Jock Stein no podía vivir sin el fútbol. Después de cumplir los sesenta años en el banquillo de la selección escocesa hubo mucha gente de su entorno que le insistió en la necesidad de acudir a los estadios sólo de visita los domingos. Pero este escocés testarudo no tenía la mínima intención de apartarse de los banquillos. Llegó a la selección en 1978 después del decepcionante papel de los escoceses en el Mundial de Argentina. Stein había puesto fin a su glorioso tiempo en el Celtic en cuyo banquillo estuvo doce años tiempo en el que conquistó una Copa de Europa y perdió una final ante el Feyenoord. La selección, a la que dirigió de forma testimonial unos meses antes de llegar al Celtic, era su salida natural, el reto pendiente con el fútbol y con su país. Tras quedarse fuera en la Eurocopa de 1980, Escocia se clasificó de forma holgada para el Mundial de España de 1982 pero no fue capaz de superar la primera fase en la que perdió con Brasil, ganó a Nueza Zelanza y empató en un gran partido con la poderosa URSS que tenía un equipazo. La diferencia de goles les apartó del torneo y dejó en Stein una cuenta por saldar y no era de los tipos que olvidaban con facilidad.
Se propuso estar en México en 1986 pese a que las principales referencias de la selección ya estaban en el tramo final de sus carreras. Eran tiempos de renovación, pero se las ingenió para que Escocia no perdiese ese espíritu combativo que la convertía en una permanente amenaza para cualquiera. La fase de clasificación disputada en 1985, corta y salvaje y que en poco se parecían a las actuales, fue terrible. Una derrota en casa ante Gales les había puesto las cosas muy complicadas, pero llegaron al último encuentro con un punto de ventaja sobre Gales pero con la amenaza de que el último partido de la fase de clasificación debían jugarlo en Cardiff, donde a buen seguro les esperaría un ambiente infernal. Ambas se jugaban el acceso al play-off contra un equipo de Oceanía (lo que equivalía a la clasificación) porque en ese mismo grupo se daba por seguro que España sería campeona y lograría el billete directo si ganaba el último partido contra Islandia, que se jugaba unos días después. Por si fuera poco Stein llegaba a la cita decisiva sin poder contar con Kenny Dalglish, Steve Archibald y Alan Hansen, tres pilares esenciales que estaban lesionados, y con su extensión en el campo, el mediocentro Graeme Souness, sancionado.
Stein hacía tiempo que no se encontraba bien. Tomaba medicación para sus problemas cardiacos y algunas personas que estuvieron con él horas antes del comienzo del partido en Ninian Park le vieron demasiado pálido y sudoroso. Los jugadores no advirtieron nada extraño en él e incluso Stein bromeó antes del partido con un grupo de aficionados que decidieron quedarse cada balón que volaba al graderío durante el calentamiento. El partido resultó de una tensión insoportable, con catorce mil escoceses en uno de los fondos y un ambiente feroz en el que ni se respetaron los himnos protocolarios. Era el salvaje fútbol de los años ochenta en toda su extensión. Desde el pitido inicial los galeses convirtieron el recogido estadio de Cardiff en una olla a presión y a los trece minutos Mark Hughes había estrenado el marcador. Nada iba bien para los escoceses que aún por encima recibieron en el descanso una noticia difícil de encajar. Jim Leighton, su portero que era miope, les dijo que había perdido una lentilla en un choque y que había cometido la torpeza de no traer un repuesto. Stein incluso desconocía el problema de visión de su guardameta y comenzó a pegar puñetazos al falso techo del pequeño vestuario galés. Recuperó el resuello para indicarle a Alan Rough que se pusiese bajo los palos en el segundo tiempo, pero eso ya le dejaba con solo un cambio para todo el segundo tiempo de un partido en el que se jugaba tan al límite.
Gol salvador
Todo pintaba complicado para los chicos de Stein. Pero el técnico aún tenía un as en la manga: se trataba de Cooper, un delantero algo anárquico pero muy rápido del Glasgow Rangers por el que sentía especial devoción. A la hora de juego sentó al habilidoso Gordon Strachan en el banquillo y situó en punta a Davie Cooper. Sólo restaban nueve minutos cuando su «elegido» marcó gracias a un penalti que él mismo había provocado el gol del empate mientras crecía la tensión en la zona de los banquillos donde Stein se mantenía de pie y discutía con los fotógrafos que trataban de tomar su imagen en el preciso instante en que se certificase la clasificación. En un final frenético un defensa escocés sacó bajo palos un remate de Ian Rush que habría cambiado por completo el escenario.
A falta de segundos para el final el árbitro señaló una falta y el seleccionador escocés se puso en pie creyendo que era el pitido final con la idea de acercarse a saludar al técnico galés. Justo en ese momento las piernas le fallaron y se desplomó mientras los miembros del banquillo le atendían de urgencia. Acabó el partido y los jugadores comenzaron a festejar el empate en el terreno de juego mientras se llevaban a su entrenador a los vestuarios. Fueron unos instantes dramáticos de los que los futbolistas fueron ajenos hasta que poco a poco, con cuentagotas, comenzó a llegarles la información de que había un problema. “Ya me siento mejor, doc”, le dijo Stein a Stewart Hillis, el médico de la selección. Fueron sus últimas palabras antes de morir. Media hora después de que finalizase el partido los médicos certificaron su muerte. Había fallecido en la enfermería, como los toreros de leyenda. Souness, el capitán que ese día estaba vestido de calle, esperó en la puerta mientras sus compañeros aguardaban en el vestuario. Él fue el primero en conocer la noticia.
La muerte de Stein sumió a Escocia en una terrible tristeza, especialmente para su ayudante, un joven llamado Alex Ferguson al que había sentado unos años antes a su derecha en el banquillo y que días después heredó el puesto al frente de Escocia a la que dirigió en el Mundial de México unos meses más tarde. Con el paso de los días se sabrían muchas más cosas sobre el fallecimiento de Jock Stein. Pese a que en un principio se apuntó a que fue un infarto lo que le fuminó, realmente la muerte se debió a un edema pulmonar causado seguramente por la decisión del propio Stein de dejar de tomar los medicamentos que le habían prescrito para sus problemas de corazón porque consideraba que sus efectos secundarios le hacían disminuir su atención en el juego. Era un peaje que estaba dispuesto a pagar.
Jock Stein, el hombre que de no haber triunfado en el fútbol se habría ganado la vida trabajando en una mina, como la mayor parte de su familia, murió en acto de servicio. Con él se marchó un mito de los banquillos, el primer técnico que conquistó para las islas británicas una Copa de Europa. “Big Jock” lo hizo con aquel inolvidable Celtic de Glasgow formado por jugadores que habían nacido todos en un radio de 50 kilómetros a partir del Celtic Park, una hazaña descomunal, impensable. Aquella noche, en la que los ‘Leones de Lisboa’ superaron en una demostración de fuerza gigantesca al Inter de Luis Suárez, Stein recibió la llamada de Bill Shankly, el legendario entrenador del Liverpool, que le dejó un mensaje inolvidable: «Jock, ya eres inmortal».
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