseguró con convicción. Dos horas después, no tuvo más remedio que contradecirse.
El drama continuó al final del partido en los aledaños del Pizjuán. Decenas de oviedistas se agolparon a la salida del estadio para esperar a los jugadores, al entrenador y a la directiva. El ambiente era tenso, cargado de rabia e impotencia. «¡Os estáis riendo del Real Oviedo!», gritaba un aficionado muy enfadado, con la voz rota y el gesto desencajado. La mayor pitada se la llevó Luis Carrión, que subió rápido al autobús sin mirar atrás. Lo mismo hizo Agustín Lleida, que también se llevó otra sonora pitada. Los silbidos resonaron en la explanada mientras los aficionados descargaban su frustración. «Esto es una vergüenza. Hemos gastado una auténtica pasta para venir hasta aquí y pasa esto. Ahora se irán a la discoteca a celebrarlo, supongo», decía Pedro Viejo, uno de los seguidores azules allí presentes, con la mirada perdida y el tono de quien ya no sabe si enfadarse o resignarse.
Cuando el autobús empezó a andar, los aficionados se echaron encima. La seguridad actuó rápido para que no pasase nada. La pitada fue muy sonora, un clamor que persiguió al vehículo mientras se alejaba del Pizjuán. La gente no se imaginaba que el técnico sería despedido pocos minutos después, antes de subirse al chárter que les traería de vuelta a Oviedo. En el mismo aeródromo estaba el Pitu Abelardo, a quien un hombre se le acercó y le dijo riendo: «Echa el currículum». El Pitu no dijo nada.
Y así fue. Luis Carrión fue destituido como entrenador del Real Oviedo antes de regresar a Asturias. Se enteró en el mismo aeropuerto. Un día que había comenzado con ilusión en la plaza Antonio Puerta terminó con el técnico catalán fuera y con el oviedismo sumido en la más absoluta desolación. Nueve partidos sin ganar y un viaje a Sevilla que nadie olvidará. Pero no por lo vivido en la previa.












