Por circunstancias de la vida a las que todos estamos expuestos, me he visto adherida, integrada como una abeja obrera temporalmente de baja, dentro del panal asistencial de un hospital. Supongo que humorizar sobre un evento nada agradable y ya desde la comodidad de casa, ayuda a sobrellevar los baches de salud que, de manera inevitable, suceden a nuestros seres queridos y a nosotros mismos. Lo cierto es que, de toda la experiencia que pueda ser compartida a través de este medio, me quedo con la anécdota de la bata hospitalaria.
Mientras el Black Friday causaba estragos en las calles de Palma y el consumo exaltado arrollaba las mentes y los bolsillos, el hospital seguía con su ritmo y metodología de trabajo de siempre. Ajenos a lo que ocurría en el frenesí del exterior, con sus neones y advertisements, los pacientes, mujeres y hombres allí ingresados, permanecían en el silencio terapéutico hospitalario. Despojados de toda ficción exterior: vestimenta, bolsos y otros adornos personales, convertidos en carnes trémulas llamadas «pacientes», eran masa homogeneizada a través de la bata del paciente del hospital, también conocida como bata hospitalaria o camisón hospitalario, una prenda diseñada para ofrecer comodidad, higiene y accesibilidad durante esas estancias clínicas, exploraciones médicas y cuidados asistenciales. Vestirse con ella, y sin discutir su obvia funcionalidad, supone en un momento de gran vulnerabilidad el primer acto de necesaria sumisión para la adecuada asistencia sanitaria. Uno cede parte de su identidad en favor del bien mayor de ser cuidado. Sin embargo, algo tan aparentemente superfluo, puede desencadenar y añadir una dosis de incomodidad extra, cuando la batita que se ofrece resulta ridículamente pequeña para la ostentosa envergadura de ciertos cuerpos. Y ahí empieza una especie de adulticidio estético del que nadie puede escapar, cuando ingresa en urgencias bajo ese aturdimiento inicial que producen la enfermedad y la descontextualización repentinas. Qué odisea es ir al baño en una unidad de vigilancia donde las camas están a la vista, con la vía insertada, arrastrando el gotero y con la única mano libre tratando de unir la tela por detrás, para tapar el trasero. Trasero que, dicho sea de paso confesando así mi perplejidad, algunos pacientes exhiben sin ropa interior con una tranquilidad pasmosa, mientras se dan una vuelta por los pasillos, disfrutando de su estancia en pensión completa sin demasiado pudor. Volviendo a la batita yeyé de aquellas circunstancias, ofrecía, pues, un espectáculo sin parangón durante el proceso de decapado estético que se vivencia mientras a uno le cuidan con eficacia en todo lo demás.
Menos mal que nadie se fija y si se hace, todos estamos ya curados de espantos. Supongo que la imagen pasa fugazmente ante ojos acostumbrados a filtrar lo verdaderamente importante de lo que no lo es. Y suerte también de que siempre hay alguien que cuida más allá de la administración de medicamentos, haciendo que suenen las campanas cuando dice que a esta persona hay que traerle una bata más grande, para después, con una sonrisa, ayudar a ponerla. Bendita sea.












