La cumbre del clima de Belém (COP30) ha finalizado este sábado, un día después de la fecha límite fijada por la organización, con un paquete de acuerdos en varias materias. Pero todos los ojos se dirigen ahora en el llamado «pacto de mutirao», un acuerdo en el que se recogen los mensajes políticos más importantes de esta cumbre y que, según prometió la misma presidencia de Brasil, dirigida por André Correa do Lago, iba a recoger el «compromiso de toda la humanidad para avanzar en la lucha climática». O al menos eso pretendía. El documento final no recoge mención alguna a los combustibles fósiles. Tampoco menciona nada sobre la famosa hoja de ruta de soluciones para dejar atrás el petróleo, el gas y el carbón. ¿Pero cómo se ha llegado hasta aquí? ¿Cómo es posible que el pacto más esperado de los últimos 10 años en materia climática no sea ni siquiera capaz de nombrar los culpables de la crisis climática? ¿Por qué las cumbres siguen tropezando con la misma piedra?
La cumbre de Belém arrancó con un optimismo desmesurado. En primer lugar, porque según el calendario de cumbres del clima, este encuentro se celebraba en el décimo aniversario de la firma del Acuerdo de París y, por lo tanto, era el momento de rendir cuentas sobre los progresos logrados hasta ahora y, sobre todo, de los siguientes pasos y las «soluciones prácticas» para frenar el calentamiento global. Y segundo, porque el evento en sí se celebra en territorio de Lula da Silva, quien desde su elección se ha mostrado entusiasta de las políticas climáticas. Durante la inauguración del evento, de hecho, fue él mismo quien por primera vez mencionó la necesidad de que esta cumbre sellara una hoja de ruta para dejar atrás los combustibles fósiles y otra para detener la deforestación.
Brasil fue el primero que habló de una hoja de ruta de soluciones para dejar atrás los combustibles fósiles. Lo hizo a través de las palabras del mismísimo Lula. Pero la cuestión causó malestar desde un principio, incluso dentro de su equipo de negociadores, porque técnicamente no estaba incluida en la agenda oficial de negociaciones. Pero rápidamente, una coalición de más de 80 países, incluida España y gran parte del bloque europeo, se movilizó para reclamarla. Otros muchos, como el grupo árabe, liderado por Arabia Saudí, se opusieron de forma frontal. Y un tercer grupo, entre los que destaca China, se mantuvieron en silencio. En el primer borrador de acuerdos, el presidente del encuentro, André Correa do Lago, incluyó una mención débil sobre esta cuestión. Pero en versiones posteriores la retiró.
No es la primera vez que una cumbre se enfrenta a una guerra sobre los combustibles fósiles. De hecho, solo por ponerlo en perspectiva, la primera vez que se logró hablar de esta cuestión en un foro de este estilo fue en la cumbre de Glasgow de 2019. Desde entonces, en encuentros como los de Dubái también se ha había reabierto la batalla sobre esta cuestión. Pero entonces, al menos en apariencia, había un bloque muy sólido de países defendiendo la necesidad de mencionar con nombres y apellidos los grandes responsables de la crisis climática. La situación en Brasil ha sido distinta. Primero, porque el contexto geopolítico es más convulso que nunca con el negacionismo de Trump reinando en la Casa Blanca y guerras comerciales abiertas entre países. Y segundo, porque incluso dentro del bloque europeo se ha visto fragmentación. Porque mientras España abanderaba la lucha por una hoja de ruta ambiciosa, Italia y Polonia se desmarcaban totalmente de esta idea.
Hay cumbres en las que se respira un mal ambiente desde el principio y donde todos presienten que habrá enfrentamientos de gran magnitud. Pero en Brasil el ambiente era distinto. La presidencia de Brasil logró impregnar el ambiente de optimismo y esperanza desde el principio. Desplegó un ambicioso plan de trabajo con hasta 145 ítems en la agenda. Organizó grupos técnicos de trabajo. Y hasta designó a una decena de ministros, incluida Aagesen, para liderar las negociaciones en aspectos como mitigación, adaptación y finanzas para lograr así un resultado ambicioso. Mientras, también desplegó una estrategia de reuniones a puerta cerrada con las partes. No fue hasta el final que, tras la publicación de los borradores de los acuerdos, en el último día de la cumbre, el espejismo de la ambición se resquebrajó en mil pedazos.
En las cumbres del clima ya se ha vuelto habitual el hecho de ver negociaciones a contrarreloj durante los últimos días. Pero lo de Brasil ha sido un caso extremo. Tras dos semanas de negociaciones, la presidencia aguardó hasta la madrugada del viernes, en el último día oficial del encuentro, para publicar su propuesta de acuerdos. Los textos desataron un incendio diplomático de gran magnitud y obligaron a poner en marcha una carrera a contrarreloj para salvar el acuerdo. La presidencia convocó mesas de trabajo que se alargaron todo el viernes y hasta la madrugada del sábado. Hacia mediodía (hora de Belém) se publicaron los nuevos borradores. Y poco después, se convocó un plenario para aprobarlos. Hay quien dice que parte de la prisa reside en que muchos delegados tienen ya su vuelo de vuelta para este sábado y que muchos otros han tenido que abandonar los barcos donde se alojaban porque, literalmente, estos tenían que zarpar hoy sin demora.
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