Sin planes de compra. Una mujer de unos sesenta años, cogida del brazo de su marido, andando por la calle: «Pues yo, en el ‘bláfraidi’ ese, no me pienso comprar ‘na’».
Son ellos. Estoy viendo la serie Anatomía de un instante. Está muy bien, y hay algo que llama muchísimo la atención como pueden comprobar ustedes si la ven y si conocieron a los protagonistas reales de esta historia. Me refiero a las caracterizaciones de los actores para representar los papeles de los protagonistas. Es increíble el parecido que han conseguido. Álvaro Morte es un Adolfo Suárez total. Eduard Fernández parece el mismísimo Santiago Carrillo renacido y hasta Miki Esparbé acaba convenciéndote de que es Juan Carlos I.
Dictaduras. Leo en una encuesta publicada esta semana que el 25% de los jóvenes españoles considera aceptable un régimen autoritario. Me pregunto qué idea tienen estos chicos y chicas de lo que es un método de gobierno de este tipo, dónde han conseguido la información sobre los métodos y el modo de vida que impone a los ciudadanos, qué experiencias han escuchado de los que lo han, lo hemos, vivido y dónde encuentran la aceptabilidad a un sistema que niega la libertad y los derechos humanos y donde todo el poder está en manos de un dictador, sea éste de la calaña que sea.
El tenista Carlos Alcaraz durante un partido en Turin. / Associated Press/LaPresse
La lesión de Alcaraz. Parece ser que, a pesar de su aspecto tan saludable y ese cuerpo tan cuidado, nuestro tenista tiene cierta facilidad para que se le dañen algunos músculos con los esfuerzos. Una de las cosas que llaman más la atención de su juego es precisamente cómo maneja esos músculos, los tremendos estiramientos que ha de hacer para devolver una bola, la velocidad con la que se desplaza por el fondo de la pista cuando juega. Pero es más vulnerable de lo que aparenta y dos fisioterapeutas y un médico están continuamente pendientes de él.
Se llamaba Arias. Dos señoras mayores hablan en la barra de una cafetería donde están tomando un desayuno de café con leche y tostada de mantequilla y mermelada, el jueves a las 11 de la mañana: «Yo estuve con la tele del dormitorio puesta toda la noche por si decían que se había muerto». Dice una. «Sí, a lo mejor se murió por la noche, pero lo dijeron por la mañana. ¿Cómo se llamaba aquel que salió a anunciarlo? El que era presidente del Gobierno entonces, aquel que dijo lo de ‘españoles, Franco ha muerto’, con la cara de pena». «La segunda sonríe y dice: ‘No me acuerdo… es que hace ya cincuenta años…»
Viejos profesores. Me escribe un exalumno desde Alemania. Lo hace de vez en cuando. Le di clase hace unos 25 años. Vive allí con su mujer alemana y es ingeniero. Me cuenta cómo es su vida y me pide que le escriba, no quiere perder el contacto con su viejo profesor. Hay varios exalumnos con los que todavía mi mujer y yo, ambos profesores y ya jubilados desde hace mucho tiempo, mantenemos el contacto. Uno de ellos ya está también jubilado, como nosotros. Le dimos clase en bachillerato y han pasado los suficientes años, casi cincuenta, para que él acabe su carrera profesional. Y seguimos en contacto. Es lo que tiene nuestra profesión cuando te ha ido bien en ella, los afectos que mantienes, la gente que te recuerda, como mínimo, con simpatía. Y es una sensación muy hermosa.

Javier Calvo y Javier Ambrossi, ‘Los Javis’, en el festival de Cannes / EFE
Separación. Los Javis han cortado. Ahora tienen que vender el casoplón que se compraron el año pasado. Cinco millones de euros piden por la mansión. Dicen que van a seguir trabajando juntos y sería bueno porque lo que hacen siempre es interesante. Pero lo veo difícil. Dicen que en el rodaje de su último trabajo, La bola negra, las peleas eran diarias. Y muy movidas.
Es extraño. Una mujer a otra, el viernes por la mañana, a las 9, andando por la calle: «Se me hace raro que haga frío».
Polarizados. Escribo esto el viernes. Los medios de comunicación echan fuego con el tema del fiscal general. Las opiniones se multiplican y no hay medias tintas, o estas a favor o estás en contra. Los políticos encienden al personal con sus declaraciones y unos cargan contra el Tribunal Supremo con toda la artillería mientras que otros lo aplauden y lo besan profundamente, con lengua incluso. Y nosotros, los españolitos de a pie, no sabemos con qué carta quedarnos, porque no queremos apuntarnos a unos o a otros abiertamente, pero es muy difícil escaparse de este círculo vicioso en el que nos meten con calzador.














