El Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030 (demasiado ministerio, nos parece: el que mucho abarca poco aprieta) ha anunciado que, a partir de la aprobación del nuevo decreto, las máquinas expendedoras en hospitales, residencias de mayores y centros sociosanitarios deberán ofrecer al menos un 80% de productos saludables. Podrás encontrar en ellos fruta, agua o yogures sin azúcar, y hasta bocatas de pan integral, pero también, aunque en menor cantidad, bollería asesina y bebidas tóxicas. Si alguien se toma un bollo ultraprocesado, nos preguntamos, ¿le sentará bien gracias a esa presencia testimonial de productos saludables en el artefacto del que lo ha obtenido? Si de un paquete de tabaco me fumo solo el 80%, ¿puedo vivir tranquilo?
Pero llevemos esa regla a otros ámbitos.
-En las librerías, y a partir del próximo decreto, el 80% de los libros expuestos deben ser útiles, formativos, edificantes (manuales de ciencias, poesía con mensaje, novelas buenas, ensayos profundos). Pero el otro 20% queda liberado a la basura. Vale.
-En las farmacias, el 80% de los estantes estarán ocupados por remedios aprobados por la Agencia Europea del Medicamento, es decir, eficaces, seguros y demás. El 20%, por pociones mágicas y pulseras de energía cuántica. Que el adepto a lo esotérico también se sienta atendido.
-En las estaciones: el 80% de los trenes estarán obligados a salir en hora, pero el 20% puede hacerlo cuando le dé la gana (me parece que esto ya sucede).
-En los debates políticos: el 80% de propuestas serán sensatas, razonables, basadas en datos. El 20% queda reservado para ideas, digamos, “creativas”.
En todos los casos, se respeta la libertad de elección. Hay que dejar un hueco para lo irracional, lo dudoso, lo rico en azúcares… Una vida sana al 100% sería insoportable. Conclusión: aplaudimos la fruta en los hospitales, incluso fuera de ellos. Pero exigimos también nuestro derecho a la autodestrucción cuando la construcción, como sucede ahora, nos produzca dolores de cabeza.















