«El viaje de mi padre» de Julio Llamazares es algo más que un recorrido por los lugares que el padre del autor leonés recorrió cuando fue reclutado a los 18 años para combatir en la Guerra Civil. Es también un libro sobre la memoria y, sobre todo, la desmemoria de la historia más reciente de España. Es también el relato de un país «que se deshace en silencio» y de un viajero cuyo lema es «parar, mirar y escuchar». «Cuanto más sabes, más consciente eres de lo que ignoras», reconoce el autor de clásicos de la literatura en castellano como «Luna de lobos» o «La lluvia amarilla».
Un viaje suele ser una oportunidad de conocimiento. ¿En este ha conocido mejor a su padre, a usted mismo o al país en el que vive?
No sabría decirte. Sé que he conocido territorios que no había recorrido, como todo el interior de Castelló o la sierra de Espadá, de los que mi padre me hablaba continuamente. Y luego está lo otro: todo viaje es también un viaje interior. Vas por un lugar, pero en realidad estás recorriendo algo dentro de ti, y nadie vuelve siendo exactamente la misma persona. Además, este viaje me obligó a leer, a repasar la historia, la Guerra Civil, a hablar con gente… Viajar es otra forma de conocimiento.
En el libro dice que esta búsqueda de la memoria de su padre tiene que ver con una mala conciencia por no haberle escuchado.
Bueno, tampoco tan mala. Es, simplemente, la ley de la vida. Cuando somos jóvenes no escuchamos ni a nuestros padres ni a nuestros abuelos. Creemos que el mundo empieza con nosotros y que todo lo anterior son historias que no nos conciernen. Con el paso del tiempo entiendes que todos somos ramas del mismo árbol, que nos alimentamos unos a otros. Pero eso lo descubres, como tantas cosas, cuando ya no están. Entonces echas de menos no haber preguntado más, no haber escuchado más, no solo sobre la guerra, sino sobre todo. Y este libro es un intento, a través de la literatura, del viaje y de la imaginación, de llenar ese vacío, de suplir las respuestas que no supe o no quise pedir en su momento.
A lo largo del viaje se encuentra con mucho desconocimiento sobre lo que ocurrió en esos lugares durante la guerra. ¿Es ignorancia o voluntad de no saber?
Hay un poco de todo. Hubo tanto miedo y tanto silencio que, al final, ese miedo y ese silencio se quedaron dentro, se interiorizaron. El miedo ya no está, pero el silencio sigue formando parte de la conciencia colectiva. Como no se pregunta, no se sabe; y como no se sabe, no interesa. Hay un desconocimiento enorme sobre nuestra historia reciente, y eso explica muchas cosas de lo que nos pasa hoy. Leí hace poco que un 20% de los jóvenes cree que se vivía mejor en la dictadura. Eso solo se puede explicar desde la ignorancia. Quien ha vivido las dos épocas sabe perfectamente la diferencia. Estamos pagando ese pacto de silencio y de desmemoria de la Transición. Como decía Moses Finley, la historia no sirve tanto para saber lo que pasó, sino para comprender lo que pasa y lo que puede pasar. Y si no sabes de dónde vienes, difícilmente puedes entender adónde vas.
¿Le sorprende que haya jóvenes que sienten cierta nostalgia de la dictadura?
Al principio sí me sorprendió. Luego, si lo piensas con calma, no tanto. Cuando no se explica el pasado, la gente cree que todo le ha caído del cielo y que nada puede cambiar. Pero ya hemos tenido avisos: la pandemia, los apagones, las crisis… Todo eso demuestra que nada es inamovible. La ignorancia genera comportamientos muy peligrosos. Y parte de eso viene de aquel pacto de olvido. A lo mejor en los años setenta fue inevitable, pero después se podían haber hecho muchas cosas, sobre todo desde la educación. Y no se han hecho.
En Torrijos, uno de los pueblos por los que pasó su padre, los ancianos hablan de la guerra con serenidad. ¿Es un caso excepcional?
Yo creo que la gente mayor, la que la vivió, habla de la guerra con mucha más naturalidad y serenidad que los jóvenes, que los políticos o que los medios. La gente corriente suele ser más sensata. Hay un desfase muy grande entre las élites —políticas, culturales, informativas— y la gente común, y eso lo notas mucho cuando viajas. Lo que ocurre es que el ruido vende más. Como decía Machado, hay un español que embiste y otro que piensa. El que embiste hace más ruido y parece que son todos, pero no siempre es así, afortunadamente.
