El consenso y el disenso no son posturas incompatibles. Ni siquiera en el debate democrático. El consenso fundamental al que llegó este país después de 1975 fue un espléndido logro político aunque como en todo jardín pudieron pastar bestias y se enterró demasiada mierda. El disenso también es un gesto fundamental: disentir desde un punto de vista socialdemócrata a esa suerte de populismo caudillista en el que ha derivado el sanchismo debería ser un deber de cualquier militante del PSOE mayor de edad política e intelectualmente. Pero existen objetivos y causas que exigen unanimidad.
La historia de Yurena Carrillo, que ayer pudo leerse en este periódico, explica suficientemente que la lucha contra la violencia machista sobre la mujer debe ser asunto de todos o puede acabar no siendo asunto de nadie. Es una epopeya de terror cotidiano que tiene como protagonista a una mujer inteligente, autónoma, profesional y madre que ha estado sometida desde hace más de diez años a una dinámica de violencia, control y maltrato por parte de quien fue su marido. El sufrimiento no ha acabado. Aun hoy Carrillo soporta amenazas, se ha enfrentado a un intento de secuestro, ha visto como le envenenaban a varias mascotas, le sorprenden repentinos cortes de luz, debe prestar máxima atención a sus hijas. Presumimos de una de las legislaciones más avanzadas de la UE en materia de protección de la mujer contra la violencia machista, pero a Carrillo, letrada en ejercicio, le han negado al menos en dos ocasiones recepcionar una denuncia en oficinas policiales. Ni siquiera acogerte al sistema Viogén resulta suficiente. Son centenares las mujeres que sufren este infierno en este país un día tras otro y que arrastran años, a veces lustros de agresiones agotadoras, indelebles, destructivas. Agresiones sexuales, sociales, profesionales o, más recientemente, insultos y persecuciones a través de las redes sociales. Y de vez en cuando el acosador, finalmente, las asesina. No, no son casos excepcionales. Sus comportamientos que generalmente hunden sus raíces en patrones culturales perfectamente definidos y que se siguen clonando en la actualidad, a veces con ligeras variaciones, a veces tuneados con los colores de la disculpa. Los hombres no deberíamos simular que no sabemos nada de eso. He conocido a políticos y periodistas maltratadores, acosadores, miserables. Tipos que se han abalanzado en su despacho sobre una redactadora. Canallitas sonrientes con escaño que golpearon y empujaron a su esposa embarazada al suelo. Amigas que han pedido ayuda y a los que siempre debe decírseles lo mismo. Sal de ahí. No lo sigas tolerando. Cuéntaselo a los tuyos y reúnelos en una comunidad solidaria. Y denuncia. A veces lo hacen. Cada vez más. Otras las atenaza el miedo, la vergüenza, el propio dolor. El dolor lo destruye todo. No solo la esperanza. Destruye furiosamente la propia dignidad.
Aguantar esta basura no es una opción moral y cívicamente aceptable. Juan Soto Ivars acaba de publicar un libro, Esto no existe, sobre las denuncias falsas de mujeres que anhelan destruir la vida de hombres a las que acusan de maltrato o violencia. Soto Ivars es autor de algunos libros interesantes, A veces me interesa y otras muchas me aburre. No dudo que existan denuncias falsas y mujeres vengativas. Pero entiendo la infinita irritación, la indignación incluso, que ha provocado su último ensayo. Para comprender el muy justificado cabreo basta contabilizar las mujeres asesinadas y violadas por hombres y comparar la cifra con la de hombres asesinados y violados por mujeres. Lo peor es el efecto desmovilizador que Soto Ivars consigue – creo que involuntariamente – afirmando que se trata de realidades comparable cualitativa y cuantitativamente. Como los varones heterosexuales somos también víctimas potenciales, que de todo esto se encarguen policías, jueces y psicólogos. No. Esta barbarie contra las mujeres solo puede ser controlada eficazmente si los hombres decentes se sienten concernidos y apelados. En la casa, en el trabajo, en el compañerismo o en la amistad. Y a diario.
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