Dice que las heridas de la guerra siguen en el paisaje y en la sociedad. ¿Por qué no cicatrizan?
Porque las heridas no se curan ocultándolas. Si tú tienes una herida y la tapas y haces como si no existiera, esa herida sigue ahí, supurando. Con esto ocurre lo mismo. Para que cicatrice hay que destaparla, limpiarla y curarla. Este país no será del todo normal mientras tenga más de cien mil personas en fosas comunes. No se ha hecho el duelo. Y mientras la memoria no se convierta en historia, seguiremos tropezando una y otra vez con lo mismo.
El libro está lleno de negocios cerrados, estaciones abandonadas, paisajes fantasmales. Habla de un país que, en sus palabras, se “desmorona”.
Sí, es un viaje por una España que se va deshaciendo. Yo no iba con la intención de escribir sobre la despoblación, pero el itinerario de mi padre coincide en gran parte con esa España vacía, lo que Paco Cerdà llamaba en “Los últimos” la “Laponia española”. Hay una España que crece, sobre todo en la costa, y otra que mengua en el interior. Y cada vez están más desconectadas. Si el Estado de las Autonomías tenía que servir para equilibrar el país, en ese sentido ha fracasado: la España despoblada está más despoblada y la sobrepoblada, más saturada. Si vuelas de noche sobre la península, ves una costa iluminada casi como si fuera Navidad y, en el interior, enormes manchas oscuras.
La España de los montes quemados y la España de las ciudades inundadas.
Son dos caras de la misma desarticulación del territorio. Los incendios se producen sobre todo en provincias envejecidas y vacías. Y las inundaciones son más devastadoras porque ahora, donde antes había unos pocos miles de habitantes, viven cientos de miles. Todo tiene que ver con cómo hemos abandonado unas zonas y cómo hemos masificado otras.
Los inmigrantes aparecen como fundamentales en ese paisaje. Bajo las ruinas de un castillo de la reconquista hay un restaurante de cocina árabe.
Sin los inmigrantes, la España interior estaría prácticamente vacía. En muchos pueblos de Soria, Teruel o Castellón, el 80 o el 90% de la gente que trabaja en el campo, en los bares, en la hostelería o en los cuidados es inmigrante. Cuando algunos políticos como Abascal hablan de expulsarlos, demuestran un desconocimiento absoluto del país. Si se fueran, se hundiría el campo, la construcción, la hostelería, el sistema de cuidados… Sería inviable. Son discursos que nacen de la ignorancia, y la ignorancia, además de peligrosa, suele ser muy injusta.
En el libro también reflexiona sobre el clima, comparando el invierno del 37 que su padre sufrió en los huesos con el suyo en mangas de camisa.
Claro, viajar te hace pensar inevitablemente en el cambio climático. Estás quince días solo, atravesando territorios, y vas acumulando capas de reflexión. Por eso me gusta tanto la literatura de viajes. Siempre cito un lema que vi una vez en las vías portuguesas: “Pare, olhe, escute”. Parar, mirar, escuchar. Esos son los mandamientos del viaje. Y a partir de ahí empiezas a pensar, a dudar, a reflexionar. Como decía Emilio Lledó, la duda es la luz del pensamiento.
¿Nos vendría bien viajar más, incluso dentro de España?
Viajar más y leer más. Cervantes lo decía muy bien: quien mucho lee y mucho viaja, mucho ve y mucho sabe. Todo lo que nos obliga a pensar, a dudar, a sentir, nos enriquece. Los que tienen todo muy claro suelen ser, paradójicamente, los más peligrosos. Machado decía que cuanto más viejo se hacía, más dudas tenía y menos certezas. El viaje, la lectura, la información te enseñan a dudar, y dudar es muy sano.
¿Ahora duda más que cuando era joven?
Sin ninguna duda. Cuanto más sabes, más consciente eres de lo que ignoras. La experiencia no es más que la suma de tus errores. Pero para aprender de ellos necesitas memoria. Y sin memoria, como país y como personas, estamos condenados a repetirlos.
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